Ofensas y ofensas

M.U. Muchas son las personas que se sienten ofendidas por algo o por alguien, ofendidas  en sus sentimientos, en su honor, en su orgullo. Para ellos  esa herida es, a veces, más dolorosa que una agresión física. La ofensa produce un dolor moral que, como tal, es difícil medir e incluso  entender.Si en un paso de peatones  se cruza con nosotros un automovilista que nos llama “imbécil”, rápidamente respondemos, aunque  una misma ofensa pueda dejarnos indiferentes o montar en cólera.

Según el refrán, no ofende quien quiere sino quien puede. Es decir, admitimos que hay quienes pueden ofendernos.

¿Quién no tiene a su alrededor personas que nos importan, cuya opinión valoramos o con quienes mantenemos fuertes vínculos afectivos.? Si recibimos una ofensa de uno de ellos, el dolor, la ofensa es mayor. Es un daño moral, más doloroso a veces que físico y que se mantiene en el tiempo. Luego hay también, otras ofensas que se convierten en daño cuando son reiteradas, como el acoso moral, o perjudican nuestra imagen pública. A veces es preciso reaccionar exigiendo una reparación o pasando al contraataque. Pienso que en estos casos  conviene medir las fuerzas  antes de entrar en una guerra de desgaste inútil en busca de reparación o venganza.   Por regla general, el desprecio de la afrenta es la más poderosa arma para repelerla y dejar desarmado y en evidencia a quien ofende. En casi todas las circunstancias de la vida es buena norma, la de no dejarse llevar por los impulsos.

De entrada, hay que negarse a sentirse ofendido. Por grave que sea la ofensa, no hay nada que nos empuje a batirnos en duelo con quien nos provoca. De la misma manera, salvo que nos apetezca vivir permanentemente enfadados, gozamos de la suficiente libertad como para hacer pasar las ofensas sin que nos dejen la menor huella.

Los insultos y ofensas no son más que una parte de la vida, y lo que hay en la calle lo encontramos en internet. El volumen de insultos en internet va en aumento. Cuando alguien denunciauna ofensa en internet, la Policía deriva el caso directamente al juzgado, y a partir de ese punto ya es decisión del juez de turno decidir si los hechos alcanzan la categoría de  injuria o calumnia grave.

La Policía solo está capacitada para actuar de oficio si se trata de una injuria a un funcionario público.

Y, es aquí, donde se produce el choque entre la libertad de expresión y el derecho al honor.

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