En un lugar de Ortuella, no ha mucho tiempo…

El 23 de octubre se cumplen 35 años de la explosión en el colegio “Marcelino Ugalde”: 51 muertos, 49 niños.

portada Ortuella

Portada de “Deia” 24-X-1980

“Pues, ¿qué creías, Sancho?  El héroe es siempre por dentro un niño, su corazón es infantil siempre: el héroe no es más que un niño grande. Tu Don Quijote no fue sino un niño, un niño durante los doce largos años en que no logró romper la vergüenza que le ataba, un niño al engolfarse en los libros de caballerías, un niño al lanzarse en busca de aventuras. ¡Y Dios nos conserve siempre niños, Sancho amigo! (“Vida de Don Quijote y Sancho”, Miguel de Unamuno)

En un lugar de “gallardos vizcaínos” (al decir de Cervantes), en plena zona minera, Ortuella, no ha mucho tiempo (23 de octubre de 1980) unos niños se aplicaban a la hora del Ángelus en las clases del Colegio que lleva el nombre de un maestro del pueblo ‘Marcelino Ugalde’ (1881-1949), colegio público construido en poco más de un año para acoger la enorme demanda escolar en este municipio en el que nacieron personajes tan populares (de los que doy fe) como Juan Antonio Ipiña (1912-1974), inteligentísimo jugador del Erandio, la Real, el Atlético y Real Madrid, y entrenador del Madrid y del Athletic; y Miguel Mendizabal (de Urioste: 1933-2007), el famosísimo “cura del circo”, alumno mío en la Facultad de Ciencias de la Información de Leioa y compañero periodista. De Ortuella, de sus famosas barriadas y sus sencillas calles, son también otros muchos personajes inolvidables, sobre todo mineros, maestros, políticos, cantantes, atletas y jugadores de fútbol.

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Estado en que quedó el Colegio tras la explosión del 23-X-1980 / Foto: El Correo

49 niños muertos

Los 900 alumnos del colegio Marcelino Ugalde acababan de regresar a las aulas tras disfrutar del recreo. A la hora del Ángelus y ya en clase reanudaron el trabajo de matemáticas, lengua, literatura… En un aula de párvulos respondían a este problema: “una ventana tiene 12 cristales, si se rompen 7, ¿cuántos cristales quedan?”; en otra, “separa las palabras de esta frase: ‘elcarpinterohacelaspuertasyventanasylosarmariosempotrados’; en una tercera clase se preparaban a desarrollar la redacción de este tema: “¿Qué diversiones hay hoy en Ortuella?”; y en otra los niños y niñas recibían, para un certamen literario, un folio impreso con una pregunta concreta: “¿Qué entuerto desfacería hoy Don Quijote?”. Y lo concretaban con esta explicación: “El Ingenioso Hidalgo de la Mancha, Alonso Quijano, para parecerse a los caballeros andantes, luchaba sin miedo contra el MAL protegiendo a los débiles, a la mujer y a los niños. ¿Qué noble aventura –a tu juicio— emprendería hoy, en este mundo que vives. Cuéntanosla”. El mejor trabajo realizado, a juicio de los profesores especializados, sería obsequiado con los seis tomos del Quijote en forma de historia ilustrada.

Todo transcurría, por tanto, con normalidad, y de repente se produce una explosión de gas propano y los suelos de dos de las veintiocho aulas que formaban el colegio se derrumbaron arrastrando a otras aulas y a gran parte del edificio. Ciento veintiocho estudiantes con algunos profesores y personal de servicio quedaron atrapados entre los escombros. La explosión segó la vida de cincuenta y una personas (cuarenta y nueve niños) e hirió de gravedad a más de treinta. La explosión se produjo en la zona de las calderas del colegio, al entrar en contacto el gas propano que se filtraba a través de un rendija de una de las tuberías de conducción con el soplete de un hojalatero que se encontraba realizando unas tareas de reparación en el sótano del edificio escolar. La explosión se oyó a muchos kilómetros de distancia y los periodistas acudimos enseguida presenciando en directo gran parte de la tragedia humana.

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Madres minutos después de la tragedia junto a niño muertos y heridos / LUIS ALBERTO GARCÍA

Más tristes y desolados que nunca”

Cuando llegué al lugar, las madres y los padres contemplaban idos, horrorizados, los cuerpos de los niños muertos, y superando el golpe demoledor ayudaban (ayudamos) a evacuar en ambulancias a los heridos. Nuestro compañero José María Múgica (1935-1993), aquel inigualable cronista del Athletic que además llenó de fino humor las páginas de los periódicos vascos, escribía: Los americanos dicen que el corazón de una madre es la escuela de su hijo. ¡Imagínense ustedes a las madres de Ortuella!. El látigo de la violencia nos ha azotado 51 veces (…) Alguna vez leí aquello de que “la ternura entrañable hacia el niño es un rasgo típico de los hombres muy viriles”. ¿Han visto ustedes las fotos de esos llantos de hombres? (…) Los antiguos decían que los dioses se llevan jóvenes a los que aman. Pero, ¡tan jóvenes, Señor, tan niños! Ha sido un naufragio de la alegría y de la esperanza (…) ¿Quién les podrá decir a esos padres atribulados que no se aflijan, que los niños que mueren son flores que recoge Dios?… Es verdad, pero las palabras solas no bastan. Cuando los hombres estamos tristes, sólo el ver correr y jugar a los niños puede alegrarnos. Hoy estamos más tristes y desolados que nunca.

 “Muerte entre las flores”

Precisamente, pegado a un cristal hecho añicos encontré una frase que decía y soñaba a un tiempo: “La magia de volver a nacer todos los días”. Luego, junto a una mesa, probablemente de maestro o maestra un ejemplar comprimido de “Vida de Don Quijote y Sancho”, de Miguel de Unamuno (1905). Y en la misma mesa partida en dos se me mostraron dos dibujos. En uno aparecía, junto a las siluetas impresas de Don Quijote y Sancho, unas enormes chimeneas de fábricas o altos hornos, lo que no era de extrañar porque la Ortuella de entonces recogía gran parte de la contaminación de la zona probablemente más sacrificada y de mayor proporción de inmigrantes de aquellos años. Y se me apareció otro dibujo en el que parecían verse algunas minas y un supuesto jardín lleno de flores que las cubría. Recordé que durante décadas Ortuella fue la que, debido al trabajo interior en las minas, daba estadísticamente el menor índice de esperanza de vida de toda España, y pensé aquello tan brutalmente dulce de “muerte entre las flores”

“De noche, en la mitad del día”

En una de esas aulas que volaron por los aires, una de las niñas había iniciado en la cabecera de un folio en blanco el lugar y la fecha del trabajo que les habían mandado la profesora. En el folio (que conservo junto a otros) aparece esto: “Ortuella jueves 23 de octubre de 1.98… Se quedó ahí, en el 8, y seguramente no pudo escribir más, ni siquiera el 0, y así pareció dejar esta niña en su cuaderno el número pendiente para toda una década / decenio, tiempo y lugar… Y es que, volviendo a Unamuno, los niños viven años decisivos porque son los primeros de su vida, años en los que hacemos “nuestro mundo, soñándolo; sin vivir atados a lugar ni a tiempo alguno” porque “ni el reloj ni el calendario rigen para el niño”. Y, pese a que es cuando más hacemos para el mañana, vimos como si fuera “un solo día sin día siguiente”. Estamos de niños, así, como los de Ortuella, repletos de fantasías, y a quienes viven con nosotros les hacemos entender aquello tan hermoso de Cervantes: “es de noche en la mitad del día”. Precisamente, por esta sencillez y motivación de nuestra infancia, los mayores queremos a los niños “como a las telas del corazón” en palabras de Cervantes

                   “De día, en la mitad de la noche”

Esta es la lección que aprendí en Ortuella aquel jueves 23 de octubre en un día tan trágico unido a los que vinieron después. Siempre llevo en el corazón esa fecha, con Ortuella, niños y profesores (as) y nunca se me secará el recuerdo: es el día en la mitad de la noche. Al día siguiente, en el funeral por el alma de tantos niños víctimas de la negligencia administrativa y la inseguridad de un centro escolar, con tantas flores de dolor de toda España, pensé de nuevo aquello tan atroz de “muerte entre las flores” y recordé al Quijote permanentemente vivo y del que siendo niños aprendíamos una lección cada día. Viví entonces, como ahora vivo, una superposición de temporalidad y no pude concebir otra cosa, por la infancia y por el Quijote, que aquellos niños de Ortuella volvieran a nacer al día siguiente para vivir con Cervantes otra nueva aventura. Entendí la frase de Michael Ende –el de “La Historia interminable”- de que “en todo hombre o mujer hay oculto un niño o una niña que quiere jugar”; y la de Unamuno: “no puede contar tu vida, ni explicarla ni comentarla, señor mío don Quijote, sino quien esté tocado de tu misma locura de no morir”. O de aquella lección que aprendimos de joven en el prólogo de la última obra de Cervantes, “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, cuando escribió aquello de: “nos veremos presto contentos en la otra vida”.

Ortuella siempre en nuestro corazón

Y termino, como homenaje a Ortuella, recordando a los dos personajes que cité al comienzo y que como buenos ortuellanos decían frases dedicadas a su pueblo y a los niños. Juan Antonio Ipiña era el sexto de siete hermanos, hijo de Manuel (de Ceberio) y Juana (de Yurre), y cuando se le entrevistaba –yo lo hice en los años setenta— recordaba siempre el trabajo duro de su padre en las minas de la Franco-Belga. Y tenía palabras en favor de las cualidades atléticas y futbolísticas de sus paisanos. “Conseguí todo cuanto soñaba, incluso al final de mi carrera como entrenador aquello que siempre desee: enseñar los conceptos más puros del deporte y hacerlo al jugador vasco, en el que tuve fe por lo que representaba; y creo resucité el juego vigoroso y de máxima entrega que se practica aquí desde niño”. También “el cura del circo”, Miguel María de Mendizábal, heredaba la condición de trabajo y entrega de su pueblo, donde afloraron siempre mineros, artistas y maestros. Tenía una frase que guardo en la memoria: “Mi parroquia es ambulante y mi Iglesia es el circo y su gente, sobre todo los niños. Intento resolver los problemas de cada uno pero no doy recetas generales, si las hubiera querido dar me hubiera hecho ingeniero de minas, aunque no hubiera sido tan buen minero como mis paisanos de Ortuella”.

Ortuella, querida Ortuella, siempre guardaremos un lugar destacado en nuestro recuerdo permanente y “¡que Dios nos conserve siempre niños, Sancho amigo!”…

 

                          José Manuel Alonso

Expresidente de la AVP-EKE

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