Pobres y votos

M. Urraburu. Podemos cerrar los ojos a lo que no queremos ver, pero no podemos cerrar los ojos a lo que no queremos sentir. Vivimos el presente con los ojos vendados, y solo podemos intuir lo que de verdad vivimos.

Dicen que ya estamos recuperando nuestras vidas rotas, llenas de incertidumbres. Se nos dice que ya no sentimos la crisis  y que ya se esta creando empleo. Pero en realidad es solo un guiño interesado, porque es el propio Gobierno quien inventa empleos efímeros, que caducan tras unas elecciones, o, tras un verano afortunado por eso de la meteorología y el aumento de turistas.

Tras austeridades y recortes, los nuevos trabajos son frágiles, fugaces, remunerados con salarios indignos que no quitan el hambre. Y nos han convencido de que no podemos quejarnos. Tenemos que conformarnos con sueldos miserables y desmedidos impuestos, mientras los bancos – rescatados con nuestro dinero – ya vuelven a sus codiciosos beneficios. El tipo de interés baja al 0,05% y, en el mejor de los casos, nos lo prestan al 6,5% para comprarnos un coche.

A última hora se están dando cuenta de que los pobres también votan, y que se han multiplicado.

Después de años tomando medidas – al parecer más urgentes – como recuperar la población del oso, o construir aparcamientos sin coches o aeropuertos sin aviones, se anuncia un plan para reducir la pobreza durante los próximos cuatro años. Quizá para entonces se hayan extinguido totalmente. Ustedes me entienden.

 

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