El debate político, la articulación de los discursos y los opinadores

¿Ha llegado el momento de exigir transparencia y credibilidad a la nueva clase de opinadores, tertulianos y otras gentes que participan en el circo mediático?

Juan Manuel Gutiérrez. 

juanmaLos resultados de las últimas citas electorales han puesto de manifiesto una vez más, por si alguien tenía aún alguna duda, la importancia y la transcendencia que tienen en el debate político y en la construcción de los discursos políticos los medios de comunicación y los diferentes agentes que toman parte en su articulación.

Aunque es de Perogrullo volver a traerlo a colación no tenemos que dejar de recordar que una sociedad moderna y democrática se articula, junto a la arquitectura político-jurídica e institucional de que se ha dotado, a través de la libre circulación de ideas, discursos y opiniones.

Y es en este apartado de la libre circulación de ideas, discursos y opiniones en el que los medios de comunicación y los diferentes agentes que participan en su construcción y en su transmisión, incluidos los periodistas, juegan un papel necesario y relevante.

Los políticos, a través de los partidos y de la utilización activa de los distintos canales de comunicación, trasladan sus ideas y sus programas al conjunto de la sociedad. Pero ellos por sí mismos no se bastan para lograr este objetivo. Son necesarios otros agentes y, hasta ahora, han venido tradicionalmente jugando este papel los medios de comunicación de masas- la prensa escrita, la radio y la televisión- y sus profesionales, los periodistas.

A ellos se han unido en los últimos años, desde Internet, nuevos medios digitales, las redes sociales, los blogs y otros formatos o soportes, como Youtube, y con ellos han aparecido en escena nuevos agentes comunicadores, entre los que se incluyen también políticos y periodistas pero a los que suman otros profesionales, como economistas, juristas, expolíticos, militantes de partidos y ONGs, sindicalistas, y hasta cocineros  o gente del famoseo.

Hemos llegado al todo vale con tal de lograr audiencia e influencia, por parte de unos, y de , tener presencia y adquirir relevancia pública en todos estos canales, por parte de otros. De esta forma, el objetivo de todos es conseguir situar y fijar un determinado discurso político y lograr influenciar sobre el ciudadano, que es a la postre el votante.

De una u otra manera, la sociedad moderna y democrática se ha ido dotando de mecanismos de filtrado y control sobre la actuación de políticos y periodistas. Los de la clase política ya hemos visto que han funcionado con graves deficiencias y la corrupción está presente hoy como uno de los problemas que más preocupa a la ciudanía. Tímidamente se han arbitrado medidas anticorrupción y los ciudadanos han castigado en las urnas a los partidos políticos menos cuidadosos con las prácticas corruptas.

Los medios de comunicación y los periodistas también están sometidos a una legislación ad hoc y unos códigos deontológicos que regulan y controlan el ejercicio de los derechos de Libertad de Expresión y de Información. Además, ellos mismos- aunque a veces cueste creerlo- se autorregulan de alguna manera para preservar uno de sus mayores capitales, la credibilidad antes sus audiencias.

Como ciudadanos cabe considerar si ha llegado el momento también de preocuparnos por la actuación de todos esos nuevos agentes cuya aparición y su labor no está sometido a ningún control específico más allá del código penal, que como sabemos- y, afortunadamente, es un hecho incontestable- es muy laxo y tolerante ante los excesos de opinión.

Pero esa tolerancia no tiene que hacernos bajar la guardia y no podemos ni debemos dejar de exigir a todos aquellos que se erigen en estandarte de determinadas ideas y valores y en portavoces de diferentes corrientes de opinión a que cumplan unos mínimos éticos y de rigor en sus discursos.

Lo mismo que hemos pasado a exigir a los políticos sus declaraciones de intereses y de  ingresos y a los medios de comunicación y los periodistas se les somete a un control administrativo y deontológico, no estaría de más de que a esos expertos, opinadores, tertulianos, bloggeros y demás se les empezara a reclamar una demostración de su capacidad, de su maestría y hasta de sus intereses económicos y profesionales. Todo sea por una mera cuestión de higiene democrática y con el fin de garantizar que los intereses que realmente les mueven y les motivan en sus actuaciones cumplen unos mínimos de transparencia y credibilidad.

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