El gran mundo de las Bibliotecas, en peligro

“Es casi imposible leer algo bello sin sentir deseos de hacer algo bello” (John Steinbeck)

            Hay una frase que recuerdo con frecuencia, aunque desconozco su autor: “Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda”. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañarnos en tiempos que vivimos en los que todo se cuestiona y casi todo está en peligro. Y una de esas cosas que personalmente más me preocupa, porque ya comienza a ponerse en entredicho, son las Bibliotecas. ¿Para qué tanto libro si todo está ya en Internet? ¿Para qué tanto espacio perdido por los libros si puede aprovecharse para otros usos? ¿Para qué esos expertos, generalmente sabios, de Bibliotecas si con dar a un botón uno recibe todos los escritos, imágenes y explicaciones que quiera?… Yo sigo siendo, todavía (y con perdón), una de esas ratas de Biblioteca que pasa una mañana sentado con otras ratas leyendo libros que se me ofrecen por todos los lados… Yo sigo siendo, con perdón, admirador de esos personajes que en Bibliotecas o Librerías te orientan sobre los libros y la lectura porque parecen haber leído todo. Y soy de esos a los que se le abre la boca al comprobar la belleza y existencia (y disfrutarla) de las más gloriosas ‘iglesias’ del saber: las Bibliotecas. Por ellas y sólo por ellas (y para ellas) escribo estas líneas (este canto) dedicado especialmente a las Bibliotecas que afortunadamente tenemos en Euskadi (públicas y privadas) que son extraordinarias y que espero lo sigan siendo en el futuro…

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Biblioteca de Bidebarrieta, en Bilbao

 

Un libro abierto es un cerebro que habla y enseña

            La Biblioteca es otro mundo, otra tierra de otra galaxia. Hay otros mundos que están en la misma galaxia y otras galaxias que no están en el de la Biblioteca. A este mundo se pertenece como lector o lectora, y para llegar a ser lector o lectora hay que pasar un proceso, como le ocurre al hombre y la mujer: la familia lectora. Naces lect y necesitas de tus padres lect-ores (o de quienes hagan las veces de tus padres lectores) que te enseñan a practicar los cinco sentidos y a saber lo que ves, y a disfrutar de esa otra naturaleza en la que están los libros que, como los árboles, también nos hablan solos y sin condiciones, o que se convierten en otros fenómenos de la naturaleza, y por eso se dice, en expresión indú, que “un libro abierto es un cerebro que habla y enseña; si está cerrado, un amigo que espera; si lo has olvidado, un alma que perdona; si lo has destruido, un corazón que llora”… Lo mejor para que los lets se conviertan en lect-ores (as) es que los padres y/o los enseñantes se conviertan eventualmente y a su vez en lets (niños), porque son los que más les quieren y mejor les conocen.

Un libro: una casa y un mundo donde se nos ha invitado

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            En la Biblioteca, los libros se nos convierten en viviendas y su arquitecto (autor o escritor) nos invita a entrar y permanecer con nosotros como guía siempre que queramos o necesitemos. Cada vez que abrimos un libro es como si se nos abriera la puerta de una casa y un mundo donde se nos ha invitado para compartir casa y mundo el tiempo que nosotros consideremos necesario. La primera página será el hall o el jardín y si el libro (la casa o el mundo) no nos gusta o no nos satisface, pues agradecemos la invitación y santas pascuas; o volvemos a salir, quizá en busca de otro libro (casa, mundo) donde también podemos ser invitados como ocurre en los miles y miles de libros que suele haber en la gran Biblioteca pública.

                        Al abrir un libro, “abrimos la puerta a la sabiduría”

            Pero esos libros (casas o viviendas) tienen también doble utilidad, y no es broma, se pueden transformar en algo móvil para que devolvamos la visita y seamos nosotros los que les invitemos a nuestra propia casa, la del mundo real. E incluso son tan solidarios que se ofrecen a acompañarnos y permanecer a nuestro servicio durante días, trasladados, prestados, o incluso toda nuestra vida si es que los compramos en otras pequeñas estrellas o planetas de esta galaxia que son las librerías o los mercados, donde uno adquiere libros para hacer de su hogar y de su vida algo aún más cercano: su propia colección o biblioteca, y tener así el libro cerca y a cualquier hora, junto a la mesa de trabajo o en el cajón o la encimera de la mesilla de noche. Y es que se adquieren libros no sólo para leerlos sino también para regalarlos, para compartir con familiares y amigos la misma gozada… Porque cada vez que abrimos un libro “abrimos la puerta a la sabiduría” (Bruno Bettelheim), nos trasportamos a un mundo que en ocasiones es totalmente desconocido, estimulante o fantástico, o incluso templario y fecundo…

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Miguel de Unamuno “preside” el salón de actos de la Biblioteca de Bidebarrieta.

            En este mundo de los libros están las ideas, que son como las vitaminas o sustancias orgánicas indispensables para vivir en este planeta; ideas que en la vida de este mundo y de otros surgen, se plantan, se abonan, nacen, se maduran, se ensayan, se podan, se rectifican, se transmiten, se comparten, se extienden y, enseguida, gracias a ellas, llegan los mejores resultados y los ecos que te devuelven esos resultados mejorados porque has alcanzado el nivel de calidad, y así puedes llegar a ser un gran lector.

                        Leer bien nos enseña a leer mejor e incluso escribir

            Leer bien nos enseña a leer mejor. Y si esto sucede sentimos una atracción, quizás un nuevo deseo muy fuerte, el de escribir o crear, el de ser un arquitecto o ingeniero del libro, del buen libro, y los buenos libros no solo generan la necesidad de continuar la lectura o de leer otros, sino que mantienen el deseo de escribir, de regalar otros textos, tuyos, escritos o creados por ti a los demás… Todo ese mundo, el de lectores y creadores está lleno de amor por las palabras y las imágenes, por las sensaciones y por los misterios, palpitaciones, por las ideas e historias que transmiten, cuentan y recrean…

Con la lectura, se ganan amigos para toda la vida

            A este mundo de la Biblioteca pertenecemos los que hemos seguido unas normas y un desarrollo de obligado cumplimiento, y así los que primero te lo enseñan son tus padres y después otros lectores expertos en educar, maestros y maestras. Y gracias a ellos llega un momento en que eres un buen lector o lectora, sabiendo que cada día que leas serás mejor porque en la práctica está el camino hacia la perfección. Es el viaje al interior de uno mismo al que aterrizamos a través de las páginas de los libros y de las enseñanzas de los mayores, y cuyas consecuencias son impredecibles y casi siempre dichosas y felices. Y, cuando comenzamos a ser lectores, nos ensimismamos en el recorrido de esas páginas (habitaciones y lugares) de los libros  (de las casas y de los mundos), que tratan de descubrir y adueñarse de la belleza y de la verdad que encierran esos signos (objetos) que parece que nos son ajenos pero que, debido a una suerte de misterio, nos revelan nuestro ser más íntimo y secreto, descubriéndonos partes ocultas de nuestro propio ser que hasta entonces desconocíamos.

            Más claro aún: la lectura –se dice con razón— tiene la capacidad de incidir de modo determinante en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que decimos. Con la lectura se ganan amigos y esos amigos son para toda la vida: sinceros, desinteresados, cultos y liberados… “Es en la lectura –dice Proust— donde “la amistad es de pronto vuelta a su primera pureza”. Ello obedece a la atmósfera que la lectura y la amistad comparten, el silencio y el lenguaje hecho transparencia, sinceridad, pluralidad, tolerancia…

            Bibliotecas repartidas en “continentes” llamados “pisos o baldas”

            Todo este aprendizaje es un proceso semejante al de la humanidad. En ese proceso disfrutas de la naturaleza que en la Biblioteca está repartida en continentes, también llamados “pisos” o “baldas”. En tu Biblioteca hay tantos pisos (continentes) como materias importantes: Ciencias, Geografía e Historia, Arte, Religión, Cultura, Literatura, Humor, Comic, Viajes… Detengámonos, por ejemplo, en algo que abunda en toda Biblioteca: el Arte, que –según el ruso Víctor Sklovskij— sirve “para recomponer en nuestro favor la percepción de la vida, para hacer palpables las cosas, para que la piedra sea piedra; es decir, el arte nos sirve para degustar lo bello y para recordar y recrear lo olvidado”.

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Biblioteca Pública de Donostia, que hasta 1945 fue el edificio del Ayuntamiento

            En las Bibliotecas hay también salas dedicadas a otras “tecas”, por ejemplo: Hemeroteca, Musicoteca o Fonoteca, Videoteca, Filmoteca… que responden al mundo de la información impresa y periódica, al de la música y/o los sonidos, a los videos y/o las películas… La Biblioteca tiene sus fondos clasificados que son como las ciudades o los municipios más pequeños, con un sistema de promoción y localización de documentos, como las calles, y hay unas normas básicas de utilización y aprovechamiento de las instalaciones (edificios) y hay servicios que son de todos para atender siempre las necesidades de los usuarios, los bibliotecanos (ciudadanos que acuden a la Biblioteca), y esto despierta la curiosidad en otros campos de interés por medio de actividades de animación a la lectura (a la vida, al conocimiento y al ocio), siempre para todos, porque la Biblioteca es un mundo público, con sus propias fiestas y leyes.

Coordinación de las Bibliotecas con los centros educativos

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            Otro factor a considerar en este mundo es la coordinación de la Biblioteca con los centros educativos que son de su hábito de influencia con el fin de diseñar, de forma conjunta, con los bibliotecarios, programas de captación, formación de usuarios y animación a leer o a la lectura. Y todos entendemos que maestros y profesores de enseñanza actúan en ese caso como hermanos de objetivos comunes, porque la mayoría de los lectores de Biblioteca son representantes elegidos por sus méritos, bibliotecarios que te enseñan, si quieres, a conquistar tu propia autonomía, a valerte por ti solo, para así afirmar tu gusto personal y leer en libertad, sólo o en compañía. Tampoco debemos olvidar a aquellos que sin ser bibliotecarios son lectores (as) o declamadores para otras personas que por gusto o por alguna deficiencia física no pueden leer y esperan y confían en ser escuchadores o receptores. De ello hemos conocido escenas de admirable valor y fuerza expresiva, porque leer en voz alta es como hablar por boca de otro y solamente al hablar se ejerce cierto arte creativo, casi divino, pues nada hay tan propio y clarificador como las palabras que brotan de nuestra boca y que otros la escuchan con atención.

La capacidad ´lectora´ de los invidentes y el fenómeno braille

            Una consecuencia muy clara y positiva de esta lectura en voz alta es la enorme capacidad de inteligencia y sabiduría que tienen muchas de las personas invidentes, hasta el punto de que algunas han llegado a formar parte de los sabios más preparados y todo por haber sabido escuchar la lectura de otros. En este escenario, el método braille ha sido decisivo incorporado al mundo de la Biblioteca. Este método, como se sabe, es un sistema de lectura y escritura táctil que también se conoce como cecografía. Fue ideado por el francés Louis Braille a mediados del siglo XIX, con un curioso precedente: el sistema de lecto-escritura táctil  ingeniado por un militar llamado Charles Barbier para transmitir órdenes a puestos de avanzada sin tener necesidad de delatar la posición durante las noches. Louis Braille lo reinventó utilizando un sistema de ocho puntos, que al cabo de unos años lo simplificó dejándolo en el sistema universalmente conocido y adoptado de seis puntos.

Nuestra admiración por los animadores de la lectura

            También en este mundo de la Biblioteca hay gestores que conocen la esencia del oficio. Son verdaderos animadores de la lectura y atraen al bibliotecano  (ciudadano) lector, al que consideran un verdadero amigo: captan su interés, le ofrecen lecturas que responden a sus necesidades e inquietudes, y le ponen en el camino de la búsqueda autónoma del saber, porque en una Biblioteca se ofrece a los bibliotecanos un centro de recursos documentales que abarca diversos soportes: libros, prensa, discos, videos e informática, etc, etc.

            Los ríos de ese tu mundo Biblioteca son los pasillos que dan a los mares: con océanos, grandes salones o auditorios, y otros mares más pequeños: salas de lectura o de recreo. Y hay también una zona de desierto, que son las áreas de servicios. Y como en el mundo exterior, en el mundo Biblioteca está el mismo Dios que fuera de ella, y hay religiosos o estudiosos de las religiones, que son los que te enseñan a cuidar y amar ese mundo pensando en el más allá, en el eterno. ¿Sabéis lo que decía San Agustín? Decía que “cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros”. ¡Qué bonito! O aquello de André Maurois: “La lectura de un libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta”. Pero esto de ver la Biblioteca como un mundo donde habla el alma o el espíritu, no es nuevo, ya los egipcios hace miles y miles de años llamaban a sus bibliotecas “el tesoro de los remedios del alma”, y es que, en efecto, en ellas el bibliotecano “se curaba de la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás”…  Lección que conviene recordar en los tiempos en que vivimos.

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Desarrollo de voluntades libres, colectivas y participativas

            También en la Biblioteca hay más sabios o expertos en muchas materias, por ejemplo de Geografía e Historia (saber dónde estamos y por qué) o de la Filosofía y el Pensamiento (saber y entender la vida, analizando sus causas y efectos, su esencia). Unos y otros son los que te enseñan a guiarte y/o conducirte como es debido, a no perderte y a sacar el mayor provecho de todo cuanto abunda en esa galaxia o en otras como la tuya. Porque, en realidad, la Biblioteca es una estructura vital al servicio de una colectividad activa. La Biblioteca es, en esencia, un mundo en el que se desarrolla una y muchas voluntades libres, colectivas y participativas, sí, participativas pese al silencio y recogimiento de las salas especiales dedicadas a la lectura o escritura.

Evadirse a otros mundos y galaxias gracias a la ficción

            Lo que más abunda en la Biblioteca es la ficción, porque al lector en general y al bibliotecano en particular les gusta evadirse a otros mundos y galaxias, les gusta conocer historias que se parecen o no a la suya, con personajes conocidos o inventados, con ideas coincidentes o cruzadas, con fantasías suntuosas o secretas. Estas obras de ficción llenan la Literatura y están regidas por la verosimilitud dejando la verdad (encontrada o buscada) para las Ciencias. Lo que diferencia por ejemplo a la Literatura de la Historia es que ésta copia las cosas que han sucedido; y aquella, las que podrían suceder. Por tanto, la ficción es, en la mayoría de los casos (y no solo en la Literatura, también lo es en el Cine), una simulación de la realidad cuando presentan un mundo imaginario al lector, espectador o receptor. No es de extrañar, por tanto,  que el término “ficción” proceda del latín, de “fictus”, fingido o inventado. En la ficción está el mundo de los sueños, propicio siempre a la entrada del elemento fantástico como soporte principal de su existencia.

            Durante un tiempo y para determinados bibliotecanos hay un género de los de ficción que les interesa muchísimo: la ciencia-ficción porque con él uno consigue una exploración más total (imaginaria, mágica) de la realidad universal. Y también porque a todos nos interesa saber que la posibilidad de no estar solos en el Universo cambia todas las ideas, toda la filosofía que poseemos acerca de la cualidad humana, relacionándonos no sólo con el futuro, sino también con el pasado, ese pasado de la Tierra por el que ya sabemos que el día que el mundo muera no va a pasar nada en el Universo, sino que el Universo va a seguir y seguir y seguir…

Ciencias, filosofía, pensamientos, historia…

            Hay otros muchos libros de máximo interés, científicos y/o teóricos, como los de las ciencias, la filosofía, el pensamiento, la historia… El libro facilita este conocimiento y su lectura porque es esencial que se capte y recoja bien lo que se lee, e incluso se pueda volver atrás, releer, porque quizá no se entiende del todo la primera página hasta que se ha llegado a la última, y hay que tomar posesión de lo que sólo se había atisbado o vislumbrado. Y hay libros en los que el lector no sólo penetra sino que permanece; entra en su mundo, convive con los personajes, los acompaña en largas trayectorias; es decir no sólo conoce sino que “asiste” a sus vidas.

La extensión hacia la imagen, el cine, el video…

            Nada de esto es posible sin el libro, nada lo puede sustituir, ni siquiera la imagen viva o en movimiento. No queremos decir con eso que no se valore la imagen en este mundo de la Biblioteca. Todo lo contrario: la imagen está en todos los “continentes”, yo diría que está en todo este mundo se mire por donde se mire, arriba o abajo, a la derecha o a la izquierda, desde el exterior del libro hasta su interior, desde los continentes dedicados en especial a su representación (la fotografía, el dibujo, la pintura, etc) e incluso su acción (el cine); la imagen está incluso en la representación real, virtual o incluso mental de una persona o cosa, incluso de una idea o figuración.  Cierto es que durante varios milenios, la especie humana se ha consagrado a la práctica y perfeccionamiento de su invención fundamental: la palabra y lo ha hecho porque la estructura de nuestro pensamiento ha sido durante mucho tiempo la verbal, y las imágenes que las acompañaban en los libros eran complementos ornamentales, se limitaban a ilustrarlos. Pero desde el último siglo esas imágenes o la imagen en general adquiere el valor de la “visión directa”: muestra más que demuestra, y está claro que demostrar y mostrar son dos conceptos completamente diferentes. Ahora, ya, y el mundo de la Biblioteca lo ha sabido aplicar a la perfección, imágenes, acciones (actividades) y palabras se unen para suscitar en los bibliotecanos, en su conocimiento y memoria, otros muchos lugares, otras imágenes, otras acciones y otras palabras e historias en continua proliferación y asociación.

El placer de leer o de ver imágenes es proporcional al deseo

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            Paremos un momento el relato y detengámonos en un hecho curioso que cualquier bibliotecano puede practicar. Se trata de observar a aquellos paisanos de la Biblioteca que ves leyendo o viendo o revisando imágenes. Los ves lo mismo dentro que fuera de ese mundo de la Biblioteca, y tú sientes  atracción y curiosidad: atracción por esa imagen de cadencia, absorción, despreocupación por lo que tiene alrededor; curiosidad por lo que está leyendo o viendo y pasando por su cabeza. Te das cuenta, por ejemplo, que el placer de leer o de ver; de estar con un libro abierto o frente a unas imágenes, es directamente proporcional al deseo; y es que a los libros y al cine o videos no les da miedo mostrar y decir lo que piensan; se oponen a los silencios e incluso te abren otros muchos territorios, por lo menos el del otro, el del escritor o el de un creador audiovisual o cinematográfico.

            Del escritor, del creador; de la literatura y el arte ya hemos hablado. ¡Ah!, el escritor, el creador… ¡Ah!, la literatura, el arte… Ambos son en ocasiones el aire puro que te llega del más bello paisaje, que fue el chocolate que comías de niño leyendo un libro sentado sobre otros libros o en tu pupitre, o viendo una película de Charlot; que es el acto de rebeldía o placer que otros tienen y que te invitan a tenerlo; que es la vestimenta que te pones para hacer de policía o de juez; o el arma que utilizas para matar a los fantasmas; o que es el viaje que realizas en otro tiempo, o el espacio donde ni siquiera el tiempo tiene barreras. ¡Ah!, el escritor y el creador, a los que se les recomienda esto:  “cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar al escritor y al creador”…

            Volviendo a nuestro mundo, la Biblioteca, hay espacios, territorios, continentes, ciudades, pueblos en su interior que son como Manhattan, repletos de rascacielos de libros (viviendas) y que los contemplas extasiado desde el lugar que ocupas… Y allí hay escritores que cuentan historias reales o ficticias, que te ponen los pelos de punta o te conducen al viaje más lejano a través de la nave, el barco o el tren y las estaciones de lo que han escrito y publicado.

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            Y es que todo cuanto tienes en ese mundo ha sido creado para dar satisfacción y respuesta a lectores y lectoras. Algunos de esos compañeros han querido ser amigos y compartir sus habilidades, esos son, como decimos, los escritores y escritoras que te los encuentras en los libros y también en todo ese otro mundo audiovisual que está en otros continentes de la Biblioteca.

El sol es el conocimiento; la luna, la emoción

            Ese mundo y en esa galaxia está iluminado por un gran sol y una enorme luna. El sol es el conocimiento; la luna es la emoción. Uno y otra se asemejan al día y la noche. Y hay noches que son –decía San Juan de la Cruz- “como luces del día”. Y hay días con tanta emoción e imaginación como la noche.

            Esa es otra de las grandes ventajas del mundo de la Biblioteca, que también ha sido definido acertadamente como un espacio de convivencia,  de animación y de salud, la animación sentimental y la salud mental. Y si en el mundo real hay miles de millones que pasan hambre, también en este de la Biblioteca hay quienes lo desconocen y otros que nunca podrán llegar a conocerlo porque se han quedado lect y no han podido llegar a ser lect-ores, y forman así parte del analfabetismo más cruel.

¡Ese otro mundo de mil millones de analfabetos!

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            A este mundo feliz en el que nosotros tenemos la gran suerte de pertenecer y vivir no han permitido entrar a mil millones de personas, de los que cientos de millones son niños que no saben ni sabrán nunca las ventajas de “nuestros” niños, los de Biblioteca, a los que se les da unas alas (“literarias”, dice Paul Hazard) para ponerlos en contacto con buenos y variados libros, próximos a un mundo afectivo y que responde a sus intereses; y les ayuda a desarrollar sus conocimientos y su gusto personal gracias a unos amigos que les invitan a conocer sus casas (los libros), encontrándose con la sorpresa de que siendo mudas (mudos) hablan mucho y cuentan muchas historias. Y así los niños (as) se ensimisman en la lectura y con lo que están viendo y les están contando. Esos otros niños analfabetos, ajenos a la Biblioteca, no saben ni siquiera lo que son los ángeles, ni las hadas, ni el canto de las sirenas, ni la sonrisa y, muchos, ni siquiera los panes y los peces…

            A “nuestros” niños, cercanos, hay que decirles y seguro que lo entenderán que de un libro (una casa) se puede salir transformado, más contentos y felices de lo que estaban cuando ‘entraron’ en él (en ella), porque –como decía John Steinbeck— “es casi imposible leer algo bello sin sentir deseos de hacer algo bello”.  Dadnos libros –dicen los niños-, proporcionadnos unas alas, “si sois poderosos y fuertes, ayudarnos a evadirnos a la lejanía; edificadnos palacios de azur, entre jardines encantados; mostradnos como discurren las hadas a la luz de la luna” (Paul Hazard)

Bibliotecas: un espacio especial para la vida y disfrute en libertad

            Ya hemos señalado que, como en el mundo exterior, la Biblioteca tiene unas leyes o normas para regirse y sacar el mejor rendimiento. Son normas muy elementales, bibliotecanas, como las ciudadanas, que nos ayudan a convivir y pensar en los demás bibliotecanos justa y equitativamente, a respetar la vida y gozo o disfrute o aplicación de los colegas. Y como el mundo exterior, la biblioteca es de todos los que nacieron lect y ya son lectores o lectoras, fijos (de visita casi diaria) o eventuales. Y si el mundo exterior es un gran espacio para la vida en libertad, la biblioteca es un espacio más reducido para la lectura, la vida y el disfrute en libertad. Si en el mundo exterior, la vida individual y social es prioritaria; en la biblioteca lo es la promoción de la lectura, que es la vida presente y hasta ahora mismo ha sido también la futura.

            También en las Bibliotecas se adquieren hábitos de comportamientos positivos. Se valora el silencio, el orden, el respeto a los demás, el guardar adecuadamente los libros, tener las manos limpias, etc. En la Biblioteca, como en el mundo real, podemos sentirnos perdidos y por eso es muy importante que haya quienes nos indiquen el camino a seguir adecuadamente. En esa naturaleza, al mismo tiempo que disfrutamos de ella, aprendemos a construir nuestra propia personalidad y a asfaltar un camino como lectores. Las actividades y las enseñanzas dentro de la Biblioteca son ejercicios de refuerzos para los conocimientos y la vida en el otro mundo exterior, como lo son en éste las  actividades físicas y la alimentación adecuada.

Las sorpresas que proporciona el abrir un libro

            Este mundo de la Biblioteca es atractivo, sugerente, divertido y emocionalmente, incluso puede ser decisivo. Tiene, además, mundos muy cercanos, como son las librerías y los mercados. Lo más revelador (significativo) es que al leer un libro nos hacemos otros y esto es realmente lo divertido: convertirnos en otro, en otra, en otros. Además, cada libro nos procura o nos regala educación, es decir, un procedimiento de transformación, de enriquecimiento constante. Y, muchas veces, al leer uno se evade y al evadirse se alcanza otra libertad, lo que es una auténtica gozada.

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            El mundo de la naturaleza nos proporciona sorpresas constantemente. También el de la Biblioteca. ¿Has probado abrir un libro casi al azar para acceder a una historia que no es la tuya o a un poema, o a una reflexión e incluso a un dicho, a una frase, a un chiste… ¡Otra auténtica gozada!.

            Una Biblioteca es siempre una colección y recolección de vidas, vivencias, historias. También, por tanto, para ti es una elección, selección. Este libro me interesa, este no; aquel para mañana, este para hoy. Me siento y leo un rato; abro el libro por la página que llego o lo abro al azar, para ver qué trae, qué me regala. Incluso puedes observar como hay libros que hablan entre sí, como las personas. Y nos ofrecen cuanto necesitemos. No son un sustituto, una reserva de lo que no vivimos en el otro mundo, sino un modo de vivir ese otro mundo.  De vivir y de soñar, porque a veces los libros nos dicen lo que ni esperábamos ni reconocíamos necesitar.

El H2O de la lectura: esa otra respiración que garantiza la vida

            Para comunicarnos en el mundo humano necesitamos hablar y escuchar. De acuerdo. Pero para llegar a hablar bien, incluso muy bien, es necesario leer. Y cuanto más leamos mejor hablaremos y podemos llegar a ser oradores, eso es lo que decía Cicerón. Ya sabes que al hablar y al escribir se utiliza hidrógeno y oxígeno (H2O), como en el mundo real, es decir, las letras y los signos que forman la respiración: las palabras. Y necesitamos respirar, es decir, cultivar las palabras y gozar dichosamente con ellas. Y si la respiración es un ejercicio tan natural como necesario e incluso inconsciente, también lo son en este mundo las palabras, un vehículo para lectores y escritores, nunca una barrera; la barrera será, si acaso, la falta de palabras.

            Es saludable que la lengua se recree en sí misma. Que las palabras se estiren y se encojan, y que determinadas expresiones concedan cierta chispa de ingenio y humor al arte de la comunicación. La alegría, la sorpresa y la desgracia se nos entremezclan para acabar ‘flipando’, puesto que tan sólo por el contexto o la intencionalidad vertida se puede adivinar el significado pertinente. ‘Flipar’ es todo en uno. Algo indescriptible. La vida se reduce a flipar al verbo. Tal y como se ha hecho siempre. Al ritmo que marcan los tiempos y las circunstancias. No es desechable, pues, la novedad lingüística que nos inunda. Enriquece y divierte. Pero siempre y cuando unas pocas palabras no se conviertan en monopolio del resto.

Vivimos otras Bibliotecas (?), hagámoslo sin excluir las antiguas

            Por todo lo dicho, este mundo de Biblioteca es un mundo feliz no sólo por lo que tiene sino por su adaptación a lo que no tiene y debe tener para que podamos seguir leyendo, conociendo, imaginando… Ya no basta con el formato de papel, ahora han entrado en este nuestro mundo real las tecnologías, con grandes despliegues y oportunidades, con innovaciones y transformaciones radicales, pero nosotros, en nuestro mundo de Biblioteca seguimos siendo los mismos: seres humanos y, por tanto, aquí dentro, seres lectores. Ello no impide, incluso aconseja, que afrontemos un reto, que incide directamente en quiénes somos y qué hacemos, ¿un estallido?, sí, bien, vale, pero en múltiples

direcciones, inconexas o no, imprevisibles quizá… Esto supone nuevas sorpresas, formas de relación inesperadas, y la aportación de otro lenguaje con palabras y signos, y otra realidad muy rica. Gracias a ese mundo de Biblioteca podemos disfrutar de un nuevo presente por venir. Y así, la pantalla del ordenador se erige ante nosotros como un atril luminoso, una nave que puede trasladarnos incluso a otros mundos dominados por unas letras y signos en las teclas que presagian la escritura, la lectura y otros muchos viajes por otros muchos mundos… Y esto nos va a exigir, como nunca hasta ahora, elegir y preferir. Y perfeccionamos otra lección ya aprendida, la de seleccionar. Y también la de dejarnos conducir por las aguas, por las corrientes, por las olas y mareas de otros mundos que ya están también en este de la Biblioteca. Sólo al encender ese atril luminoso, esa pantalla, la mirada y la voluntad es ya la del lector convertido, a través de un ratón, en ratón de otros mundos, otras muchas pantallas, otras muchas bibliotecas… Así, ahora ya, la posible soledad de cualquier mundo biliotecado, si la hubiera, se ve aún más acompañada y compartida.

Un nuevo aprendizaje: mirar para ver, leer, sentir, aprender, gozar

            En la Bibioteca está lo que hemos sido, lo que somos y lo que podríamos llegar a ser, seguir siendo (o no) en el futuro… Cierto que vivimos tiempos en los que no se lee, o se descuida, o se banaliza la lectura y los libros. Lo importante para esta galaxia en la que está la Biblioteca es aprovechar el mundo de las imágenes que nos invade. Basta un recorte de cualquier cosa para que los chavales-as (lectores-as) se puedan motivar, si les hacemos caer en la cuenta de lo elocuentes y sugestivas que pueden resultar las nuevas y revolucionarias aportaciones, descubrimientos, para algunos a la altura del descubrimiento del fuego o de la utilidad de las manos y de la posición erecta para el hombre. Esta nueva actividad conlleva, eso sí, un aprendizaje importante: mirar para ver, pero que sea también para leer, sentir, aprender, gozar… Pero lo primero, saber mirar para ver porque, la mayoría de las veces, miramos las cosas sin detenernos ni siquiera a verlas, en el sentido de profundizar en el mensaje que puedan querer transmitirnos.

El desastre de no leer o de reducir palabras hacia la nada

            Dentro de esa invasión de la imagen y de la tecnología de hoy, con el ordenador y hasta con el teléfono móvil y otros aparatos tan sofisticados o más, hay que mantener y desarrollar aún más el valor de la lectura y la escritura que exprese realidad y sentimientos, independiente de que el soporte ya no sea precisamente el papel o el libro impreso. No leer y/o no escribir será un desastre. Ya lo es… De las 75.000 palabras que podemos decir o escribir, según los diccionarios, pronunciamos menos de 4.000, y ni el 10% de ellas son necesarias para resumir las conversaciones que uno escucha en el metro, en la tele o en los mensajes por las redes que se dicen sociales. No se han empobrecido las lenguas, que éstas viven su vida, gracias sobre todo a quienes cuidan de ellas, se ha empobrecido la cultura, y esa sólo se adquiere viendo, leyendo, analizando. Y ello no está en el fugaz peso del cine, la televisión o la pantalla, o no lo está exclusivamente, y no nos mira sólo desde los cuadros o desde las partituras. La cultura está en la lectura, y ésta está sólo en los abrazos familiares, y en los bancos de la escuela primero y en los de la Biblioteca después. Se ha dicho, quizá exageradamente, que en Europa se va a suprimir la lectura en las escuelas. Y con ello el ganarse o suplantar el conocimiento o la magia de lo que otro escribe; el sustituir unas frases por nuestras propias ocurrencias y darle la forma que nuestra propia imaginación impone…  Leer es dotarse de un banco de imágenes que no está en ningún soporte y que reside en la memoria y en la capacidad de absorción y expresión de cada uno. Y vive con uno para siempre, y para bien, en una plataforma general que es la cultura.

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“Si no leemos y si cerramos las Biblioteca, llegará el desastre”

            El desdén con el que se ha tratado la más reciente, y más grave, de las carencias culturales no es un problema que afecte necesariamente a editores, libreros o bibliotecarios. Afecta a la calidad de la vida, a la civilización, a la vida cotidiana. Lo que queda de la lectura, en el niño, en el joven o en el adulto no es sólo la memoria estética de lo que otro trabajó e imaginó para él, sino el sedimento de su propia personalidad. Doris Lessing prevenía contra las consecuencias civiles de lo que según ella será un desastre: no leer. ¿Será un desastre? Seguramente ya lo es. Confiemos en los padres lectores, en los maestros y maestras lectores, en los bibliotecarios y en ese planeta o mundo que no puede morir: la Biblioteca. Se ha dicho con razón que sin Bibliotecas no habría ni pasado ni futuro, y que la Bibliotecas constituyen la memoria de este y otros mundos que están en este.  Así es, que así siga siendo, por favor, como lo era en época de esplendor egipcio, para “curar la ignorancia, que es la más peligrosa de las enfermedades, origen de todas las demás”…

José Manuel Alonso, expresidente de la AVP-EKE

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