Semana Santa un año más

M.U. La Semana Santa, como la Navidad, es algo que se repite todos los años.

Solo, en el caso de la Semana Santa, se trastoca el espectáculo si la meteorología es adversa.

Si María y Jesús se dieran una vuelta por nuestras calles en Semana Santa, no entenderían nada. Serian incapaces de captar la relación entre los hechos más amargos de sus vidas y las multitudes,  en torno a sus imágenes ricamente ataviadas, cuajadas de luces y de joyas. ¿Pero que es esto?, seguro que dirían; estas luminarias y peanas, estos lujosos tronos, estos sanedrines y capuchas?.

Habría que explicarles muy bien todo, paso a paso. Todos ellos os aman, incluidos los mirones y los turistas; la riqueza y la gloria  de ahora tratan de enmendar la pobreza y humillación que antaño padecisteis; los cornetines y tambores son de un cortejo no para el ajusticiamiento; los encapuchados no son verdugos y os conducen en andas desde una devoción anónima; los legionarios no son ya romanos y han venido a rendirte honores militares; esta música es el himno nacional que solo suena a la llegada vuestra y de los reyes;

Si los apóstoles contemplaran esta Semana Santa, se dirían: pero ¿qué tiene que ver esto con lo que nosotros escribimos ?. A ellos habría que explicarles que han pasado veinte siglos; que Jesús predicó un evangelio, pero luego vinieron las iglesias, las religiones populares, y que el pueblo se ha sentido conmovido por una parte, solo por una pequeña parte, del evangelio que ellos escribieron. ¿ Llegarían ellos a entender esto tras las debidas explicaciones?.  Lo entendería al menos la victima principal de esta historia, la de entonces y la  luego sucedida, Jesús el Nazareno?. Y, ¿que otra serie de cosas seguirían a su sorpresa  y a las explicaciones  razonables de los hermanos cofrades?

Con las procesiones uno tiene sentimientos encontrados. Recuerdo, porque yo también con quince años – creo haberlo dicho –  paseaba el capuchón  por la calle de Las Cortes cantando a aquellas gente “Perdónales señor”. A los quince años, a uno le parecía que tenía gracia  el que muchos de los encapuchados fueran los más asiduos  de este barrio el resto del año.

Hoy, la hipocresía ya no me hace gracia aunque sea tan evidente, tan escandalosa. Quizá porque la sociedad de hoy me parece más hipócrita que la de entonces. No se sabe dónde está la crítica y donde la complicidad. Hay cosas que no se deben hacer con el capuchón puesto. Y hay cosas que no se deben hacer ni con capuchón ni sin capuchón, pero se hacen.

Dejemos la cosa así. Tengo la duda de si volviese Jesús de Nazaret, alguien no le dijese “Vete y no vuelvas de nuevo, no vuelvas nunca más”. No es previsible, por tanto, que regrese para Semana Santa, y no será preciso darle explicaciones  y ponerle al día de la historia, a los veinte siglos de su muerte.

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