Dolor nuclear y “Bodas de sangre” en la obra de Svetlana Alexiévich, periodista Nobel de Literatura

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Foto: EFE

“Me invade el firme deseo de fundirme con los demás, pero no veo a nadie, no me dejan ver a nadie… Solo la luz… Una sensación como si pudiera tocar la muerte… Y cuando llega mi madre lo primero que hace es la señal de la cruz y rezar, sin saber que ya leí “la oscura raíz del grito” (Bodas de Sangre), de García Lorca… Aprendí a volar”… (Testimonio de un niño contagiado por la radioactividad del accidente nuclear en la Central Vladimir Llich Lenin, a 18 kilómetros de Chernóbyl o Chernóbil, el sábado 26 de abril de 1986)

         Tal y como escribíamos en la Kazetariak anterior, la obra de Svetlana Alexiévich, primera periodista que recibe el Premio Nobel de Literatura, gira en torno a la Unión Soviética para descomponer este concepto en destinos individuales y compartidos y, sobre todo, en tragedias concretas. Svetlana se mueve en el terreno del drama, explora las más terribles y desoladas vivencias y se asoma una y otra vez a la muerte. Estamos seguros de que en estas horas la periodista ucraniana-bielorrusa está escribiendo sobre la masacre del pasado viernes en París y subrayando que vivimos una nueva época, dominada por el miedo a lo que vendrá.

         En el artículo anterior adelantamos que Svetlana Alexiévich sigue atrapada aún en el espacio soviético, europeo y mundial, indaga con angustia y sufrimiento sobre el fin de una cultura, una civilización, unos mitos y unas esperanzas, pero todo a base de datos o hechos reflejados a través de entrevistas puntuales con los protagonistas de las distintas generaciones, con todos sus miedos, dolores y tragedias.

“Los muertos tememos a los muertos”

         De todos los libros de Svetlana Alexiévich hemos leído el dedicado a Chernóbil, una tremenda descripción de numerosos testimonios sobre el proceso lento y crudo, monstruoso, con alteraciones genéticas y malformaciones físicas de los contagiados por el peor accidente de la historia de la energía nuclear, cuando se produjo el sobrecalentamiento y explosión del reactor número 4 de la Central. La cantidad de dióxido de uranio, carburo de boro, óxido de europio, erbio, aleaciones de circonio, grafito y rayos de gamma liberados en la explosión fue 500 veces superior a los de la bomba atómica arrojada sobre la ciudad de Hiroshima en 1945.

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Ciudad de Prípiat, de unos 50.000 habitantes, construida para albergar a los trabajadores de Chernóbyl, es hoy una ciudad fantasma, al norte de Ucrania en la región de Kiev, cercana a la frontera con Bielorrusia.

         No se sabe con exactitud el número de muertos ocasionados por la catástrofe pero se calcula una cifra cercana a los cien mil, además de muchos más que han quedado discapacitados, principalmente de Ucrania, Rusia y Bielorrusia. Las radiaciones han envenenado la vida de aproximadamente ocho millones de personas de esos tres países citados, y prácticamente ninguno de ellos conocía las consecuencias que la catástrofe podía ocasionar en su salud.

         Chernobil: ciudad ucraniana, ubicada cerca de la frontera con Bielorrusia, que en 1986 todavía formaba parte de la URSS. Chernobil tenía unos 43.000 habitantes. En la actualidad, se encuentra abandonada y desolada. Junto a Chernobyl, Pripyat, un distrito nuevo de la ciudad que se construyó en los años setenta para alojar a los trabajadores de la central. Pripyat era una nueva ciudad soviética ejemplar. Una semana antes del accidente, tenían previsto inaugurar un parque de atracciones.

         A juicio de los empleados de la morgue de la URSS, siempre según testimonios recogidos en el libro de Svetlana, “los enfermos de Chernóbil tienen la muerte más horrorosa de cuantas hemos visto y sólo la soportamos a base de muchos tragos de vodka”.  Tanto efecto causa estas muertes que los que van a morir de otra enfermedad advierten que no los entierren cerca de los muertos de Chernóbil: “Los muertos tememos a los muertos”

Tres capítulos tremendos, con voces, coros y epílogo

         Toda esta obra de Svetlana está escrita a base de monólogos individuales y coros colectivos, testimonios de personas que han vivido la tragedia directamente. Tiene tres capítulos a cual más duros: (1) La tierra de los muertos, con el coro de los soldados. (2) La corona de la creación, con el coro del pueblo. (3) La admiración de la tristeza, con el coro de los niños. Y antes del epílogo un capítulo final, el de “Una voz humana solitaria”, la de Valentina, esposa de un liquidador, que fue el nombre que se dio a cada una de las 600.000 personas[] que se ocuparon de minimizar las consecuencias del desastre del 26 de abril de 1986. Los equipos de liquidadores estaban compuestos, sobre todo, por bomberos, obreros, científicos y especialistas de la industria nuclear; tropas terrestres y aéreas preparadas para la guerra atómica; ingenieros de minas, geólogos y mineros del uranio, debido a su amplia experiencia en la manipulación de sustancias radioactivas. Cabe resaltar que para todo el personal no militar el trabajo era voluntario. Esa mujer, Valentina, concluye su relato con estas palabras: “Yo rezaré susurrando mi plegaria de Chernóbil… Y él –desde donde esté—, mirará al mundo con ojos de niño”…

         Y el epílogo del libro recoge la última de las locuras tras la tragedia: “La oficina turística de Kiev les ofrece un viaje a la ciudad de Chernóbil y a las aldeas de la muerte… Pagando, por supuesto. Visiten la Meca nuclear”… Con esto, parece olvidarse que en 29 años después de la catástrofe la radiactividad sigue dañando la biodiversidad en la zona afectada.

                   “Imposible contar esto, escribir esto”

         Recogemos comentarios de algunos de los testigos, sobre todo mujeres, tal y como lo cuenta Svetlana en su libro: “No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero. Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar (…) A veces me parece oír su voz. Oírle vivo. Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero no me llama nunca. Y en sueños, soy yo quien lo llamo”.

         “Los soldados entraban en las aldeas y evacuaban a la gente. Las calles estaban a rebosar de maquinaria militar: blindados, camiones, tanques… La gente abandonaba sus casas en presencia de soldados; y esto tenía un efecto deprimente, sobre todo para aquellos que han vivido la guerra. Primero culpaban a los rusos: “ellos tienen la culpa; la central es suya…” Pero luego: “la culpa la tienen los comunistas”… // “Todo el tiempo lo comparábamos con la guerra. Pero esto es algo más grande… La guerra se puede entender… ¿Pero esto?… ¿Dónde está el enemigo?… Con todo, la gente enmudeció”…

         “Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro. ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!… Todo esto tan querido… Tan mío.. Tan…No le cabía ninguna talla de zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo.”

         “Ya no temo a la muerte. A mi propia muerte. Pero no tengo claro cómo voy a morir. Vi morir a un amigo. Se hizo grande, se hinchó. Como un tonel. Y mi vecino. También estuvo allí. Un operador de grúa. Se volvió negro, como el carbón, y se secó hasta el tamaño de un niño. No tengo claro cómo voy a morir. Si pudiera elegir mi muerte, pediría que fuera común y corriente. No como  las de Chernóbil”.

“Enterraron la aldea al completo”

         Hay otros muchos testimonios de aquellos que vivieron esperando el turno de la muerte inminente, la suya o la de su acompañante, en su mayoría madres, esposas o amantes. Todos hablan de la muerte y de las mutaciones, tanto en personas, animales y plantas. “Nos evacuaron a todos y enterraron la aldea con la escuela, las casas y calles y el sóviet local”

         “Me entran deseos de hablar sobre la muerte… De comprender.  Busco un consuelo… No puedo estar sola, sin el…” // “No lo puedo transmitir todo, no me salen las palabras ¡No comprendo cómo me he quedado en esta vida!… El se estuvo muriendo durante mucho tiempo… Durante todo un año… No podíamos separarnos el uno del otro… Ahora, en sueños el me visita, pero por un instante” // Otra mujer, afirma: “Se fue muriendo. Cada día se encontraba peor… Si me preguntan: ¿cómo se muere después de Chernóbil?… ¿mal viviendo junto a un monstruo mudo y ciego… al que se sigue queriendo”

¡Oh, los niños… y la ciencia!

         De de todos los testimonios nos han impresionado los de los niños. En el “coro de niños” sus declaraciones te llegan al alma. Relatan lo que ellos pensaban entonces: “Vinieron a buscarnos unos soldados en coche. Pensé que había empezado una guerra. Pronunciaban unas palabras que no entendí: “desactivación”, “isótopos”… Los niños manifiestan lo que ellos pensaban sabiendo que iban a morir pronto y viendo como los conducían en un tren hacia algún  lugar desconocido, un tren que cuando se acercaba a alguna estación con gente, esta gente hacía la señal de la cruz y salía en estampida. // La maestra nos dijo un día: “Dibujad la radiación y yo pinté una lluvia amarilla, que cae a un rio rojo que corre”…

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Un parque de atracciones estaba a punto de ser inaugurado muy cerca de Chenóbil

         A Andrei (doce años) le iban a hacer la tercera operación y no aguantaba más sufrimientos… Solía decir con frecuencia esta frase: “Nos moriremos y nos convertiremos en ciencia”. Y su final fue muy cruel: “El chico se colgó con un cinturón en la clase vacía, cuando todos sus compañeros se fueron corriendo a hacer gimnasia. Los médicos le habían prohibido correr, saltar”… Y estos son los testimonios de la cuadrilla de Andrei unas horas antes: Yulia: “Nos moriremos”… /  Katia: “Nos moriremos y se olvidarán de nosotros” / Oksana: “Cuando me muera, no me enterréis en el cementerio, me dan miedo los cementerios, allí sólo hay muertos y cuervos” / Vadim: “Enterrarme en el campo” / “Nos moriremos”, lloraban todos ellos incluido Oleg. Y su maestra testifica: “Para mí, ahora el cielo está vivo, cuando lo miro… Todos ellos están allí”…

“Que me lo expliquen”, dice un experto

         Un experto en combustible de propulsión, especialista en cohetes del centro espacial de la antigua URSS, situado en Kazajistán, base de lanzamiento de naves espaciales, declaraba a Svetlana Aleksiévich sobre “el infierno” de Chernóbyl: “Se han escrito ya decenas de libros. Gruesos tomos. Y sin embargo el suceso de Chernóbyl supera todo género de reflexión filosófica. En cierta ocasión oí o leí que Chernóbyl se nos plantea ante todo como un problema de autoconocimiento. Y estuve de acuerdo, pues coincide con lo que siento. Sigo confiando en que alguien muy inteligente me lo explique todo. De igual modo como me ilustran en todo lo referente a Stalin, a Lenin, al bolchevismo. O como nos machacan sin parar: ¡El mercado! ¡El mercado! ¡El mercado libre! Sin embargo, nosotros… Nosotros, que nos hemos formado en un mundo sin Chernóbyl, vivimos, en cambio, con Chernobyl (…) De la guerra había regresado la generación “perdida”… Pero con Chernóbyl vive la generación “desconcertada”. Vivimos en el desconcierto… Lo único que no ha cambiado es el sufrimiento humano… Nuestro único capital… ¡Un tesoro que no tiene precio!”…

          Hay otros muchos testimonios intensos, crudos, como el del compañero periodista de Svetlana, Anatoli Shimanski: “Por culpa de la radiación los animales del bosque están enfermos. Merodean tristes y tienen los ojos mustios. A los cazadores les da miedo y lástima disparar contra ellos. Y los animales han dejado de temer al hombre. Los zorros y los lobos entran en los pueblos y se acercan cariñosos a los niños / La gente de Chernóbyl tiene hijos, pero en lugar de sangre a estos niños les corre por las venas un líquido amarillo. Hay científicos que demuestran que el mono se hizo tan inteligente por haber vivido bajo la radiación. Los niños que nazcan dentro de tres o cuatro generaciones, todos serán Einsteines. Esto es un experimento cósmico que están realizando con nosotros”…

         Chernobil, París… y la hostilidad del miedo

         Este artículo nuestro coincide con las consecuencias de la masacre en París del pasado viernes 13 de noviembre, la mayor en Europa tras los atentados del 11-M de 2004 en Madrid. Eso nos hace recordar precisamente un texto de Svetlana Aleksiévich en el que dice que ella vive con la sensación de tener como un tercer ojo y que toda nuestra tierra, nuestro planeta, es un palacio de cristal, muy frágil, donde todas las cosas pueden desaparecer. Y así sentimos permanentemente esa hostilidad del miedo.

         Svetlana subraya que Chernobil nos introdujo en otra realidad. “Si los bomberos no hubiesen apagado el incendio en los primeros días, ni en Escandinavia ni en Europa se podría vivir, el mundo se habría convertido en algo muy frágil. Incluso así, el cuarto día, las emisiones radioactivas llegaban ya a África y a China. Antes teníamos una determinada moción de lo que está cerca y de lo que está lejos, pero todo eso cambió”.

         Toda la explosión de Chernobil –continúa Svetlana— es como si para el pequeño ser humano hubiese estallado el pasado. Nadie sabía que había que hacer. Nadie sabía cómo había que luchar contra este nuevo mal, algo totalmente desconocido, un mal que estaba bajo una máscara nueva. Y frente a ello se actuó como se hacía en el pasado: engañando a la gente. Debido a a las circunstancias y al secretismo político soviético, hay muchos detalles que jamás podremos conocer”.

Aquel mundo maravilloso de Antón Chéjov

         “Después del 11 de septiembre y de otros atentados crueles –comenta Svetlana— también se habló y se habla de que hemos entrado en un nuevo mundo, con nuevos misterios, nuevos sentimientos y nuevas dudas sobre nuestra existencia y sobre la manera de sobrevivir. Precisamente en Chernobil los que estaban más cerca de la naturaleza, los que confían en ella, los campesinos, fueron los que más sufrieron. Era muy difícil hacerles entender que la muerte está dentro de la tierra. Se les tenía que decir que la leche que querían beber también era la muerte, que toda la hierba que tenían alrededor era la muerte. Al tercer día, todos los animales habían muerto y la zona era como un cementerio de animales y plantas. Por todo ello, Chernobil supuso la aparición de una nueva realidad que coincidió con la catástrofe del imperio del socialismo, de las ideas soviéticas, pero para entender esta catástrofe nosotros teníamos cultura, pero la catástrofe de Chernóbil no se ve con los ojos, y ni quiera las manos pueden tocarla. Tampoco tiene olor. Y la gente no sabe cómo expresar estas ideas, sobre todo los vecinos de Bielorrusia, de Ucrania, de Rusia… Esa gente ha perdido el optimismo que tenía con los héroes del escritor Antón Chéjov (1860-1904), cuando se decía que al cabo de cien años el ser humano viviría en un mundo maravilloso. Pero, exactamente cien años después ocurrió lo de Chernóbil y otras tragedias, y todo ello nos hace volver al pasado, a la realidad del miedo a lo que ha de venir, a una nueva época y, por tanto, una futura realidad desconocida.

                                                                  José Manuel Alonso

Expresidente de la AVP-EKE

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