Svetlana Alexiévich, primera periodista Nobel de Literatura: la vida más cruel, el periodismo más vivo

   Si entre los Premios de Periodismo Vasco, de la Asociación Vasca de Periodistas y el Colegio Vasco de Periodistas, premios que de la edición del 2015 se han conocido hace unos días, hubiera una especialidad sobre las nuevas aportaciones al periodismo (vasco en particular y también universal), una de las candidatas, con toda seguridad, hubiera sido la bielorrusa Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura de este año, primero que se concede a un (una) periodista que ha vivido la tragedia, el avance y el desencanto de nuestra época y que selecciona la misma frase que utilizamos los periodistas tantas veces: “necesito oír las voces de la calle”. Y, ahora que algunos están empeñados en decir que el periodismo está en horas bajas, es cuando nos damos cuenta de que somos deudores de reflejar las grandes virtudes y a los más grandes periodistas, como Svetlana o los premiados por el colectivo vasco.

            Si hiciéramos periodismo-ficción este mismo premio se hubieran llevado en su momento los norteamericanos del Nuevo Periodismo o el estilo periodístico de “Le Monde” o del “Washington Post”, y, por hablar de fenómenos vascos, la aportación del periodismo económico de determinados periodistas bilbaínos, el periodismo regional y local de determinados periódicos vascos, o las nuevas formas de periodismo deportivo, sin olvidarnos de las fórmulas de radio y de televisión experimentadas en Euskadi desde hace años con sus protagonistas…

                     

   “Monumento al sufrimiento y al coraje”

Svetlana Alexiévich  ha sido la primera periodista premiada con el Nobel  de Literatura y es la mujer número 14 que recibe este premio desde 1901, año en que se celebraron los galardones por primera vez. La última mujer que fue premiada con un Nobel de Literatura había sido Alice Munro, en 2013, “la maestra contemporánea de la historia corta”. El año pasado, el Premio fue a parar a Patrick Modiano ya que, según confirmó la Academia Sueca, sus obras se centran en “la memoria, el olvido, la identidad y la culpa”.

Svetlana Alexiévich, además de destacar, como dictaminaba la Academia del Premio Nobel, por “sus escritos polifónicos; es un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo” dejando fluir las voces –monólogos y corales— en torno a las experiencia  del “hombre rojo” o el “homo sovieticus y postsoviéticus”. Siempre navega entre el lenguaje periodístico y la prosa novelada, jugando con los testimonios individuales o colectivos. Realiza algo así como la “novela-evidencia” o la “novela de realidad”, de la realidad más dura y desquiciada o sangrienta. Y lo hace con el más claro y evidente testimonio periodístico: dejando hablar a los protagonistas reales de esa “evidencia” novelada. Sus palabras exactas son: “He escogido un género donde las voces humanas hablan por sí mismas”. Alexiévich documenta un sufrimiento en gran parte ignorado por el mundo occidental que “formulan políticas muy distintas para esa parte del mundo”… y hoy en todo lo que constituye la antigua URSS y el comunismo más crudo, “el tiempo se mueve pero en una dirección inquietante”.

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“Los cinco sentidos del periodista”

Svetlana podría haber sido la segunda periodista en llevarse el Nobel si, en 2007, el polaco Ryszard Kapuscinski no hubiera fallecido, periodista (además de poeta, historiador y ensayista) que recibió el Premio Príncipe de Asturias en el 2003 por “su preocupación por los sectores más desfavorecidos y por su independencia frente a presiones de todo signo, que han tratado de tergiversar su mensaje». Ryszard fue maestro de la Fundación “Nuevo Periodismo Iberoamericano”, creada y presidida por Gabriel García Márquez y tiene dos libros muy interesantes dedicados al periodismo: (1) “Los cinco sentidos del periodista”, en los que recoge principios  básicos del periodismo. (2) “Los cínicos no sirven para este oficio”, basado en entrevistas y conversaciones, reflexionando sobre el papel social e intelectual del periodista en el tratamiento de las informaciones sensibles como pueden ser la pobreza, el hambre, la guerra, la injusticia… Y también dedica algunos capítulos a la deontología periodística y al buen hacer del trabajo cotidiano del periodista.

Voces del pasado, crónica de futuro

La obra de Svetlana Alexiévich Voces de Chernóbil. Crónica de futuro es lo más duro y emotivo que he leído en mucho tiempo y de lo que escribiré en el siguiente número de Kazetariak. Svetlana entrevista a diversas personas víctimas de la tragedia de la central nuclear que tuvo lugar el 27 de abril de 1986. “Un año después de la catástrofe, alguien me preguntó: Todos escriben. Y usted que vive aquí, en cambio no lo hace. ¿Por qué?… Yo no sabía cómo escribir sobre esto, con qué herramientas, desde dónde enfocarlo. Si antes, cuando escribía mis libros, me fijaba en los sufrimientos de los demás, a partir de entonces mi vida y yo se convirtieron en parte del suceso. Se fundieron en una sola cosa y no había manera de mantener una distancia”.

Svetlana Alexiévich navega entre el lenguaje periodístico y la prosa novelada, aprovechando siempre los testimonios individuales de quienes han vivido las tragedias o los desastres. Así se acerca a la parte humana de la historia, a la sustancia vital que contienen todos los acontecimientos que narra. Este estilo lo usó por primera vez en su libro La guerra no tiene rostro femenino, de 1983. Ahí, con más de 200 entrevistas a mujeres, cuenta cómo muchas de ellas que soñaban con ser novias se convirtieron en soldados, empuñando fusiles para participar después en la Segunda Guerra Mundial. Alexiévich tardó cuatro años en escribir este libro y visitó más de 100 pueblos y ciudades. El libro estuvo prohibido en Rusia hasta que Gorbachov levantó la prohibición, consagrando así a la escritora como la autora viva más importante de la antigua URSS. Y en 1993 Svetlana dio a conocer su trabajo titulado Cautivos por la muerte sobre los suicidios de quienes no habían podido sobrevivir al fin de la idea socialista.

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Svetlana Alexiévich poco después de saber que había resultado ganadora del Nobel

Además de las publicaciones con engranaje periodístico, ha escrito tres piezas teatrales y veintiún guiones de cine. Entre sus influencias más importantes resaltan las notas de las experiencias de los soldados en la I Guerra Mundial tomadas por la enfermera y escritora Sofia Fedorchenko y los reportajes de su compatriota Ales Adamovich en la II Guerra Mundial. A Svetlana Alexiévich se la ha comparado a menudo con el ruso Alexandr Solzhenitsin (1918-2008) y con el ya citado periodista polaco Ryszard Kapuscinski (1932-2007).

Realidad y drama de la antigua URSS, el “engaño soviético”

Nacida en Ucrania, con 67 años de edad, es hija de padre militar soviético, de origen bielorruso, y madre ucraniana. Cuando su padre se retiró del Ejército, la familia se estableció en Bielorrusia y allí estudió periodismo en la Universidad de Minsk y trabajó en distintos medios de comunicación. A lo largo de su carrera profesional ha retratado en lengua rusa la realidad y el drama de gran parte de la población de la antigua URSS, lo que ella llama el “engaño sovieticus” y el “postsovieticus”, así como de los sufrimientos de Chernóbil, la guerra de Afganistán y los conflictos del presente. “Yo estudio a la gente real y transmito su experiencia”, suele comentar. Es muy crítica con los rusos. Ella misma lo subrayó en la rueda de prensa en Minsk tras la noticia del galardón el pasado 8 de octubre: “Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin”. Y añade: “Tampoco me gusta, más bien me disgusta muchísimo, ese 84% de rusos que llaman a matar ucranianos”… Se dio a conocer con La guerra no tiene rostro de mujer, una obra que finalizó en 1983 pero que, por cuestionar clichés sobre el heroísmo soviético y por su crudeza, solo llegó a ser publicada dos años más tarde gracias al proceso de reformas conocido por la perestroika. El estreno de la versión teatral de aquella crónica descarnada en el teatro de la Taganka de Moscú, en 1985, marcó un hito en la apertura iniciada por el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov.

De Afganistán a Chernóbil y Bielorrusia

Alexiévich  se mueve en el terreno del drama, explora las más terribles y desoladas vivencias y se asoma una y otra vez a la muerte. En 1989 publicó Los chicos de cinc sobre la intervención de la URSS en Afganistán (1979-1989), libro prohibido durante diez años. Para escribirlo se recorrió el país entrevistando a madres de soldados que perecieron en la contienda. En 1993, publicó Cautivados por la muerte sobre los suicidios de quienes no habían podido sobrevivir al fin de la idea socialista. En 1997, dedicó su afán periodístico a la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil en Voces de Chernóbyl” publicado en castellano en 2006 por Editorial Siglo XXI, que reeditó Editorial Casiopea en el 2002 como “La plegaria de Chernóbyl, crónica del futuro”.

Su último libro, El fin del hombre rojo o la época del desencanto, recibió el premio de la Paz de la Feria de Frankfurt y el premio Médicis de Ensayo en Francia, ambos en 2013, año en el que Svetlana fue propuesta también para el Nobel de Literatura. “En la Unión Soviética nos enseñaban a morir por el país, pero no a ser felices. Nuestra experiencia vital es la de resistirnos a la violencia (…) La URSS fue un intento fallido de crear una civilización alternativa”.  En Bielorrusia, el país del que es ciudadana, la escritora se siente “en un gran vacío”, ignorada por los medios de comunicación del régimen de Alexandr Lukashenko, y mirada con frialdad por los nacionalistas locales (por escribir en ruso y no en bielorruso) y privada de su medio: los escritores, periodistas o amigos “muertos, emigrados o envejecidos prematuramente”.

“Vivo con el sentimiento de derrota”

“Vivo con el sentimiento de derrota, de pertenecer a una generación que no supo llevar a cabo sus ideas”, afirma Alexiyévich. “Nadie quería el capitalismo, queríamos el socialismo con el rostro humano. En los años noventa éramos muy ingenuos y muy románticos, creíamos que existía una nueva vida y que éramos capaces de crearla, que la culpa de nuestros males estaba tras los muros del Kremlin y era de los comunistas, no nuestra”, razona. “¿Y qué tenemos más de dos décadas después?”, exclama, y contesta: “un líder medio bandido y autoritario y un entorno provinciano en Bielorrusia” y “un presidente que habla como un “govnik” (término que designa un individuo con escasa educación procedente de un entorno marginal) en Rusia, y lo peor es que eso es lo que pide la sociedad”.

El “hombre soviético”, producto del plan para transformar la naturaleza humana en el laboratorio del marxismo-leninismo, sigue existiendo en Rusia, Bielorrusia, Turkmenistán, Ucrania, Kazajistán, y el resto del territorio de la antigua URSS, opina la periodista (…) Ahora vivimos en distintos estados, hablamos en distintas lenguas, pero no nos pueden confundir con nadie. Nos reconocen enseguida. Somos la gente del socialismo: iguales y diferentes del resto de la gente, tenemos nuestro léxico, nuestras ideas del bien y del mal, de los héroes y los mártires, tenemos una relación particular con la muerte (…) y estamos llenos de envidia y de prejuicios. Venimos de allí donde existió el Gulag…”, escribe en su elocuente prólogo del Hombre rojo.

“Las dictaduras hacen que la vida sea primitiva”

En sus manifestaciones expresa que “no es fácil desprenderse de la identidad de ciudadano de una superpotencia para identificarse con uno de sus territorios. En Bielorrusia, “Lukashenko ha parado el tiempo. Las dictaduras hacen que la vida sea primitiva”. En Rusia, el tiempo se mueve pero en una dirección inquietante. De viaje por ese país, tras una ausencia de varios meses, Alexiévich se sorprendió al encontrarse con “gentes que se habían transformado de repente en patriotas, que llevan enormes cruces y se creen muy importantes”. “En las provincias rusas han surgido grupos agresivos, ortodoxos, nacionalistas, de jóvenes fascistas”, dice y ella, que en los noventa salió a la calle para hacer caer la estatua de Félix Dzherzhinski (el fundador de la Cheka o policía soviética), se confiesa sorprendida por “los jóvenes rusos que idealizan la Unión Soviética”.

Opina la escritora que Rusia acabará yendo en dirección a Occidente, pero “es difícil saber de qué forma y cuánto durará el camino, porque no ha superado la humillación y eso produce una agresividad antiliberal que viene de las provincias y que se plasma en el presidente”. “En Bielorrusia”, señala, “nadie ha adoptado leyes anti-Gay (julio de 2013) o de defensa de la religión ortodoxa. En Rusia, esas leyes se han promulgado porque Putin no está en situación de controlar ese enorme país y ha apostado por la gente más analfabeta y no por la más progresista.”

“Somos guerreros. O luchamos o nos preparamos para la guerra”

El año pasado Svetlana lanzó El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo. Los personajes de este su último libro discuten a favor o en contra del golpe de agosto de 1991, aquel intento de Golpe de Estado en la Unión Soviética, que duró tres días, entre el 19 y 21 de agosto de 1991, en el que un grupo de miembros del gobierno de la Unión Soviética depusieron brevemente al presidente Mijaíl Gorbachov e intentaron tomar el control del país. Y esos mismos personajes huyen de la violencia en Azerbaiyán, Abjazia o Tajikistán, sufren traiciones y decepciones y también se suicidan. Alexiévich explica la abundancia de suicidas refiriéndose a la incapacidad de los ciudadanos rojos de reconciliarse con la pérdida del gran proyecto que supuso la URSS y de pasar de la “gran historia” a la “existencia individual”. “Somos guerreros. O luchamos o nos preparamos para la guerra. Nunca vivimos de otro modo. De ahí la psicología de guerra”, afirma en su prólogo.

En este último documento del año pasado, la periodista se propone “escuchar honestamente a todos los participantes del drama socialista”. Afirma la escritora que el “homo sovieticus” sigue todavía vivo, y no es solo ruso, sino también bielorruso, turcomano, ucraniano, kazajo… “Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos en distintas lenguas, pero somos inconfundibles, nos reconocen enseguida. Todos nosotros somos hijos del socialismo”, afirma, refiriéndose a quienes son sus “vecinos por la memoria”. “El mundo ha cambiado completamente y no estábamos verdaderamente preparados”, dijo en una reciente entrevista a Le Monde. Atrapada aún en el espacio soviético, Alexiévich indaga con angustia y sufrimiento sobre el fin de una cultura, una civilización, unos mitos y unas esperanzas. Crítica con el régimen del presidente bielorruso Alexandr Lukashenko. Precisamente de Bielorrusia (la ‘Rusia Blanca’) dice: “somos una tierra incógnita, aún por descubrir; a los bielorrusos aún nos queda contar nuestra historia. Todos conocen Chérnobyl por la catástrofe y nadie por ser o haber sido un país agrícola y un jardín maravilloso”.

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Cataclismo en Bielorrusia: de los nazis a la explosión nuclear

El 26 de abril de 1986, a la 1 h 23′ 58″, una serie de explosiones destruyó el reactor y el edificio del 4º bloque energético de la Central Eléctrica Atómica (Central Nuclear) de Chernóbil, situada cerca de la frontera  bielorrusa. Al producirse la explosión se calcula que el efecto de la radiación fue 500 veces superior al de la bomba atómica de Hiroshima en 1945, produciendo en personas, animales y plantas graves alteraciones genéticas y malformaciones múltiples. La catástrofe de Chernóbil se convirtió en el desastre tecnológico más grave del siglo XX.

Para la pequeña Bielorrusia (con una población de 10 millones de habitantes y sin ninguna central atómica en su territorio) representó un cataclismo nacional. Bielorrusia seguía siendo un país agrícola, con una población eminentemente rural. Durante los años de la Gran Guerra Patria, los nazis alemanes destruyeron en tierras bielorrusas 619 aldeas con sus pobladores. Después de Chernóbil, el país perdió 485 aldeas y pueblos: 70 de ellos están enterrados para siempre bajo tierra. Durante la guerra murió uno de cada cuatro bielorrusos; hoy, uno de cada cinco vive en un territorio contaminado. Se trata de 2,1 millones de personas, de las que 700.000 son niños. Entre las causas del descenso demográfico, la radiación ocupa el primer lugar. En las regiones de Gómel y de Moguiliov (las más afectadas por el accidente de Chernóbil), la mortalidad ha superado a la natalidad en un 20%.

Acabo de concluir la lectura de esa “plegaria de Chernóbyl, crónica del futuro” que es el libro de carácter periodístico más espeluznante de cuantos he leído en mi vida. Pero eso lo dejo para el número siguiente de Kazetariak, con este titular: “Dolor y Bodas de Sangre: plegaria de Chernobyl”, y esta nota previa: Este artículo, por la crudeza de su contenido, no es recomendable a personas sensibles al sufrimiento de los demás”.  Hasta entonces…                         

                                                                                              José Manuel Alonso, expresidente de la AVP-EKE

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