Historia de una chaqueta

Carlos Bacigalupe. La cosa es que un día me llamó a su despacho Paco Echeve, entonces director del Centro Regional de Televisión Española en el País Vasco. Quería que presentara un cara a cara titulado “Y al fondo, el hombre…”, pues venía oyéndome en Radio Bilbao haciendo una cosa parecida. Vamos, a mí la idea me pareció magnifica y solo después de aceptar la propuesta me atenazó el miedo. ¿Yo solo ante el peligro de la cámara frente a un invitado? Más. El programa sería el primero que se realizaba en color. O sea, la repanocha. Con todo el mundo sintonizando la primera de TVE, cuando la mejor televisión de España contaba con solo dos canales, y yo dando el careto. Fuerte.

Pero me apresté a cumplir con el compromiso pactado. Para aquel debú busqué a Luis de Castresana, al que me solía encontrar cuando abandonaba el bingo del Centro Manchego, en la alameda de Recalde. Me dijo que sí, que haría el programa muy gustoso, tras de advertirle que no cobraría un duro, lo cual tenía su mérito- me refiero al de él- , porque la situación económica del escritor no era lo que podía calificarse  como buena…

Una vez en el plató- mínimo, al punto de que uno de los cámaras tenía que sacar medio trasero al patio, ya que el artilugio carecía de eje- , Luis me habló de su vida, de su exilio infantil, de su novela premiada con el Fastenrath de la Academia y de su devoción por el Athletic, entre otras variadas cuestiones. Sentado ante el confesonario catódico, no dudó en hacer una confidencia al  público. “Me da un poco de apuro el decirlo- casi se humilló-, pero hubo una época en la que yo no tenía un traje presentable. Gracias a la biografía que escribí sobre Dostoievsky, luego pude comprar uno. Desde entonces, Carmenchu, mi mujer, siempre me advierte que ése es el traje Dostoievsky. Y con tal nombre se ha quedado”.

En cuanto a mí, reservé un trozo de historia. Resulta que cuando la llamada de Echeve, en mi armario sólo se colgaban un traje de calle y el de boda, negro de terciopelo, poco apto para aparecer en la caja y en colores. Estábamos en abril de 1980. Y convine en comprar una chaqueta con el primer sueldo televisivo, sabido que una chaqueta bien llevada, a nada que cambies camisa y corbata- de las segundas tenía una roja a la que solía llamar “de Joselito el Gallo”- uno parece que cambia por completo el atavío.

Ni corto ni perezoso, un día me fui a Eguiron, en Rodriguez Arias, y compré una chaqueta azul marino carísima, qué se le iba a hacer. De un modo u otro, y hasta junio en que los programas tomaban un descanso, aguanté con donosa dignidad.

Ya en septiembre, reanudada la programación, volví al pequeño plató instalado en los estudios sitos en Gran Vía, 17, edificio de la Caja de Ahorros, justo al lado del cine que llevaba el nombre de la calle. Para mi sorpresa, y cuando abandonaba- muy bien acompañado por cierto- la cafetería Isla de Loto, me encontré con Luis. Después del pertinente y sincero abrazo, y antes de abordar asunto alguno, tuvo a bien indicarme. “Mira, llevo el traje Dostoievsky”.

Lo que me callé, por vergüenza, fue indicarle que yo vestía la “chaqueta Castresana”, que era así como en casa llamábamos a la prenda, comprada con aquel primer sueldo pagado por Telenorte, gracias a la entrevista que me concedió.

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