El canto del ruiseñor y el eco de Umberto Eco permanecerán siempre, siempre, vivos

Hace unos días mueren la escritora Harper Lee y el genial filósofo, periodista y padre de la semiótica

 

“Matar a un ruiseñor” y “El nombre de la rosa” fueron dos grandísimas novelas que se hicieron aún más grandes gracias al cine y a la interpretación de dos grandes actores: Gregory Peck y Sean Connery. Y digo esto porque generalmente la literatura que se lleva al cine sufre de falta de brillantez y contenido. Y pongo ese ejemplo porque desgraciadamente hemos perdido la semana pasada a los dos escritores de esas novelas citadas, la norteamericana Harper Lee y el genial filósofo, semiólogo y periodista italiano Umberto Eco, ejemplo de toda una cátedra de comunicación  y una referencia intelectual del pasado, presente y futuro, como veremos.

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Gregory Peck y Harper Lee, en el plató del rodaje de ‘Matar a un ruiseñor’

Nelle Harper Lee tenía 89 años y era una autora de esa citada única obra hasta la publicación del pasado año de otra, “Ve y pon un centinela”, escrita antes de “Matar a un ruiseñor” (premio Pulitzer) pero oculta hasta esa fecha. La historia de esta segunda y última publicación gira en torno al personaje de “Scout” Finch, que viaja de Nueva York a la localidad sureña de Maycomb para visitar a su padre, Atticus Finch. El título hace referencia a un fragmento del Libro de Isaías: Pues así me ha hablado el Señor: “Ve y pon un centinela para que comunique lo que vea”, en referencia a Atticus, que actúa de guía moral en la localidad sureña.

Es difícil encontrar otra  novela contemporánea como “Matar a un ruiseñor” que haya tenido un impacto tan duradero y es la historia semi-autobiográfica de un abogado sureño blanco (el padre de la escritora fue también abogado) que defiende a un negro acusado injustamente de violar a una mujer blanca. Nelle Harper utiliza la figura del ruiseñor para simbolizar la inocencia. La novela se publicó en el año 1960, cuando el movimiento de los derechos civiles tomaba más fuerza, lo que hizo que el libro se divulgara rápidamente y se convirtiera en un monumento literario en todo Estados Unidos, vendiendo más de cuarenta millones de ejemplares, sobre todo a raíz de la aparición de la película en 1962, candidata a ocho premios Oscar y galardonada con tres: mejor actor, mejor guión adaptado y mejor dirección artística.

Harper Lee, nacida en un pueblecito de Alabama, Monroeville, de 6.500 habitantes. Allí vivió de soltera toda la vida y pasó sus últimos años en una modesta residencia de ancianos, negándose a responder a la solicitud de los periodistas. Falleció el jueves 19 de febrero mientras dormía. Como homenaje a ella y a su famoso libro, recojo un bello “romance” dedicado al ruiseñor: “Que por mayo era, por mayo, / cuando hace la calor, / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor, / cuando canta la calandria / y responde el ruiseñor, / cuando los enamorados / van a servir al amor” (…)

Umberto, todo un eco intelectual, periodístico y semiótico

Unas cuarenta y ocho horas después de la despedida del ruiseñor, fallecía en su domicilio en Milán Umberto Eco, un hombre condicionado toda su vida y su obra por la exactitud de su apellido: todo un eco.  Sus obras, sus palabras, sus vaticinios, sus artículos, sus lecciones sobre la comunicación y los medios de información, su filosofía de la vida y hasta de la muerte siempre tuvo un eco extraordinario. He de confesar que personalmente fui un gran admirador y plagiador de sus ideas. Por cierto, el siempre defendió el plagio e incluso consideraba que la vida y la obra de cada uno copia la obra de los anteriores, y pone el ejemplo de la literatura, de la política e incluso de las edades históricas, advirtiendo de que vamos de cabeza hacia una nueva Edad Media.

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Umberto Eco: filósofo, padre de la semiótica, escritor, profesor universitario hasta la víspera de su muerte, periodista, experto en libros antiguos y referencia obligada de cuantos nos hemos dedicado al periodismo o a la comunicación, y también a la enseñanza de esas dos materias. Como ha dicho nuestro compañero Juan Cruz “Umberto Eco era un sabio que conocía todas las cosas simulando que las ignoraba para seguir aprendiendo”. El diario “La República”, del que fue histórico colaborador, escribió este titular: “Muere Umberto Eco, el hombre que sabía todo”.  El mundo intelectual y literario y sobre todo Italia y Europa lo ‘necesitará’ por los siglos de los siglos. Su eco permanecerá para siempre.

Libertad, justicia, periodismo, política…

Umberto Eco fue un atento observador de la política, comprometido activamente. Junto a otros intelectuales creó la asociación “Libertad y Justicia”, con el objetivo de “dar un sentido positivo a la insatisfacción que crece hacia la política”. Por ejemplo, estuvo siempre en primera fila en denunciar los excesos políticos y personales de Silvio Berlusconi. Doctor honoris causa en numerosas universidades, entre sus innumerables premios está el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el año 2.000.

Dos de sus libros han sido best sellers, “El nombre de la rosa” y “El péndulo de Foucault”. “El nombre de la rosa” (1980), un éxito en ventas ambientado en el siglo XIV, narra la investigación que realiza fray Guillermo de Baskerville y su pupilo Adso de Melk alrededor de una misteriosa serie de crímenes que ocurren en una abadía. Ocho años después publicó “El péndulo de Foucalt”, también una de sus mejores títulos que narra la historia de tres intelectuales que inventan un supuesto plan de los templarios para dominar el mundo.

Su último libro, “Número cero” abordó los misterios que rodearon la muerte del dictador italiano Benito Mussolini. La novela, publicada en España en abril de 2015, fue editada en otros 34 países y en ella realizó una feroz e irónica crítica al mal periodismo, la mentira y la manipulación de la historia. Habla de la redacción imaginaria de un periódico. Se trata de una sátira sobre los límites del periodismo contemporáneo en tiempos de Internet. Precisamente Eco ha escrito en los últimos años de las redes sociales, afirmando que “dan derecho de palabras a legiones de imbéciles”, desencadenando una fortísima polémica.

Tan irónico como cordial, cantor del libro y la lectura

Este genio, este intelectual de la cultura, tanto de la contemporánea como la medieval (señaló numerosas coincidencias entre ambas);  este gran tipo que modernizó cuanto tocaba y del que podríamos estar escribiendo o hablando días enteros, fue en sus obras, lecciones y entrevistas, tan irónico como cordial, criticó a lo largo de su vida (ochenta y cuatro años) la manipulación del periodismo y la corrupción, siempre con mirada divertida y/o voraz. De los libros y la creación estética o crítica amaba todo. Podríamos recordar su “Caperucita Roja” o su defensa del comic y sobre todo de ese genial personaje argentino, Mafalda. O de sus enseñanzas, esa delicia académica de “Cómo se hace una tesis”…

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Escribía y leía de todo. “Quien no lee, a los 70 años habrá vivido una sola vida. Quien lee habrá vivido 5000 años. La lectura es una inmortalidad de nuevo”. En su casa de Milán, en Foro Buonaparte, donde ha muerto, custodiaba una impresionante biblioteca con rarezas bibliográficas. Allí recibía, con modales cordiales, a sus entrevistadores que llegaban de medio mundo. Nunca le faltó la ironía, bromeando así: “Estoy desesperado. Tengo todavía una posición en la Universidad, escribo semanalmente en una revista, ¿por qué no me han echado ya?; ¿dónde están aquellos que debían asesinarme como nosotros hicimos con nuestros padres?”.

Y sobre la elección de su profesión ironizaba: “Soy un fracasado. De pequeño quería ser el cobrador de billetes de tranvía, porque tenían unas carteras bellísimas con diez compartimentos con bloques de billetes de varios colores. No como ahora, que se entra en el metro enfilando el billete en una máquina automática. Un poco más tarde hubiera querido ser general. Pero sé que mi auténtica ambición hubiera sido la de hacer el pianista en un piano-bar, hasta las dos o las tres de la noche, con un cigarrillo y un whisky. De pequeño quería escribir también novelas. Después, como es conocido, me ocupé solo de ensayos hasta casi los cincuenta años. ¿Por qué luego escribí mi primera novela? Estoy cansado de que me lo pregunten y de dar cada vez una respuesta diferente, todas obviamente falsas. Digamos que lo hice porque me vino el deseo, y si ésta no le parece una buena razón a alguien, entonces es que no entiende de literatura”

Los medios de información, el terrorismo y la tragedia

Umberto Eco, en sus muchas intervenciones públicas e incluso en algunos artículos, fijaba la atención en los fenómenos vivos y cambiantes del presente, y se mostraba siempre ágil para cambiar de tercio cuando la actualidad lo reclamaba o la claridad de ideas lo exija. Así, afirmaba que “el terrorismo es un fenómeno de nuestra época, de la época de los medios de comunicación de masas. Si no hubiera medios masivos, no se producirían estos actos destinados a ser noticia. La censura no sirve como medio de atajarlo, en cambio, porque en una sociedad de comunicación, los medios paralelos -desde el ciclostil a las radios piratas pasando por Internet- son tan poderosos que no son controlables, son generados al tiempo que los mass-media oficiales”. Y así, “quiero decir que el fenómeno terrorista es simplemente irremediable”.

A raíz de los atentados del 11-S del 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York y en otras diversas ocasiones ante fenómenos terroristas como los de ETA, Umberto Eco hacía una declaración que daba la vuelta al mundo: el terrorismo consiste en “matar a un ser humano para mandar una señal”. Y añadía: “Bin Laden destruyó las Torres Gemelas para lanzar una señal, a él no le importaban los muertos, sino advertir sobre la fragilidad de Occidente. Y parece mentira, pero esto le ha regalado millones en publicidad a Bin Laden. Esta ilógica y obligada hermandad entre el terrorismo y los medios de comunicación es una extraña contradicción semiótica” Y lanzaba siempre una advertencia que pone la carne de gallina: “esta no es una guerra de signos ni de señales, porque debajo de los ataques terroristas hay siempre personas y lo que vivimos actualmente no es una guerra de religiones sino una tragedia”

Coincidiendo con la presentación en distintas ciudades españolas de una de sus novelas de éxito, “Baudolino”, aseguraba también que “los medios están obligados a hacer ver”, y comparó la situación de la prensa durante una guerra con la que tradicionalmente se vivía en los festivales de cine de Cannes, cuando las cámaras de televisión acababan dirigiéndose a las mujeres desnudas que aprovechaban el certamen para darse publicidad en las playas francesas.

El escritor, sin embargo, se sentía satisfecho de haber vivido durante su infancia un conflicto bélico, la II Guerra Mundial, pues entonces “uno se podía hacer una idea de lo que sucedía a través de las crónicas”, en cambio, actualmente, «a pesar de la comunicación instantánea no sabemos nada, todo se convierte en un show, en un espectáculo”

Modas culturales: “Para que salgan flores es necesario el estiércol”

Umberto Eco se mostró siempre con absoluta sinceridad. Tenía una frase que lo definía en este sentido: “No soy un escritor inocente, nadie puede serlo hoy”. Y por eso, preguntado sobre esa curiosa moda cultural de “hablar constantemente mal de las modas culturales”, respondía: “No hay que tener miedo ante su profusión, ni siquiera ante las mediocres producciones de las supuestas modas culturales. Para que salgan flores es necesario el estiércol. Y muchas de estas producciones son simple estiércol para que puedan crecer posibles flores. En cualquier caso, a la historia hay que reducirse. Ya se verá si son flores o estiércol».

Aunque afirma que en estética “terminó ya el punto de vista post-romántico nacido de Benedetto Croce (1866-1952)”, un gran filósofo, escritor y líder político italiano, fundador del periódico “La Crítica”, es cierto que yo empecé estudiando problemas estéticos. Escribí tres libros sobre este tipo de problemas, y a partir de ellos derivé hacia otros directamente relacionados con la comunicación de masas, y de ahí, a los grandes problemas teóricos, generales, como el establecimiento de una teoría semiológica”.

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Y añadía: “Ahora bien, en este siglo asistimos a una crisis del concepto de esteticidad. Desde Hegel se viene hablando de la muerte del arte, y así como el hablar de la muerte de Dios supone el fin ab absurdum de la teología, la ruptura de la ecuación arte igual a belleza supone la muerte de la estética. Es evidente que ante un cuadro conceptualista, por ejemplo, no se puede acudir al concepto de belleza. Y en cambio, nadie puede negar que se trata de arte. Pues bien, en el momento en que el arte pone en crisis el mismo concepto de belleza, entra en crisis correlativa todo el aparato conceptual de la estética”.

“Hoy, el gusto es la multiplicidad; el tiempo, discriminatorio”

Umberto Eco estudió y escribió en muchas ocasiones sobre la estética como elemento de poder y manipulación de las clases dominantes: “El gusto evidentemente ha cambiado y cambia a lo largo de la historia. En el pasado, podía tardar cincuenta, cien años en cambiar. El tiempo actual, sin embargo, consume el gusto en mucho menos tiempo: en un mes, en tres meses. No existe un gusto de nuestra época, algo similar al gusto renacentista o al barroco. En nuestra época, el gusto es la multiplicidad. Hay quien habla de decadencia, pero épocas definitivamente decadentes, como el fin del imperio romano, estuvieron presididas por lo que éstos calificarían como un gusto espléndido… Simple y metafóricamente se podría hablar de democratización del gusto o del disgusto en el que vi vinos”.

Y añadía: “Con todo, sigue existiendo esa estructura de dominación, y en este caso es muy particular. Tomemos el ejemplo de la moda: actualmente, en esta multiplicidad del gusto, cada mujer, por ejemplo, puede elegir y compartir modos distintos de vestir, puede comprar sus ropas en una boutique, en unos almacenes, en un taller de alta costura. Y no necesita que lo que compre sea el modelo completo, sino que puede, en base a combinar unos objetos con otros, construirse su propia estética. Ahora bien, en la alta burguesía, las modas de estos vestires complejos y democráticos, que tienen sus focos de transmisión -como el Vogue-, son lanzadas por ella y luego bajan a otras capas sociales. Se trata de la misma moda, de los mismos gustos, sólo que entre el uso arriba y abajo hay una diferencia de tiempo: han pasado dos meses. Cuando las clases bajas acceden a ese gusto, el Vogue ya lanzó otro… y así sucesivamente.»

«Aparentemente, no es un modelo estético de clases, sólo el tiempo es discriminatorio: la diferencia social está precisamente en ese antes y después, en el valor semiológico legado al tiempo.» «Por eso -concluye- la reflexión estética debe tener en cuenta todos esos aspectos tan distintos, y debe considerarse relativa. El kitsch no se relaciona con la calidad formal de los objetos sino con otros objetos precedentes.»

“¿Por qué vive y muere la gente por el fútbol?”

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A pesar de que sus novelas han estado centradas sobre todo en el Medievo, pocos temas de la actualidad, la verdad, han dejado de ser tratados y analizados por este genio de la comunicación. Por ejemplo, el fútbol ha estado entre sus temas preferidos. El se preguntaba: “Si el fútbol no es más que un juego, ¿por qué despierta emociones tan poderosas?, ¿por qué vive y muere la gente por él?… Y  el mismo Eco trataba de responder: “en el fútbol hay algo que ningún movimiento estudiantil, ninguna revuelta urbana, ninguna protesta global o lo que sea podrán hacer nunca, aunque lo consideraran esencial, y es: invadir un estadio donde se celebre un partido de fútbol”

Al fútbol se le añade el “más”, y así se dice que es más que una política (de hecho, el fútbol son muchos partidos en una temporada; en política son unos pocos partidos), más que una religión (con dioses terrenales y tan débiles como el Ronaldo tan cuestionado); más que un sindicato, más que la ONU: de hecho en la FIFA hay más selecciones que países en las Naciones Unidas. Y de nuevo Umberto Eco nos lo explica a su manera:

“Se puede ocupar una catedral y sólo habrá algún obispo que proteste, algunos católicos conmocionados, un grupo de disidentes favorables, la izquierda que será indulgente y los laicos históricos (en el fondo) felices. Se puede ocupar la sede central de un partido, y los demás partidos, más o menos solidarios, pensarán que se lo merece. Pero si alguien ocupase un estadio, aparte de las reacciones inmediatas que esto provocaría, nadie sería solidario: la Iglesia, la Izquierda, la Derecha, el Estado, la Magistratura, los Chinos, la Liga por el Divorcio y los Anarcosindicalistas, todos pondrían al criminal en la picota”. El problema para Eco –escribe Peter Pericles- no es el fútbol en cuanto deporte, sino la forma que tiene de relacionarse con el mundo y con los demás debido a la fuerza de los signos, códigos y significados en el aficionado. La triste realidad es que para el que lo practica la rivalidad está en el juego, el fútbol es un juego, pero para los aficionados, los “voyeurs” va todo en serio, y, como confieren su identidad en la diferencia con los demás, para defender sus posturas insultan o se pegan o mueren de infarto en las gradas, y esto no ocurre en otros terrenos de la vida.

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Seguir con el eco de Umberto Eco

Me gustaría seguir escribiendo sobre Umberto y comprobar, con la paciencia de los lectores de Kazetariak, que su eco seguirá siendo eterno, como lo es –y así lo expresaba él mismo— el de Cervantes: “Escribo para matar a mis demonios interiores, los demonios de mi inseguridad. Y siempre espero que al morirme me permitan reencarnarme en una gran pluma como la de Cervantes, ¿quién sabe?”. Seguir aprendiendo al escribir, como al leer. Habrá tiempo para todo, ese tiempo que no he tenido siquiera para encontrar una entrevista que le hice al propio Umberto Eco hace unos años, y que da las claves de dónde venimos y hacia dónde vamos, siempre respetando a la rosa, esa que encontramos en la última línea de “El nombre de la rosa” y que su autor justificaba de esta manera: “La rosa aparece constantemente en el Medievo, es un símbolo muy claro: lo que queda de la rosa es, precisamente la palabra. Me pareció un título que deja libre al lector, sin imponerle una lectura, que intenta ser respetuoso con su libertad”.

José Manuel Alonso

Expresidente de la AVP-EKE

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