Alberto Schommer y su gran sueño vitoriano no realizado

El gran fotógrafo internacional falleció hace unos días en San Sebastián

El pasado 9 de septiembre se nos fue Alberto Schommer, como se dice en estos casos, “a fotografiar el cielo”. Probablemente el fotógrafo con más psicología del mundo actual y el que mejor ha plasmado las figuras de la transición española y las luces de su Euskadi muy amada: “Álava abierta”; “Vizcaya profunda” y “El grito de Guipúzcoa”. Pero se nos ha ido sin haber podido realizar su gran sueño en Vitoria-Gasteiz: la Fundación “Mercedes”, nombre dedicado a su esposa, porque “sin ella no sería lo que soy; ella fue todo: mi amor, mi inspiración, mi apoyo y mi crítica más feroz”. Con esa fundación él quería que Vitoria fuera centro mundial de la fotografía, una especie de capital del mundo fotográfico al estilo de Los Ángeles con el cine; Rochester con Kodak-Imagen, y Arlés con sus encuentros de fotografía.

Alberto Schommer nació en Vitoria: ciudad del tacto y del gusto; ciudad a la que necesitas conocer, tocar, degustar, callejear, pasear, penetrar para amarla y no olvidarla jamás; cantó a “la masculina” Bilbao: villa que siempre está respirando e hirviendo de actividad; y amó a “la femenina” San Sebastián, a la que dedicó los “bellos azules” que veía su esposa y la que quiso homenajear con el libro a Donostia–“el mayor reto de mi vida”, según dijo—, y ciudad en la que falleció. Alberto fue, no obstante, ciudadano del mundo visual y a ello entregó su vida repleta de éxito y de reconocimiento, con cerca de setenta libros, cientos de premios y muchas exposiciones en los museos más famosos del mundo. Vivió ochenta y siete años rodeado de la dulce (nieto de famoso confitero vitoriano) y exacta y atenta mirada (hijo de fotógrafo alemán que abrió estudio en Vitoria en los años 40 y “aprendió el euskera antes que el castellano”) de la realidad, del tiempo detenido a través de esa su “Leica” (cámara tan alemana como su progenitor) que heredó y siempre utilizó.

Los Schommer (padre e hijo) nunca se separaron de la vieja Leica que compartieron con una buena amiga, la Rolleiflex. Ambas cámaras le permitieron a Alberto dar a las fotografías “la vida que necesitan, porque –decía— la foto es un retrato o un manifiesto o una máscara donante del alma de lo fotografiado”. Por eso viajó por todo el mundo para apresar su luz o su penumbra. Y por eso retrató a la sociedad más próxima y a la más lejana (los retratos más famosos son de norteamericanos) con sus propios sueños, fantasmas, limitaciones y expectativas. Pero no solo fue fotógrafo de exposición, ajeno a la actualidad, vivió el periodismo e incluso escribió alguna crónica y/o reportaje, y aprendió pronto aquello que decía Cabrera Infante: “el primer don del escritor es la vista”, y para el fotógrafo de prensa es la máxima observación –que no se le escape nada—, porque observar es “mirar con atención”, que es mucho más que ver. Y todo eso fue lo que hizo Alberto Schommer, gran innovador desde el punto de vista técnico y profesional. Así, marcó un estilo propio influenciado por las obras de Irving Penn y William Klein, sus declarados maestros. Penn, decía: “Una buena fotografía es aquella que cuenta algo, toca el corazón, y cambia al espectador después de haberla visto”. Y el norteamericano-francés Klein, pintor, cineasta y fotógrafo, es un ejemplo apasionado de las escenas callejeras y gran transgresor del arte, un creador alérgico a las  normas y un auténtico innovador y renovador de la fotografía. Penn y Klein cumplieron con las mismas normas y aplicaciones que Alberto Schommer, al que ya al final de su vida se le concedió la Medalla de Oro del Mérito en las Bellas Artes, además de otros galardones.

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Andy Warhol by A. Schommer

Se nos ha ido, por tanto, un testigo privilegiado del tiempo detenido, del tiempo y los hechos o acontecimiento plasmados por las fotografías que se convierten en auténticos testimonios de la realidad, lo que bien sabemos y experimentamos los periodistas. Fotografías que exaltan el detenimiento del tiempo, que plasman una realidad pero tienen algo de irrealidad precisamente por esa osadía de hacer del momento, del instante, de un hecho concreto, de un suspiro, de una expresión viva, una piedra apresada y fría, definitoria. Por eso en el viejo lenguaje periodístico se decía: “tomar una instantánea”. Y eso fue lo que hizo Alberto Schommer con sus famosos “retratos psicológicos” o con sus “máscaras” o “documentos”, o con sus “descubrimientos de personajes”, o incluso con experimentos como las “cascografías”, o con las imágenes distintas de su Euskadi muy amada; o con el embrujo de la Alhambra o el “cuerpo vivo” de la Catedral de Santa María de Vitoria; o con el “Dios” de Santiago de Compostela, o con el Guggenheim Bilbao, al que definió como “todo un ser vivo y dinámico”; o con el “eterno Egipto”…, sin olvidar  que en sus “máscaras” fotografió el rostro de intelectuales y artistas de varias generaciones, negando en este caso el lugar de confluencia privilegiado de todo retrato: la mirada, que dejaba en negro destacando otras características del personaje que revelara su genio o ingenio.

Conocí a Albeto Schomer en 1982. Con él entablé una lejana amistad, dedicándole posteriormente diversos artículos en mi vida profesional, sobre todo en los años en que dirigí “El Periódico de Álava”. Nos conocimos invitados ambos por el Departamento de Comercio, Pesca y Turismo del Gobierno Vasco que editó entonces un folleto sobre Bilbao, un folleto con texto mío repleto de fotografías del ya famoso Alberto Schomer. Aquel libro, que sirvió de gancho turístico en seis idiomas y durante años, se llegó a denominar popularmente como el de las cuatro “eles” que destacábamos para definir por qué Bilbao era tan admirado en todo el mundo culto: “linaje”, “lengua”, “ley” y “libertad”, sino por otras “eles” que estaban en esta villa tan “larga” (Gran Bilbao), tan “litoral” (ría y costa), tan “lucrativa” y “lista” (riqueza en minas, industria, banca, pero también en escritores y artistas), “linfática” (de nuevo la ría), que “late” permanentemente y que canta semanalmente a sus “leones” y lo hace en una de sus “catedrales”. Todo esto, y mucho más, lo entendió Alberto Schomer y por eso estoy muy orgulloso de aquel folleto/librito sobre Bilbao. Tanto lo entendió el artista en sus fotografías (con puente e iglesia de San Antón en su portada y edificio de la Diputación en su contraportada) que paseando y fotografiando las Siete Calles, llegó a decirme: “Claro que es una ciudad “l”, no hay más que ver cada una de las “7 calles”, con su “lindero” en la ría y su “limítrofe” en alguna plaza destacada: el Arenal u otras. Y Schommer se subió a Begoña para quedarse con la “amatxo” y a Artxanda (como hizo Frank Ghery antes de su elección por el lugar del Guggenheim)  para entender lo que era el “Botxo” y llenarse de luces y sombras, fuegos y resplandores, y terminar en el litoral del super-puerto, que su cámara adelantó en unos años al excelso proyecto.

Bilbao o San Sebastián o la Europa completa, o América y África, todo, todo ello está en el archivo de Alberto Schomer, archivo que fue fabricando su hacer constante de sus cámaras e ingenios. Curiosamente Alberto fue pintor antes que fotógrafo, incluso entendió de niño que la fotografía debía servir para reforzar la presencia y el arte de la pintura. Incluso probó en el cine, con un documental que nos hubiera gustado realizar a todos: “Vida de colegio”. Luego, cuando desde Vitoria primero (donde lo descubrió un fotógrafo francés), Alemania y Almería después (formó parte del grupo Afal, los primeros en considerar la fotografía como arte independiente), Madrid, San Sebastián  y siempre, viviera donde viviera, permaneciendo o soñando con su Vitoria-Gasteiz.

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Retrato de Eduardo Chillida / A. Schommer

No quiero terminar sin hacer una petición a su amada Vitoria-Gasteiz. En octubre de 1997, un año antes de que ingresara en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (dedicándole en esa ocasión un artículo en “El Periódico de Álava”), decía yo en mi “Glosario Semanal” de Radio Vitoria que Schommer era a la fotografía lo que la imagen es a la psicología: un testigo visible e irrenunciable. Incluso diría que se consolidaba como fotógrafo de la “intrahistoria”, que decía Unamuno, y quiso ser y lo consiguió el primer fotógrafo en entrar por la puerta grande de los museos y que la gente entendiera que la fotografía es igual de importante que la pintura o la escultura, y lo demostró posteriormente donando a Vitoria las 400.000 fotografías de su padre, un material fundamental para conocer la ciudad desde 1937 a 1997, sesenta años. Pero no contento con eso, Alberto Schommer quiso hacer de Vitoria la capital del encuentro de los artistas de la fotografía: “Tiene que ser una institución  viva que exponga mi obra y la de otros fotógrafos, pero sobre todo que sea escuela y ofrezca becas para otros futuros artistas. Un centro que tenga dos espacios, uno de escuela experimental en relación con escuelas de Europa, América y Asia, y otro de archivo-exposición”.

Si ese sueño de Schommer no se ha podido cumplir porque lo impedía la Ley, ya que su obra estaba en constante movimiento y no podía tenerla parada en una fundación, ahora, con su fallecimiento, si debería de retomarse y tenerse en cuenta. Vitoria ha conseguido no sólo tener grandísimos museos y dedicar semanas a la imagen, el cine y la televisión, podría hacerlo también con la fotografía experimental. Y una sugerencia más: Alberto Schummer tiene su calle en Vitoria, en el barrio de Adurza, yo pediría ahora algo que la ciudad alavesa es bello ejemplo: que el ayuntamiento o la diputación, con la que siempre tuvo muy buenas relaciones, hiciera un concurso entre escultores para levantar una obra que recuerde a su hijo muy amado, y si esa escultura se colocara (como una Leica o una Rolleiflex) frente al Museo Artium, muchísimo mejor.

Termino como empecé, recordando a Alberto y su mujer, Mercedes, y es que hace poco más de un año, en una entrevista de Cesar Coca en “El Correo” sobre “qué foto elegiría si solo pudiera conservar una”, Alberto Schommer contesta: “Una de mi esposa, que era la mujer más hermosa que he conocido; yo no soy el mismo desde su fallecimiento (en agosto de 2013) porque no hay mayor dolor que la muerte de una persona a la que tu amabas mucho”.

Agur, Alberto Schommer. Vuelvo al principio del comentario, a subrayar esa extraña afirmación de que ahora vas “a fotografiar el cielo”. Desde luego, allí como aquí, como tu decías, “no es posible engañar a la cámara”. Y vuelvo a ese principio porque lo último que Alberto Schommer pedía a la vida era “la esperanza de que al morir quede otra potencia del ser humano en otro mundo y allá estaremos todos”. Que así sea, maestro, al que alguien un día al ver su obra como ejemplo de la realidad de esta vida centrifugada, distendida y arrugada le llamó “el Greco de ojo mecánico”, porque, como el mismo decía: “mi trabajo lo hago con los ojos, lo transformo dentro y ya está hecho, pero finalmente debo recogerlo con la máquina, como le pasa a cada uno con sus herramientas”. Esperemos que, como en el caso de Doménico Theotocoupulos, el Greco, no tengan que pasar 300 años para que Alberto Schommer sea justamente reconocido en su propia casa.

José Manuel Alonso

Expresidente de la AVP-EKE

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