Dos años sin el vasco Borja Lázaro

La familia del vitoriano desaparecido en Colombia a principios de 2014 reclama “más apoyo” del Ministerio de Exteriores con motivo del segundo aniversario del caso

Daniel González. Pese a llevar ya dos años sin noticias de Borja Lázaro, la familia de este vitoriano desaparecido en Colombia no está dispuesta rendirse. Saben que no pueden tirar la toalla, y se esfuerzan a diario para mantener vivo el caso. “Mientras no se resuelva no se puede tirar la toalla, ni nos podemos callar, porque si lo hacemos es cuando de verdad se convierte en un desaparecido. Tenemos que seguir peleando para que la cara de Borja sea visible”, explica Ana María Herrero, madre de Borja. Esa fe en que en algún momento sonará el teléfono para darles buenas noticias, o al menos anunciar que hay un avance en la búsqueda, les ayuda a afrontar los momentos más duros.

A ello se suma el apoyo y la solidaridad que les han trasladado miles de personas, bien en los conciertos o en las concentraciones que han organizado -la última fue el pasado 8 de enero en Vitoria, cuando se cumplían 24 meses desde que Borja no volvió a la habitación del hostal en el que se alojaba-, y que se ha convertido en su aliado contra la adversidad. “Eso nos ayuda a seguir, porque es difícil. Borja no está, pero su vida aquí sigue funcionando. Todo lo que le implica a él sigue en marcha”, traslada su hermano, Sergio Lázaro. “Hay que tenerlo todo preparado, esperando al día en que él vuelva”, añade la madre.

Ahora su lucha se concentra en lograr que el Ministerio de Exteriores se implique en la búsqueda de Borja. Y es que, tras los primeros meses de investigación, apenas hay avances. La Ertzaintza es el contacto de la familia con las autoridades colombianas, “y nos informan que el caso sigue abierto, pero sin nuevos indicios, por lo que no hay una búsqueda activa, como al principio, sobre el terreno”, plantea Sergio sin poder ocultar su decepción por esa falta de pistas. De ahí que necesiten que los representantes diplomáticos hagan presión para que la investigación continúe. “Confiamos en que la Policía colombiana está trabajando en ello, aunque no tenemos a nadie allí que pueda comprobarlo, y eso es lo que echamos en falta: el compromiso de las instituciones para que haya alguien allí interesándose por el caso”, añade la madre.

A través de la intermediación del Ayuntamiento de Vitoria, han logrado que se les convoque a un nuevo encuentro con representantes del ministerio, en el que volverán a reclamar esa supervisión.  Aunque llegaron a reunirse con el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, durante la visita que hizo a Vitoria en octubre de 2014, sienten que no se está haciendo lo suficiente por parte del Gobierno central para supervisar el caso. “Se supone que cuando hay un embajador y un cónsul, que son representantes de nuestro país, tienen que implicarse”, insiste la mujer.

Zona conflictiva

A la ausencia de nuevas pistas se suma la complejidad de la zona donde desapareció Borja. Fue en la localidad colombiana de El Cabo de la Vela, en el departamento de La Guajira, durante una de las etapas de su viaje por diferentes países de Latinoamérica. Se trata de una región desértica en la que habita una etnia, los Wayúu, en pequeñas granjas desconectadas de los núcleos urbanos, “aisladas y con unos caminos difíciles de recorrer”. Pese a que una de sus zonas es un destino turístico al que acuden los mochileros, allí abunda el contrabando de combustible, y operan desde los paramilitares y bandas criminales hasta las FARC, lo que convierte a esta zona en un punto peligroso. El vitoriano acudió allí para entregar a integrantes de esta etnia las fotografías del reportaje que hizo sobre una de sus ceremonias, en las que desentierran a un fallecido después de diez años de su muerte, limpian los huesos y lo vuelven a enterrar. “Sabemos que llegó a entregarlas”, trasladan sus familiares.

Ellos son conscientes de lo complicada que resulta la búsqueda en estas condiciones. “La diferencia entre la desaparición de Borja y una que sucede en España es que aquí enseguida hay voluntarios, se realizan batidas, puedes buscarlo… Sabes moverte y la gente te ayuda”, plantea la madre. “Pero allí estás fuera de tu entorno, es muy distinto”, añade su hijo. Por eso desplazarse hasta allí es una opción difícil de llevar a cabo, y no sólo por la distancia que supone. La pareja de Borja permaneció mes y medio en La Guajira durante las primeras semanas de búsqueda, y esta pasada semana santa volvió a la región. “Pero no es fácil estar allí, no es una ciudad al uso en la que te puedas desenvolver. Es una zona complicada, y desde el principio nos recomendaron que no fuésemos, que tendríamos que ir acompañados por la Policía…”, valora la madre.

Por eso, sus esfuerzos se han centrado en que el caso siga visible. “No puedes hacer planes para ninguna otra cosa, siempre estamos pensando en esto. Estuvimos en el Parlamento Europeo para pedir más implicación de las autoridades; en un foro que organizó Paco Lobatón en Baeza para acoger a familias de desaparecidos; en un encuentro en Arrigorriaga… Es nuestro objetivo prioritario, seguir peleando”.

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