Mandar y obedecer

M.Urraburu.  La distribución de tareas y reparto de responsabilidades impone diferentes papeles a cada ciudadano. Lo de mandar y obedecer forma parte de la mayoría – por no decir todas – de las estructuras sociales del planeta. Unos tomaran las decisiones que otros tendrán que ejecutar. Los padres a los hijos, los políticos o sindicatos a sus afiliados – lo que se llama disciplina de… Y esto ocurre tanto en la empresa como en cualquier organización. Es una norma que se pierde en la historia de los tiempos y por darla por valida se admite y se mantiene aunque, en muchas ocasiones no se aplique con acierto. Toda jerarquía supone, para muchas personas, más que  funciones relacionadas con sus responsabilidades, una manera de ocultar sus frustraciones. Son esas personas a las que conocemos como autoritarias. Son esas personas que imponen su voluntad. Creen que sus subordinados lo son en todos los ordenes, y por tanto se sienten con el derecho de actuar sobre ellos con menosprecio , despotismo y autoritarismo. Suelen ser personas que antes fueron subordinadas, que miraban de reojo a sus compañeros por envidia y para hacerse con sus ideas y proyectos y ,que mas tarde, presentaban como suyos. Son en su mayoría, los trepadores o trepadoras, a los que en otras ocasiones les hemos dedicado alguna perla.

La actuación del autoritario no siempre es la activa, esto es, la de quienes hacen del mando y del poder, un vicio del que no se pueden apear. Suelen ser aduladores , el que ríe siempre las gracias del jefe ,aunque no tengan gracia. Permítanme que les cuente un caso real. El escenario, el despacho del director de una empresa. Un empleado entra en él y se dirige al director de esta manera: don Javier, tiene previsto salir a la calle o recibir a alguien?. El director le mira extrañado y pregunta. Porque dice usted eso?. Respuesta: es que tiene los zapatos algo sucios y si quiere se los puedo bajar a limpiar en un momento. Dicho y hecho. El ejemplar empleado ya tenía la bolsa preparada y así, con los zapatos de su director se dirigió a cumplir con la buena acción del día. ( el limpiabotas se encontraba cerca del lugar de trabajo, en una cafetería céntrica y muy conocida de Bilbao). Poco después el  director se jubiló y , como no podía ser de otra manera, premió a su trabajador, por este y otros servicios, con el cargo de director de uno de los centros de la empresa. Esta es una forma en que se perpetúan  las relaciones perversas del poder en cualquier ámbito de nuestras vidas. Cuidado con los rastreros: bajo su docilidad esconden su autoritarismo, como así sucedió en este caso – real – poco después de su nombramiento. Hemos pervertido  los incentivos, solo incentivamos las malas prácticas. Y, claro, luego pasa lo que pasa.

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