El Camino de Santiago

Carmen Torres Ripa. Cuando empiezas a andar te sientes extraña. ¿Qué pintas con una mochila en la espalda?¿Qué pintas con una mochila –donde misteriosamente cabe lo necesario para vivir-, un pantalón flojo y una camiseta negra? Primero, tienes que encontrarte a ti misma, te has convertido en peregrina. ¿Por qué? Pues aún no sabes si es por curiosidad, sorpresa, novedad, amor al pasado, reto… El Camino no se hace por casualidad, es una frase que a lo largo del Camino va y viene como una nana que mece el pensamiento. Nadie lo hace por accidente.

Rumiando mis preguntas salí de Burgos con mi hijo Gabriel hacia Hontanas. En los muros de la catedral dejé mis recuerdos del Cid y Jimena, del honor, de un juramento y de la obediencia. Rumores de páginas de libros antiguos que habían alimentado mi imaginación y, en esa imaginación expectante, yo nunca me encontré con un Camino real con personajes que habían dado los mismos pasos que yo daba; a pesar de todo, yo estaba allí. Todos habían buscado algo entre las piedras, los atajos, la tierra seca y los hierbajos descuidados que crecían  a los lados sin orden. Mis ojos miraban lo que otros ojos habían mirado en otros siglos en el anonimato del silencio. Un silencio que te rodea y te engulle en el propio silencio y, no oyes nada, ni el piar de los pájaros. Te escuchas a ti misma y descubres que el Camino lo haces por ti, exclusivamente para ti. Peregrinas con pasos de tiempo hasta tu propia alma.

Empezar en Burgos es un privilegio, porque se escuchan entre las piedras los murmullos de leyendas, historias, romances, versos y novelas que han envuelto de misterio esta ruta peregrina. Los nuevos peregrinos no llevan hábitos oscuros, calabazas con agua y hatillos con sus pertenencias. Van con vaqueros y son caminantes temporales que se han encontrado, por el hechizo del misterio, en un cruce de tiempos dentro de este siglo XXI. Voluntariamente y, sin saber porqué, como yo, van caminando hasta la sepultura de Santiago, en Galicia. Creo que a pocos les lleva el deseo de dar un abrazo al santo. Algunos no creen que allí hay un apóstol de Jesús, pero siguen avanzando paso a paso, con los pies hinchados, ampollas y cansancio. ¿Para qué? Pues no lo sé. En esa ignorancia he estado hace unos días con Gabriel, intentando revivir aventuras de capa y espada, por las tierras del Cid. Es una experiencia compartir el silencio con tu hijo. Andar por andar y sentir la ternura de ser madre en la serenidad de la soledad compartida.

El Camino sorprende. Todos los peregrinos, hermanados en una ruta limitada, son uno –somos uno, me siento privilegiada por haber compartido un puñado de kilómetros rumbo a Santiago- en la ruta mágica. El camino es mágico, y esa magia, como un polvo de oro que te envuelve, llega y te rocía con la eternidad del instante.

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