La última leyenda urbana de Joseph Roth

 

Paco García Martín

fdepaulagarcia@gmail.com

 

Para Begoña y Lobo.

 

A puertas de los Jardines de Luxemburgo vivió Joseph Roth sus últimos años, los del exilio en su tan amado y tan ingrato París. Y del bar del extinto Hotel de la Poste, hoy Café Tournon, le trasladaron al hospital donde, confundiendo el delirium tremens con neumonía, sufrió una muerte cruel pocos días después, el 27 de mayo de 1939.

Dando la espalda al magnífico edificio del Senado todavía puede uno encontrar el Café Tournon en la mañana del mayo primaveral, esplendoroso, y asomarse para contemplar el lugar donde escribía por las mañanas el periodista lúcido que ya solo podía alertar de la gravísima amenaza del nazismo en publicaciones marginales de los austríacos emigrados, huído de Alemania y de su Austria anexionada, donde los diarios publicaban ahora consignas de muerte en vez de noticias.

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 El Café Tournon 

Un lugar, el Café Tournon, donde se respiran la apatía y el aire ordenancista de su encargada, quien solo por unos minutos permite tomar asiento para retratarse en el sitio de Roth, perfectamente vacío a estas horas, dispuesto para más tarde y en cuya mesa diminuta ya están emplazados los breves cubiertos para la simple comida de bistró. La placa y un cartelito enmarcado recuerdan que allí se ubicaba nuestro personaje. El souvenir hace trío con la lápida de la fachada (“de sus amigos austríacos”), más una postal en blanco y negro pegada a la columna de madera de la barra y que luce debajo un aviso legal: no se aceptan cheques, con arreglo al artículo del código tal y tal.

Izda.- Una hora es un lago…  / Dcha.– …ya no se admiten cheques

Al menos tuvo la suerte, Roth, de librarse del infierno en la tierra que ardió pocos meses después de fallecer con la explosión definitiva de ira, odio y prepotencia sobre la vieja Europa desatada por fin para todos, de la que él ya tenía para entonces amarga experiencia como los demás judíos centroeuropeos. La Europa de ayer quedaba sentenciada, ratificó uno de sus mejores amigos, Stefan Zweig, antes de su tremenda despedida en Brasil, donde se quitó la vida cuando, perdida toda esperanza, creyó que las huestes del Eje acabarían con el más nimio vestigio de civilización en el mundo.

Pero volvamos a Joseph Roth, allí sentado, en el Café Tournon, al final de la calle que lleva el mismo nombre subiendo desde el Boulevard Saint-Germain, para observarle en su espacio reservado de la butaca corrida, frente a la mesita que hace las veces de escritorio. Allí escribe por las mañanas, bebe sin apenas probar bocado en su alcoholismo terminal, reúne a su alrededor desde el atardecer hasta la madrugada una tropa multiforme de periodistas, poetas, exilados legitimistas y comunistas, amigos y otros visitantes de paso a los que mixtificar con sus historias preñadas de confusión -pero siempre, muy buenas historias-, en las que alterna verdades con vidas imaginadas de su propia biografía mientras advierte, alerta y pregona certeras profecías sobre el destino que los dignatarios aún pretenden evitar con buenas palabras y concesiones al mal.

Novelista destacado desde tiempo atrás, acaba de terminar un relato aún no publicado, “La leyenda del santo bebedor”, que contiene las claves de su vida y autoconsideración personal. Es fácil engancharse a los textos de Joseph Roth, sus magníficos artículos recopilados y las demás obras literarias en circulación, tomando como líneas de salida las escritas en esta novelita póstuma de apariencia ligera, con la que culminó su obra vital. Un joven amigo católico que procuraba atraerle a su fe le dio el argumento cuando, al contarle lo que hoy llamaríamos una leyenda urbana que circulaba por París en aquellos días, instaló en su alma los tres personajes a los que Roth pone cara en el libro: Andreas Kartak, inmigrante sin techo, errante y derrotado que procede del este europeo: su alter ego; el caballero elegante y compasivo que le beneficia, trasunto de Stefan Zweig (casado por entonces con una dama que también albergaba la esperanza de convertir a Joseph Roth al catolicismo y, de paso, alejarle del alcohol); y, en tercer lugar, una santa francesa cuya devoción se extendía entonces por la iglesia, Teresa de Lisieux, presente en toda la obra.

4. En el relato, Andreas se encuentra con el distinguidocaballeo que le socorre y habla de Santa Teresita bajo el puente del Sena donde se refugia el sin techo

 En el relato, Andreas se encuentra con el distinguido caballero que le socorre y hablan de Santa Teresita bajo el puente del Sena donde se refugia

Las aventuras de Andreas en los breves días que duran su asombro, recaídas y determinaciones, alumbran las convicciones del autor sobre su propio declive intelectual, donde concibe cada inspiración literaria como un regalo del cielo según confesó a un amigo en aquella primavera de 1939.

Una leyenda, pues, basada en una leyenda y que se titula como tal. El juego es tan interesante que alienta a seguir los pasos de Andreas hasta el final de su periplo, conducente a la Iglesia de Sainte Marie des Batignolles, donde permanece hasta hoy la estatua de Santa Teresa de Lisieux con la que se inicia y culmina la novela.

El mismo Roth, escrita la obra, y siguiendo uno de sus típicos impulsos, salta de la butaca para tomar un taxi arrastrando a dos de sus visitantes -un director teatral y su bonita esposa, actriz- a fin de convencerles por sí mismos de que ella es el más fiel retrato viviente de aquella imagen de la santa (lo que resulta ser completamente cierto, para el asombro del matrimonio) y terminar la extraña peregrinación concentrado ante la estatua, pocas semanas antes de morir. La obra nunca se llegó a llevar a escena, pero sus protagonistas siempre recordaron el extraño y divertido incidente.

A paso ligero desde la Ópera, cruzando el espeso bosque humano que se forma en los aledaños de las Galeries Lafayette en días tan especiales para los franceses como el 8 de mayo si cae en puente, cuando celebran la rendición alemana y el final de la II guerra mundial en Europa, uno puede dirigirse con cierta precisión hacia la Rue des Batignolles. Y al final de la calle encontrará un bistró como el Allons Chez Felix del relato de Roth, esquinado a la izquierda de la iglesia de Sainte Marie des Batignolles. Es un barrio castizo, muy castizo, del París de hoy –un Chamberí de Madrid o un Gros de San Sebastián-, como probablemente lo fuese cuando se escribió el final de la leyenda urbana de Andreas Kartak.

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El bistró de la novela (tal vez)

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Un barrio castizo

Algunas personas deambulan por la pequeña plaza que forma la antesala de la iglesia; otros, se sientan en los bordes de cemento de su parterre circular. La curiosidad por la imagen que inspiró la novela impide que uno se fije bien en sus trazas, pues pocos pasos más allá se accede al interior del característico templo francés, con las sillas de tijera que abren pasillo hacia el altar. Una joven acompañada por un niño ocupan dos reclinatorios de la primera fila y, en la pared de la derecha, enseguida se observa la famosa estatua de Santa Teresita (no en la sacristía, donde la situaba nuestro autor). Ubicada en alto, resulta difícil percibir los rasgos de su rostro, así que tampoco se puede hacer uno a la idea de cuánto de bella sería la actriz que tanto se le parecía en la vida real.

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 La estatua de Santa Teresita de Joseph Roth

Cualquier lector de Joseph Roth que sea fumador y salga de Sainte Marie des Batignolles es muy posible que sienta el deseo de encenderse el pitillo después de pasar un rato recordando su figura y este relato emblemático. Y ésto es lo que entonces sucedió: alguien sentado en el parterre, levantando su voz, también se alzó para dirigirse pidiéndole otro cigarrillo al paseante que, embebido en sus cosas, se lo dio sin fijarse mucho en el hombre. Pero alcanzando ya de nuevo la Rue des Batignolles para emprender el camino de regreso, tuvo uno la sensación de que  aquel personaje real tenía un aire que le resultaba levemente familiar. Volviéndose, le vio alejarse desde la plaza hacia el bistró. Y al revisar en el móvil la foto del exterior de la iglesia tomada solo un rato antes, cayó en la cuenta de que bien podía tratarse del tipo humano de un eslavo bastante desharrapado, uno más entre los inmigrantes caídos en desgracia en el París de hoy.

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 Último encuentro inopinado en Sainte Marie des Batignolles

 

 

 

 

 

 

 

 

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