Las crónicas del domingo

A Sarita Estévez Urquijo, de quien

 mi padre dijo era la persona que

 más sabía de fútbol.

 Con mi cariño y admiración.

 

Carlos Bacigalupe

Si acaso no lo hiciera durante toda la semana, mi padre * trabajaba de lo lindo los domingos de fútbol. Su jornada comenzaba con un partido de la Regional disputado en cualquier campo vizcaíno y se prolongaba por la tarde con el encuentro que tenía lugar en San Mamés o en Garellano. Y eso suponiendo que a primera hora de la mañana no hubiese asistido a un choque entre juveniles. Salvo en este último caso, de los anteriores tenía que dejar constancia escrita en dos periódicos y una agencia de noticias. Los diarios a los que servía eran el vespertino bilbaino Hierro y el legendario Madrid, al que remitía cada semana la crónica del Athletic, entonces Atlético de Bilbao. La agencia se llamaba Mencheta y para ella, al margen las informaciones y los comentarios futbolísticos, debía enviar noticias de todo tipo, en su calidad de corresponsal.

Concluida la jornada balompédica, mi padre regresaba a casa y se ponía a la máquina. Las primeras que utilizó eran de alquiler, porque la economía familiar se sostenía de puro milagro. Luego, y en tiempos de relativa bonanza, consiguió adquirir una Remington de segunda mano. Algo era algo.

Apenas instalado ante la mesa, desplegaba sobre ella unos apuntes manuscritos incomprensibles para casi todos por culpa de su caligrafía alborotada. Él, precisamente, que tenía una letra impecable y bella. Pero la culpa era de la urgencia con la que debía tomar las notas de cada partido, la falta de base para asentar las cuartillas, y la necesidad de concluir cada jugada con el máximo de pulcritud informativa.

Periodista vocacional, mi padre escribía a máquina utilizando preferentemente los dos dedos índices, como debía ser. De vez en cuando se auxiliaba de algún otro, pero, ya digo, sus armas fundamentales con las que golpear las teclas eran los índices. Lo hacía con ritmo, sin interrumpirse porque alguna letra impresa no fuera la correcta. Las modificaciones vendrían después. Admirado ante el milagro del texto que iba apareciendo sobre el papel, sin meter ruido, evitando cualquier molestia que perturbara aquel maravilloso ejercicio, poco a poco me iba dando cuenta de lo mucho que sabía mi padre de fútbol. Era rápido en la concepción del artículo. Años después me confesaría que ya saliendo del campo, mentalmente, iba diseñando titulares, entradillas y sumarios, pensando, además, que fotografía convendría al comentario.

Terminada la primera crónica, la de Mencheta, se disponía a llamar para que el taquígrafo la recogiera vía telefónica.

  • Señorita- decía a la telefonista-, póngame con Madrid, 415 o 416 Larga Distancia.

A mí me entusiasmaba el sistema. Al pronto, alguien se ponía al habla y mi padre le cantaba un par de cuartillas. Ya se sabe: alineaciones, goles, breve comentario…, lo de siempre. Una vez concluida la primera parte del trabajo se sentaba de nuevo y hacía una pausa. Era el tiempo que yo aprovechaba para preguntarle miles de cosas acerca del partido, los jugadores, el público, y un montón de asuntos más. Comprensivo al fin, él contestaba dando a cada respuesta un aire didáctico. Todo acababa cuando, apenas con una seña, me indicaba el camino de la salida. Yo, a ver, me daba por enterado.

Pasado el tiempo, conseguí que me dejara ayudarle confeccionando las clasificaciones de Primera, Segunda y Tercera. Me parecía divertido. Todo consistía en hacerme con las copias utilizadas la semana anterior y montar sobre los números un trazo que los invalidase, encima de los cuales, y aprovechando los blancos, corregir los datos de los partidos jugados anteriormente, ganados, empatados y perdidos, los puntos acumulados por cada equipo, positivos y negativos. Me sentía importante, a qué negarlo.

Mientras me mantenía ocupado, alternando la labor con los correspondientes mordiscos al bocadillo de pan con chocolate, mi padre le daba a la segunda crónica. Ésta era para Madrid y se suponía que a su conclusión viviría con él un rito apasionante: el de acompañarle a la Estación de Abando para entregar al jefe del tren, y en propia mano, el sobre que contenía el escrito mecanografiado. Claro que, antes, se hacía necesario dar un paso previo, que no era otro sino el de incluir las fotos del partido.

Cuando, como digo, finalizada la misión mi padre y yo salíamos de casa, nuestra primera parada se hacía en Hurtado de Amézaga donde vivía Germán Elorza, periodista gráfico de Hierro, que venía ayudado por su hijo Ricardo, luego destacado cámara de TVE. Allí se nos enseñaban las imágenes del encuentro resueltas en blanco y negro, tamaño reportaje. Los dos se ponían de acuerdo sobre las que convenía enviar y, otra vez en la calle, nos dirigíamos a los andenes donde esperaba el coche-cama que una hora después abandonaría Bilbao con destino a Madrid. Localizado el jefe de tren, el hombre se hacía cargo del sobre y nosotros volvíamos sobre nuestros pasos. Naturalmente, aquel personaje de gorra con visera rameada, cobraría una vez llegado el convoy a la estación de Príncipe Pío, donde le esperaba un ciclista del propio periódico para llevar el botín a la Redacción.

Quedaba la etapa más sabrosa, la de la recompensa por los servicios prestados. Calle arriba camino de Zabálburu, parábamos indefectiblemente en el Rimbombín, sede de la tertulia informal a la que asistía mi padre con toda regularidad. Serían ya las nueve de la noche, minuto arriba o abajo. Entonces, él me proponía elegir una banderilla- banderilla, sí, que no pintxo , como se empeñan en decir los guipuzcoanos- de las muchas que se exhibían en aquella barra exquisita, y yo siempre pedía la que sobre una base de pan asentaba una loncha de jamón, medio huevo cocido, y una punta de espárrago, todo el conjunto bañado en una mayonesa inolvidable especialidad de la casa. Solía acompañarla con un refresco de naranja o limón. Mientras, el joven periodista que mañana firmaría su crónica del Athletic en un reputado periódico madrileño- mítico Madrid, fulminado por el régimen imperante-, charlaba con los habituales del establecimiento. Sobre el partido, con toda probabilidad.

Ya de vuelta, y tras de una cena ligera, a mi padre todavía le restaba escribir la página de Hierro, que yo entregaría con toda puntualidad en los talleres del periódico, sitos en Obispo Orueta, poco antes de que en el Instituto diera comienzo la primera clase del lunes.

¡Ah!, bueno, y por la noche del mismo lunes, mi padre presentaría en Radio Bilbao su programa “Antena del fútbol modesto”, de gran audiencia entre las gentes del bronce futbolero. Un sinvivir, vamos.

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* Alberto Bacigalupe Aguirre, periodista deportivo, fue mi padre

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