INTIMIDADES

M.U – Si tienes algún problema, alguna intimidad, algún secreto…no se lo cuentes ni a tu mejor amigo. Esto me dijo un viejo conocido hace ya algún tiempo.

Si un secreto confiado a la persona equivocada puede costarnos más de un disgusto, también un secreto puesto en nuestras manos nos carga de responsabilidad.

Hace tiempo que los medios de comunicación, particularmente los especializados en airear intimidades ajenas, condenaron a muerte lo privado.

Tampoco son de fiar los archivos de datos donde están dicen, bien guardados, informes  acerca de nuestra salud o nuestros bienes. Así que, a nadie debe extrañar que la indiscreción también se haya colado en las conductas de la gente común. Hasta los amigos más incondicionales se relajan cuando de mantener un secreto se trata. Cualquier cosa que pertenezca a la vida privada de alguien se convierte en mercancía, de mayor o menor valor según la condición del afectado , pero susceptible de ser contado a cambio de algo.

Aunque ese algo sea la apariencia ante los demás de estar al cabo de la calle a tener acceso a ciertas informaciones. En una sociedad dada al chismorreo, ¿cómo pretender que nuestros secretos no sean aireados?

No abundan los discretos en nuestro entorno, donde la intimidad y el derecho a mantener a buen recaudo la información que pertenece a la vida propia o a la ajena son valores a la baja.

Nadie se ha preocupado de establecer al respecto unas reglas éticas, ni siquiera unos preceptos básicos. Todo se reduce al secreto de confesión del que también dudo. Que alguien nos cuente algo que guarda con celo, puede halagarnos en tanto que nos otorga la categoría de fiable o nos incorpora al grupo de sus íntimos. Pero, al mismo tiempo, no solo nos obliga a tener la boca cerrada, nos carga de responsabilidad. Quien nos hace depositarios de una noticia reservada que le afecta, esta pidiéndonos alguna respuesta de consuelo, de una solución a su problema o de una ayuda directa que no siempre somos capaces de darle.

Y es que no hay cosa peor que conocer un secreto de un amigo, su problema y no poder ayudarle. Así las cosas, quizá la única manera de cuidar nuestros secretos sea no tenerlos. Pero, ¿qué hacer, por ejemplo, cuando la revelación de un secreto podría evitar un daño grave a terceras personas ?

En este caso yo no lo pienso dos veces.

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