Con dos santos (Juan Pablo II y Teresa de Calcuta) en Roma, una misma mañana de aquel Loiola’91

Desde el pasado domingo día 4 de este mes de septiembre, con la Canonización de la Madre Teresa de Calcuta por el Papa Francisco en Roma, puedo subrayar un hecho que no es frecuente: haber conocido a dos santos una misma mañana, en una Sala del Vaticano, a la religiosa y al polaco Karol Wojtyla, que poco más de dos años antes  de la canonización del día 4, el 24 de abril de 2014, también el Papa Francisco, en ceremonia concelebrada con el Papa Emérito Benedicto XVI y con la presencia de más de doscientas mil personas, canonizaba, primero al “Papa bueno italiano”, Juan XXIII (1881-1963), por sus méritos de la apertura del Concilio Vaticano II, y después a Juan Pablo II (1920-2005), primer Papa polaco de la historia y el primero no italiano desde 1523, y lo fue tras el reconocimiento de algún milagro atribuido a su intercesión. Por tanto, Juan Pablo II y la Madre Teresa de Calcuta son ya dos santos de la Iglesia Católica, dos santos que conocí como representante de la Comisión Loiola’91 en la mañana del 27 de febrero, miércoles, de aquel año 91.

            Lo más reciente, de máxima actualidad, ha sido la ceremonia de canonización de la Madre Teresa el domingo día 4, tras el reconocimiento de algunos milagros por su intercesión. Lo hacía el Papa Francisco ante más de cien mil personas congregadas en la plaza de San Pedro. Muchos creyentes la considerábamos santa desde hacía tiempo. Pero la pequeña gran mujer albanesa que dedicó su vida a cuidar a los más pobres entre los pobres de la India, ahora es sata oficialmente, mejor: canónicamente.

            El Papa actual, jesuita y argentino, con su habitual sencillez y humildad, quiso rendir un homenaje a la nueva santa reservando un lugar preferente en la plaza a 1.500 personas sin hogar, que llegaron en autobuses desde varias ciudades de Italia y a las que invitó a pizza después del evento. Durante la homilía, el Papa Francisco dijo: “La madre Teresa hizo sentir su voz ante los poderosos de la tierra para que reconocieran sus culpas por los crímenes de la pobreza creada por ellos”.

image005

            Por tanto, Juan Pablo II y la Madre Teresa de Calcuta son ya dos santos de la Iglesia Católica, dos santos que conocí como representante de la Comisión Loiola’91 en la soleada mañana del 27 de febrero,  miércoles, de aquel año 1991, en el Vaticano.  Se trataba de una recepción oficial de Juan Pablo II en la que coincidimos un grupo de la Comisión de Loiola’91, presidida por Joseba Arregi, entonces Consejero de Cultura y Turismo del Gobierno Vasco, con otra de la Orden de la Madre Teresa de Calcuta, que presidía la fundadora y, desde hace unos días, ‘oficialmente’ santa.

            En aquella recepción oficial de Juan Pablo II,  yo formaba parte de la Comisión vasca como responsable de Comunicación del Departamento de Cultura y Turismo del Gobierno, comisión en la que había también representantes de la Diputación de Gipuzkoa, los ayuntamientos de Azkoitia y Azpeitia, y de la Compañía de Jesús, así como personas destacadas de la cultura pertenecientes a Eusko Ikaskutza y la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País.

img6-4

El entonces Consejero de Cultura, Joseba Arregi, fue presentando uno a uno a los miembros de la Comisión Loiola’91. En la foto, el Papa da la mano a Miguel Arreche, de Tolosa, y al mismo tiempo me lanza a mí, que le ofrezco mi mano, su mirada y su gesto sonriente.

 

Loiola’91: V Centenario del nacimiento de San Ignacio

            Aquel año 1991 estaba dedicado al recuerdo del nacimiento de la universal e histórica figura de Ignacio de Loiola (Íñigo López de Loiola), nacido el 23 de octubre de 1491 en Azpeitia y canonizado en 1622, cincuenta y seis años después de su muerte, ocurrida en Roma el 31 de julio de 1556. Fundador de la Compañía de Jesús (Societas Jesu, S.J.) cuyos miembros son conocidos comúnmente como jesuitas; orden religiosa desde 1534, extendida por todo el mundo, y en otro tiempo de enorme influencia en muchos lugares de Europa, Asia y América; perseguidos y expulsados de sus sedes en ocasiones y reclamados y alabados en otras.

            Durante todo ese año de 1991 rara fue la semana en la que no se organizó algún evento destinado a Loiola y San Ignacio. Recuerdo, entre los muchos actos con indudable éxito, el Congreso Internacional de Historia, celebrado en la Universidad de Deusto, con numerosas e interesantes exposiciones dedicadas al entorno temporal de la figura de San Ignacio, revisando su cliché histórico y confrontándolo además con la vida y pensamiento de Martín Lutero (Eisleben, Alemania, 10 de noviembre de 1483ibídem, 18 de febrero de 1546), teólogo y fraile católico agustino que comenzó e impulsó la reforma religiosa en Alemania, y en cuyas enseñanzas se inspiró la Reforma Protestante y la doctrina teológica y cultural del luteranismo.

            “Este Congreso trata –dijo el conocido investigador Juan Plazaola Artola, presidente del comité científico del acontecimiento religioso e intelectual—, de iluminar el personaje de San Ignacio con una luz lateral, que nos descubra el entorno y que explique gran parte de la personalidad de esta figura azpeitiarra”, y hacerlo junto y frente a otra monumental figura religiosa y universal: Martín Lutero.

            Además de numerosas publicaciones en torno a esa fecha, e incluso el nacimiento de alguna revista, recuerdo el Disco Oficial de Loiola’091, que recoge música sinfónica y sinfónico-coral, y que se convirtió en un interesante encuentro de la Orquesta de Euskadi con diferentes agrupaciones corales, algunas notables como la del Orfeón Donostiarra y el Andra Mari, así como otras muestras de la arraigada tradición coral guipuzcoana. Los objetivos principales de aquel año intenso en favor de Loiola y San Ignacio fueron: 1- Promover y difundir la figura humana y religiosa de Ignacio de Loiola, como una de las personalidades más universales y destacadas del Pueblo Vasco. 2- Divulgar y dar a conocer la imagen socio-cultural, económica e institucional de Euskadi. 3- Investigar y publicar los contenidos históricos y culturales relativos a San Ignacio y su obra a través de la historia. 4- Atraer el turismo hacia Euskadi, y en especial hacia el Valle del Urola, con ocasión del V Centenario del nacimiento de San Ignacio.

Recepción de Juan Pablo II a Loiola’91 y a la Madre Teresa y su Orden.

            Recordando aquella fecha del Vaticano el 27 de febrero del 91, nos sorprendió el hecho de que, pese a que antes de la recepción fuéramos agasajados por los jesuitas de Roma, conociendo al detalle lugares y hechos relacionados con San Ignacio, tuviéramos que pasar varios “controles” por distintos departamentos del Vaticano. Tampoco lo extrañamos demasiado al ser conocedores de los enfrentamientos entre la Curia Romana y los Jesuitas en aquellos años. Por ejemplo, Juan Pablo II decidió intervenir la Compañía de Jesús en octubre de 1981, y relevar a su padre general, el carismático, audaz y posible futuro santo, el bilbaíno Pedro Arrupe y Gondra (1907-1991), fallecido 22 días antes de aquella nuestra visita protocolaria al Vaticano.

            Una vez que algún que otro cardenal saludó e interrogó a los componente de la Comisión tratando de averiguar nuestras ‘purísimas’ intenciones, nos trasladaron a una Moderna Sala de Audiencia a la espera del recibimiento del Santo Padre. El Papa Juan Pablo II nos había citado entre 12 y 13 horas de aquella bendita mañana en una gran sala…

            A la hora del Ángelus apareció Agnes Gonxha Bojaxhiu, conocida como la Madre Teresa de Calcuta, nacida en la actual Macedonia en 1910 y fallecida en la India en 1997. A la Madre Teresa la acompañaba una corte de unas quince monjas. La sencillez, austeridad y admiración flotaba en el aire. Sencillez en la Superiora, con su rostro cubierto de arrugas y el cuerpo arqueado y frágil, entregado, servil, desde la mirada hasta el saludo. Ahora, cuando escribo este comentario, me viene a la memoria unas palabras del compañero Juan Arias en El País: “La madre Teresa fue siempre respetada y admirada porque quien toca sus manos minúsculas sabía que no sólo habían estrechado las manos de los grandes de la tierra, sino también a miles de enfermos, hambrientos y moribundos desesperados”. Y junto a la admirada fundadora, rodeándola siempre, la austeridad y admiración de sus compañeras de la Orden, de tal forma que todas parecían estar levitando. Recordé entonces aquella famosa frase de la propia Madre Teresa: “Soy un simple lápiz en manos de Dios”. Un lápiz, sí, aunque su cuerpo y su mirada decían mucho más que sus palabras. Ella miraba alzando la cabeza hacia el interlocutor, con sus ojos tan límpidos como los de un niño bueno.

La Comisión Loiola’91 hizo entrega de varios regalos (libros) al Pontífice

            Unos minutos más tarde de presentarnos y darnos a conocer ambos grupos, nos recibió el Papa Juan Pablo II por separado. Juan Pablo II, al que se le regalaron varios libros de historia y cultura vasca, lo que agradeció sinceramente, tuvo bellas palabras dedicas a San Ignacio y a la Compañía de Jesús, y, después de ser presentado por Joseba Arregi uno a uno de los componentes de la Comisión de Loiola’91, preguntó por la situación que se palpaba entonces en Euskadi.

            “Sé que vivís momentos difíciles en lo social y en lo religioso, pero conozco el esfuerzo de algunos en favor de la reconciliación y el entendimiento. Os aliento de corazón en ese esfuerzo”… Y terminó subrayando que la Iglesia es el único Pueblo de Dios y, por tanto, “debe ser siempre signo y sacramento de reconciliación”. Tuvo atención especial hacia los jóvenes y hacia todos los que sufren la violencia, sobre todo hacia estos…

Juan Pablo II, aclamado en Loiola, el 6 de noviembre de 1982

image022

            No fue aquella fecha de la coincidencia con los dos santos en el Vaticano la primera vez que conocí a Juan Pablo II. Ocurrió con motivo de la visita a Loiola del entonces Papa el 6 de noviembre de 1982, y más que conocer fue verlo a  larga distancia y con demasiados controles policiales para conectar con su “cortejo”. Fue una de las primeras ocasiones en las que se puso a prueba satisfactoriamente a la Ertzaintza.

            Recuerdo, eso sí, aquel momento en que mi compañero Ángel Ruíz de Azua (reconocidísimo fotógrafo de prensa porque siempre sabía buscar el momento y el lugar adecuado para las instantáneas periodísticas) en plena consagración, cuando Juan Pablo II levantaba la sagrada hostia, se abría una enorme cortina que cubría el pórtico del Santuario de Loiola y aparecía la cámara de Angelito para sacar la instantánea que todos queríamos ver: el Papa en primer plano y las doscientas mil personas que abarrotaban toda la larga y ancha explanada del bello lugar entre Azpeitia y Azcoitia, junto al Urumea.

            Me viene a la memoria también aquella Homilía de Juan Pablo II que comenzaba con este saludo: ¡Alabado sea Jesucristo! Euskal Herriko kristau maiteok: Pakea zuei, eta zoriona!. Y continuaba: “Siento una gran alegría de haber podido venir hasta Loiola, en el corazón de la entrañable tierra vasca para rendir homenaje a un gran hijo de esta tierra, de proyección universal por sus anhelos y realizaciones: San Ignacio de Loyola; la figura que más ha hecho conocer este lugar en todo el mundo, la que más gloria le ha traído; un hijo de la Iglesia que bien puede ser mirado con gozo y legítimo orgullo, fundador de la mayor orden religiosa eclesial”

“Hijos e hijas de esta tierra vasca, noble y generosa”

            Juan Pablo II tuvo palabras dedicadas a los alrededor de noventa y cinco mil miembros del panorama religioso español de entonces. Y añadía: “¡Cuántos hijos e hijas de esta cristiana tierra vasca, noble y generosa, se cuentan entre ellos!”. Dedicó especial atención al Hermano Gárate (Francisco de Gárate Aranguren, 1857-1929) aquel religioso jesuita nacido muy cerca del Santuario de Loiola (donde está su tumba) y que durante 41 años se ocupó de la portería de la Universidad de Deusto. En la homilía, el Papa habló de que esperaba verle pronto en los altares y fue beatificado por Juan Pablo II tres años más tarde, el 6 de octubre de 1985.

En la visita a Loiola en 1982, Juan Pablo II anunció  la canonización del Hermano Gárate

            Después de recordar los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y algunas escenas bien conocidas de la vida del santo, pronunció una frase que todos esperábamos, una frase no atribuida a San Ignacio sino al santo navarro Francisco Javier: “De que te vale ganar todo el mundo si al fin pierdes tu alma”. Y añadía: en un mundo en el que peligra la aspiración a la trascendencia, hacen falta quienes se pongan a la hora de Dios, se reencuentren y busquen la perfección.

            Con respecto al pueblo vasco, Juan Pablo II fue bastante claro: “Sois un pueblo rico en valores cristianos, humanos y culturales: vuestra lengua milenaria, las tradiciones e instituciones, el tesón y carácter sobrio de vuestras gentes, los sentimientos nobles y dulces plasmados en bellísimas canciones, la dimensión humana y cristiana de la familia, el ejemplar dinamismo de tantos misioneros, la fe profunda de estas gentes”.

Wojtyla: “Paz para todos, la violencia nunca es medio de construcción”

            Karol Wojtyla dedicó también parte de su homilía a los jóvenes,  a los que pidió “ideales grandes” sabiendo que hay quienes, en el pasado y en el presente, han realizado “obras admirables”. “Esos –añadió— son la gran mayoría. Quiero alabarlos y rendirles este homenaje ante posibles generalizaciones o acusaciones injustas. Pero hay también, por desgracia, quienes se dejan tentar por ideologías materialistas y de violencia”.

            Y a esos, “querría decirles con afecto y firmeza – y mi voz es la de quien ha sufrido personalmente la violencia – que reflexionen en su camino. Que no dejen instrumentalizar su eventual generosidad y altruismo. La violencia no es un medio de construcción, ofende a Dios, a quien la sufre, y a quien la practica. Una vez más repito que el cristianismo comprende y reconoce la noble y justa lucha por la justicia a todos los niveles, pero prohíbe buscar soluciones por caminos de odio y de muerte”

            Y el final de aquella homilía fueron estas sus palabras: “Desearía quedara en vuestras ciudades, en vuestros hermosos valles y montañas, el eco afectuoso y amigable de mi voz que os repitiera: ¡Guztioi nere agurrik beroena! ¡Pakea zuei! Sí, ¡mi más cordial saludo a todos vosotros!. ¡Paz a todos vosotros!”

En Gdansk, en defensa de Solidarność, “el grito del silencio”

            Juan Pablo II, primer papa no italiano desde 1522, fue todo un polaco, por tanto, de un pueblo que admiro personalmente. En Polonia se le quiere muchísimo allá donde vayas, pero sobre todo en Cracovia, donde estudió, fue perseguido por la Gestapo y nombrado obispo y arzobispo de esa diócesis. Lo cierto es que, además, hizo mucho por su país durante la “guerra fría” y trabajó directamente en favor de su pueblo, donde estuvo pese a ser mal recibido por el Partido Comunista que en aquellos años ochenta gobernaba en todo el país polaco, sobre todo en Gdansk, ciudad tomada militarmente cuando en junio de 1987 visitó y habló Juan Pablo II en la amplia explanada junto a los astilleros donde comenzó el levantamiento del sindicato “Solidarność” produciéndose, como se dijo,  el mayor grito del silencio de la Europa de aquellos años.

image027Juan Pablo II  estuvo varias veces en “su” Polonia, sobre todo en Cracovia y Gdanks

            Ya en enero de 1982, Juan Pablo II ofrecía por primera vez públicamente su apoyo al sindicato de “Solidaridad”. Así, el primer encuentro del año en la plaza de San Pedro, ante miles de peregrinos de todo el mundo, habló prácticamente sólo de Polonia e hizo un vibrante elogio del sindicato independiente polaco, entonces en la clandestinidad. Solidarnosc, dijo el Papa, “es la expresión de un gran esfuerzo que los hombres del trabajo han realizado en mi patria para asegurar la verdadera dignidad del trabajador”. Solidarnosc, añadió, pertenece hoy “al patrimonio, de los trabajadores de Polonia y de todo el mundo”, y es una parte “del bien común, de la justicia y de la paz”.

Un enamorado de la belleza y del arte; “Carta a los artistas”

            Durante años, hasta su muerte (2 de abril del 2005) hubo numerosas ocasiones en las que el personaje de Juan Pablo II nos interesó. Una de ellas fue a raíz de la publicación de una “Carta a los artistas” (4 de abril de 1999), tomando el concepto de artista como el de los “geniales constructores de la belleza y de la realidad”, idea recogida del Concilio Vaticano II que al concluir (diciembre de 1965) dirigía un saludo y una llamada a los artistas. Habría que recordar que Karol Wojtyla fue en su juventud un atleta, admirado por sus compañeros, y el deporte lo compaginó con éxito en los estudios y con el arte.

            “Este mundo que vivimos –decía—tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres y de las mujeres; es el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo, que une a las generaciones y y las hace comunicarse en la admiración”.

            Y hay una preciosa frase al final de la Carta a los artistas: “Os deseo, artistas del mundo, que vuestros múltiples caminos conduzcan a todos hacia aquel océano infinito de belleza, en el que el asombro se convierte en admiración, embriaguez, gozo indecible”.

“Del caos surge el mundo del espíritu”

            Trata Juan pablo II de unir la belleza con la bondad, como hicieron los griegos. Recuerda a Platón: “La potencia del Bien se ha refugiado en la naturaleza de lo Bello”. Subraya también que el artista vive una relación peculiar con la belleza, a la que el Creador la compagina con el don del “talento artístico”. Y termina con unas palabras de un poeta y patriota polaco, Adam Michiewicz (1798-1855), cuya obra marca el comienzo del Romanticismo en su país, palabras escritas “en un momento de gran prueba para Polonia”: Surge del caos el mundo del espíritu, “lo que me sugiere –afirma el Papa— un auspicio para vosotros: que vuestro arte contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno”. Del caos surge el espíritu, recordemos la frase y reconfortémonos ahora que vivimos en un auténtico caos en el mundo…

“La Madre Teresa intento despertar la conciencia universal”

            Con respecto a la Madre Teresa de Calcuta, por cierto, Premio Nobel de la Paz en 1979, selecciono también un libro, el de “Anécdotas de su vida”, de José Luis González-Balado. En una de sus páginas, se recoge la crónica biográfica en el periódico Le Monde de Henri Tincq a la muerte de la santa (5 de septiembre de 1997), en la que escribe: “Junto a los elogios razonablemente numerosos, se deslizaban críticas que, por extraño contraste, sirven para dar a los elogios mayor credibilidad”.

            El periodista francés señala en la crónica que la Madre Teresa quería morir en la brecha, permaneciendo hasta el final al acecho de todos los sufrimientos que aliviar, de las enfermedades que curar, de las lágrimas que enjugar. “Murió en pie y nadie duda, si existe el paraíso, de que san Pedro ya le habrá abierto las puertas”. Antes de esa conclusión, hay párrafos espléndidos, como este: “En el surco de los grandes carismáticos, como Vicente de Paúl o Francisco de Asís, la Madre Teresa intentó despertar la conciencia universal de su tiempo. Para los no creyentes, encarnó un ideal de solidaridad concreta. Para los creyentes, constituyó un símbolo admirado y hasta venerado de un Evangelio en acción. Su gran popularidad correspondió, en los años 80, al derrumbamiento de los sistemas que prometían el paraíso y la justicia en la tierra”…

“Nuestro criterio de ayuda es de necesidades, no de creencias”

            Parecida idea defendía el editorial de El País en la misma fecha, que concluía citando palabras de la propia Madre Teresa: “Nuestro criterio de ayuda es de necesidades, no de creencias”, solía decir esta mujer de bien. Precisamente cuatro días antes de la canonización de la Madre Teresa se daba la noticia en el mundo entero que hay más de cincuenta millones de niños, repito, 50 millones de niños y niñas, desplazados de su lugar de origen, la mayoría de ellos expuestos al secuestro o a la muerte; es decir, conocíamos lo que supone todo un símbolo real y actual de la barbarie y la miseria (del caos) que abunda hoy, como abundó en tiempos y espacios recorridos por santa Teresa de Calcuta.

            Una de las anécdotas más difundidas de la madre Teresa de Calcuta es aquella que refirió un periodista que la estaba entrevistando mientras ella limpiaba de gusanos la pierna de un moribundo. “Yo no haría eso ni por un millón de dólares”, le confesó el reportero, a lo que la monja respondió: “Por un millón de dólares, yo tampoco lo haría”. El pasaje refleja que fue una mujer entregada a los más pobres, pero también una excelente relaciones públicas. Viajó por todo el mundo y se entrevistó con los más poderosos para impulsar la labor de y por la que recibió numerosos premios, contribuciones de apoyo y admiraciones en todas las partes del mundo, sobre todo de los medios informativos y de los periodistas que la conocieron.

De la diosa del tiempo y cambio al Hospital de los Moribundos

            Hubo un día que la Madre Teresa definió como “el más feliz” de su vida. Fe un 3 de febrero de 1986 en que tuvo que hacer de cicerone al papa Juan Pablo II en Nirmal Hriday (la Casa del Corazón Puro), o sea, el Hogar para los desposeídos y para los moribundos en el barrio marginal de Kalighat, antiguo templo hindú de la diosa Kali, la diosa del tiempo y el cambio. Este hospicio o casa de indigentes y moribundos, fue fundado por la Madre Teresa en 1952, dos años después de que se establecieran en Calcuta las Misioneras de la Caridad. Marco Politi, comentarista del diario italiano “La República”, escribía unos días más tarde: “Las manos llenas de arrugas tomaron las de Karol Wojtyla y le llevaron a la habitación de los moribundos.

            El papa entonces era un atleta, un dominador de masas, un comandante de la fe que daba la vuelta al mundo divulgando su palabra con un físico impresionante. Pero en aquel instante, Wojtyka parecía un niño que una madre afectuosa y atenta conducía hacia un reino inquietante: el reino de la muerte. No había ninguna retórica, ninguna escenografía en aquel gesto de aquella mujer que con su blanca túnica india bordeada de azul acompañaba al visitante entre los catres de los moribundos. Era su trabajo cotidiano…

            Día a día la Madre Terea pasaba junto a esos setenta enfermos terminales, echados en catres de una habitación grande que apestaba a cloroformo.. Esa papilla de yogur que el papa llevaba pacientemente a los labios de los moribundos se la había dado ella a sus asistidos miles de veces. Y seguiría durante años… Aquel 3 de febrero, ella le enseñó a Wojtyla a coger entre sus manos el cuerpo rígido de un difunto, le enseñó a soportar la visión de cuatro cadáveres, tirados en el suelo, cubiertos con camisones que apenas les llegaban a las rodillas. Estuvo a su lado mientras el pontífice acariciaba el rostro y los cabellos de una mujer que gritaba: “Estoy sola, estoy sola. ¡Vuelve!”…

Encuentros de Juan Pablo II y la Madre Teresa de Calcuta

            Juan Pablo II y la Madre Teresa coincidieron en muy distintas ocasiones, tal y como recoge en su libro José Luis González-Balado. “Juan Pablo II le confió encargos sumamente delicados porque sabía que ninguna otra persona –¡ni el mismo!— los hubiera llevado a cabo con tales garantías”.

            El Papa fue generoso con la obra de la religiosa. Donó a su obra –al parecer contra el parecer de algunos monseñores— un local en el corazón del Vaticano, local que la Madre Teresa convirtió en hogar para ancianas abandonadas y en comedor para pobres. Cuentan que en cierta ocasión Juan Pablo II le preguntó qué gesto de autenticidad podría hacer él por los pobres. La Madre Teresa le contestó que un gesto verdaderamente significativo podría ser que les diera entrada en el Vaticano. Juan Pablo II dio crédito a la respuesta de la Madre Teresa peo le confió que le resultaba difícil ejecutarla. La Madre Teresa insistió: “Deme un trozo de terreno del Vaticano y yo lo arreglaré”. Y Juan Pablo II hizo prevalecer su voluntad de complacer a alguien tan acreedor de confianza como la Madre Teresa. Le concedió una esquina de la parte derecha del Vaticano mirando hacia el Tíber, al lado del ex Santo Oficio, conocido ahora como congregación para la Doctrina de la Fe. La Madre Teresa lo convirtió en residencia para mujeres abandonadas (ancianas, ex prostitutas, etc). En una parte del edificio funciona también, a diario, un comedor para pobres, frecuentado por un centenar de personas y atendido por las hermanas y por colaboradores voluntarios. Hay quien se atreve a afirmar, no sin cierta hipérbole, que es el rincón “más cristiano” de todo el Vaticano.

Santa Madre Teresa: “La muerte, un retorno al hogar”

            A raíz de la muerte de la Madre Teresa, se recordó una frase que la religiosa dejó grabada para siempre a raíz del fallecimiento de Pablo VI, el 6 de agosto de 1978: “La muerte es hermosa, lo es sabiendo que no es otra cosa que un retorno al hogar. Todos estamos destinados a volver a él”. Al día siguiente de que la religiosa “volviera al hogar” (5 de septiembre de 1997), Juan Pablo II en el discurso dirigido a la asociación “Voluntarios del Sufrimiento” subrayó que la labor realizada por la Madre Teresa no fue otra que “un amor hecho servicio concreto e incesante a los hermanos más pobres y marginados. En el rostro de los pobres reconoció el rostro de Jesús que desde la cruz implora: “¡Tengo sed!”. Y comprendió con generosa entrega este grito de los labios y del corazón de los moribundos, de los niños abandonados, de las mujeres y hombres aplastados por el peso del sufrimiento y de la soledad. Recorriendo infatigable las calles de todo el mundo, la Madre Teresa ha macado la historia de nuestro siglo: ha defendido la vida con valor; ha servido a todo ser humano promoviendo siempre su dignidad y su respeto; ha hecho sentir a los derrotados de la vida la ternura de Dios, Padre amoroso de todas sus criaturas. Ha testimoniado el Evangelio de la caridad, que se nutre del don gratuito de uno mismo hasta la muerte (…) Ojalá que su ejemplo luminoso de caridad sirva de consuelo y de estímulo para su familia espiritual, para la Iglesia y para toda la humanidad”.

image038

            Después de estas palabras de Juan Pablo II sorprende aún más su “enfrentamientos” con las ideas y el sacrifico del Padre Arrupe. El jesuita, escritor y periodista Pedro Miguel Lamet, señala en alguno de sus libros que Juan Pablo II no comulgaba con las ideas del padre Arrupe, aunque respetaba su categoría espiritual y humana. Esa personalidad y humanidad tan parecidas a las de la Madre Teresa que, por cierto, fue una de las numerosas personalidades que visitaron al jesuita bilbaíno poco antes de morir, animándole y protegiéndole.

De Juan XIII, santo, a Arrupe, “pendiente de canonización” (?)

            Al tercero de los santos canonizados por el papa Francisco, Juan XXIII, no le llegué a conocer personalmente pero sí a través de los testimonios directos de un buen sacerdote, grandísimo escritor y compañero en la Redacción de “La Gaceta del Norte”, José Luis Martín Descalzo (1930-1991), protagonista directo de aquel Concilio Vaticano II que convocó el “Papa bueno” y que fue uno de los acontecimientos históricos que marcaron el siglo XX. Martín  Descalzo –autor de varios libros relacionados con el Concilio y otros acontecimiento de la Iglesia de entonces— escribía cada día una crónica que enviaba al periódico de Bilbao y que los lectores sólo leían en parte porque era “cortada y censurada”. Han leído bien: censurada.

image039

            Algún día recordaremos a aquel sacerdote, periodista y escritor de numerosas obras tanto de poesía como novela, teatro y ensayo. El bilbaíno Pedo Arrupe y Gondra, prepósito general de la Compañía de Jesús (1965-1983), solía mencionar algunas obras de Martín Descalzo, por ejemplo: “La frontera de Dios” y “Dios es alegre”. Y precisamente estoy leyendo actualmente la reedición del libro: “Arrupe, testigo del siglo XX, profeta del XXI”, del biógrafo y periodista citado Pedro Miguel Lamet, SJ, libro del que habrá que escribir también algún día recordando las veces que coincidí con este buen santo bilbaíno, y digo santo aunque todavía no esté canonizado…  Y lo digo y reclamo igual que lo han hecho en otras ocasiones desde altavoces como “The New York Times” que le ha comparado con Juan XXIII, el papa y santo bueno.

            Y termino subrayando que en agosto de 1976 (hace cuarenta años) tuvo lugar un Congreso eucarístico internacional en Filadelfia, con un tema esencial: “Libertad y justicia”, confiado a cuatro personas de indudable prestigio: Pedo Arrupe, Teresa de Calcuta, Bernhard Häring (1912-1998) y Helder Cámara (1909-1999). Y uno de los momentos más emocionantes de aquel Congreso se produjo cuando Hélder Cámara interrumpió su intervención para besar las manos de la Madre Teresa y a continuación le dio el tradicional abrazo latino. Muchas de las miles de personas apiñadas en el Civic Auditorium de Filadelfia no pudieron evitar el que les saltaran las lágrimas, lágrimas como las que desprendía el propio Arrupe –tal y como se ha dicho— cada vez que salía de una audiencia papal o de una reunión en la Santa Sede. Lágrimas de dolor por todos aquellos que sufren en el mundo. Esa es la realidad…

 

                                               José Manuel Alonso, expresidente de la AVP-EKE

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s