La muerte de Fidel Castro vista a través de la del Che Guevara

         «Serían cerca de las 13 horas del día 7 de octubre de 1967 cuando los ‘rangers’ del ejército boliviano acorralaban a 17 guerrilleros al mando de Ernesto Guevara. Los soldados estaban prestos a disparar y el guerrillero Guevara, más conocido por el Che, les dijo: ¿Por qué queréis matarnos. Yo soy el Che. Os valgo más vivo que muerto…» Unos años más tarde, me encargaban la biografía sobre Ernesto Che Guevara para una colección de habla hispana que se vendió por todo el mundo con un título significativo y general: «Los revolucionarios del siglo XX». Fue entonces cuando viví con más cercanía la vida y la muerte del Che, recogiendo testimonios, que completé con mi presencia en Cuba y asistí a una multitudinaria recepción en La Habana de un Fidel Castro que aparecía ya, como se ha escrito, “canoso y blando de barbas semejante a esa ilustración de Doré del Don Quijote, vestido de guerrillero, verde olivo”…

 

Muerte de Fidel Castro: 9 días de duelo nacional cubano

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         Fidel Castro Ruz, líder histórico con el Che Guevara de la Revolución Cubana que durante casi 49 años había ejercido el poder en el país caribeño (de enero de 1959 a febrero de 2008), fallecía este pasado 25 de noviembre de 2016, “a las 10,29 horas de la noche”, según comunicaba su hermano, el presidente Raúl Castro, en un mensaje televisado.

         Hijo de un emigrante gallego y una mujer de origen canario, nació en la localidad de Mayarí, en el este de Cuba, en 1926, en el seno de una familia humilde e iletrada. Su padre, Ángel Castro y Argiz, no le reconoció hasta los 17 años debido a que no consiguió el divorció de su primera mujer y no pudo casarse con la madre de Fidel hasta esa edad…

         El Consejo de Estado de Cuba decretó 9 días de duelo nacional, y anunció que los restos de Fidel Castro serán enterrados el 4 de diciembre a las 7:00 a.m. (hora local), en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba. La muerte ha sacudido al mundo entero, manifestándose unos con dolor y otros con alegría, incluso en algún caso con enfrentamientos callejeros. Y aunque Fidel Castro no presidía el país caribeño desde 2006 y no parece que participara en las decisiones de gobierno, su carácter de símbolo imborrable hasta el último hilo de su vida influyó en el régimen político cubano y marcó las líneas rojas que no se podían cruzar.  ¿Qué pasará a partir de ahora?…

¿Valdrá Fidel Castro muerto más que vivo?

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Fidel Castro con su hermano Raul

         Esa gran pregunta que cabe hacerse ahora: si Fidel, fiel (?) compañero del Che Guevara durante la victoriosa revolución de los años 50, valdrá más muerto que vivo, o valdría más vivo que muerto…, como decía el Che equivocadamente. Por de pronto, nos vienen a la mente algunas frases famosas del Che sobre la muerte mientras que, en cambio, sólo recordamos que Fidel Castro solía repetirse en sus discursos acusando el embargo de Estados Unidos y la conquista de los españoles de genocidios, utilizando ese mismo concepto algunos seguidores del castrismo (recuerdo al articulista Haro Tecglen en “El País”) para exhibir el antinorteamericanismo al uso, olvidándose de que “genocidio” es la palabra que nació a propósito del holocausto cometido por los nazis contra los judíos, homosexuales, gitanos, etc..

         Además, si la muerte del Che fue, cuando menos, sorprendente, la de Fidel Castro no lo ha sido, se ha dicho y repetido que “ya se esperaba este desenlace final pero no se sabía cuando”, y Manuela Argiz, con 103 años, una de las dos primas de Fidel en Galicia, en la provincia de Lugo, afirmaba: “algún día tenía que ocurrir”… Y si la muerte del Che Guevara no dejó a nadie indiferente y conmocionó al mundo con numerosos sentimientos positivos y lágrimas repartidas por los cinco continentes, la muerte de su ex compañero Fidel Castro traía muchas más reacciones de crítica e indiferencia, incluso alegría, sobre todo por parte de los emigrantes cubanos y algunas voces latinoamericanas.

Vargas Llosa: “A Fidel no lo absolverá la historia”

         Ponemos un ejemplo: En la fecha del fallecimiento de Castro, en la Feria Internacional del Libo de Guadalajara, México, se celebraba la gran cita de las letras de América Latina, el presidente de la Feria, Raúl Padilla, después de señalar que con la muerte de Fidel Castro “se marcaba el fin de una época que dio a Latinoamérica una proyección mundial”, a continuación subrayaba el hecho de que “nunca las ideas pueden florecer en el autoritarismo, sin libertad no hay creación”. Y Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura en 2010, fue aún más crítico, señalando que “a Fidel Castro no lo absolverá la historia”…

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El Che, en La Higuera donde fue asesinado tras su detención

         Pero, a nuestro entender, la clave es, recordando la frase del Che, si la muerte de Fidel Castro valdrá más que su vida, o no… Y lo decimos porque la muerte de Ernesto Che Guevara (Rosario, Argentina, 14 de junio de 1928 – La Higuera, Bolivia, 9 de octubre de 1967), muerte  precoz y calificada de “traicionera”, fue muy distinta a la de Fidel, y a partir de entonces, e incluso desde antes, la figura de aquel bello, duro y único personaje dio y sigue dando muchas vueltas y revueltas. Incluso el mercantilismo, que tanto despreciaba el Che, se impuso con la explotación masiva del famoso retrato de Alberto Korda en 1960, extendido en millones de copias y en millones de hogares y lugares. La muerte convirtió inmediatamente a Guevara en mártir y en mito.

Cientos de libros y biografías sobre el Che

         Del Che se han hecho cientos de libros y biografías (una de ellas, del siempre recordado pintor y novelista sestaoarra -1927-2004- Isidoro Calzada, que conoció a un jovencísimo Ernesto Guevara en Argentina), se han escrito miles de reportajes, se han tomado declaraciones y testimonios, se ha alabado y criticado hasta el límite de lo racional a este hombre que murió joven y se convirtió rápidamente en el mito que necesitaba Europa y el capitalismo por el que luchó dejando toda su vida.

         La biografía que escribí en el año 1980 la presenté con estas palabras del revolucionario cubano-argentino: “De todas las clases sociales y de todas las condiciones económicas, jamás hice diferencias. Y eso que  mi familia pertenece a la alta oligarquía”. Y terminaba el texto con una carta del propio Che difundida por el mundo y que fue entregada a sus hijos después de su muerte: “Estudien mucho… y sobre todo sean siempre capaces de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia cometida contra alguien en cualquier parte del mundo”…

         Mientras Che Guevara quedaba en la mente de los cubanos unida a la del más laureado y reconocido Fidel Castro, aquel de la indudable fascinación que nos produjo la lucha guerrillera calificada como limpio levantamiento de un pueblo contra una dictadura cruel y corrupta, eso trajo como consecuencia que los pocos intelectuales que se atrevieron a denunciar enseguida las lacras del régimen marxista instituido en Cuba fueran, en aquellos años de coincidencia del Fidel militar y el revolucionario Che Guevara, denigrados y descritos como lacayos del imperialismo.

La crisis de los misiles y el temor a una guerra nuclear

         Luego, con la marcha del Che de Cuba, reemprendiendo su actividad guerrillera y extendiéndola por otros países de claras dictaduras militares, el mundo se entregaba al argentino-cubano con más admiración y más fe que a los comportamientos de nacionalización de toda la riqueza cubana por parte de Castro, la eliminación de la libertad de pensamiento y de prensa, y el echarse en brazos de la URSS y países satélites en plena guerra fría.

         Peor aún fue para la imagen de Fidel Castro aquella crisis de los misiles en octubre de 1962, generada a raíz de del descubrimiento por parte de los EEUU presididos por John F. Kennedy de armas nucleares soviéticas en Cuba, lo que estuvo al borde de producir una guerra nuclear conmocionando al mundo entero, especialmente a los norteamericanos.

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         Muerto el Che, Fidel continuó protagonizando diversos errores como (entre 1975 y 1989) el envío de trescientos mil soldados cubanos a la guerra de Angola. O cuando entre 1989 y 1993 el mundo se vino abajo para el socialismo cubano y la isla perdió el 90% de los suministros y el 35% de su PIB. O cuando diez años más tarde, en 2003, Fidel Castro envió a la cárcel a 73 disidentes políticos. En aquel tiempo y durante años, hasta que Fidel cede el poder a su hermano, la mayoría de los economistas le culpaban de la lastimosa situación de Cuba, economistas que ahora, tras la muerte del líder, han señalado que “Fidel ha sido el responsable del desastre económico de Cuba, una Cuba que depende de la ayuda exterior cuando podría ser auto suficiente”. Ya, con Raúl en el poder, la Gran Recesión de 2008 abrió la isla a un emergente sector privado que se ampliaba cuatro años más tarde con las conversaciones con el presidente USA, Barak Obama.

“Mejor morir de pie que vivir de rodillas”

         Che Guevara, que copiaba en esto al revolucionario mexicano Emilio Zapata e incluso a Dolores Ibarruri, solía decir aquello de “es mejor morir de pie que vivir de rodillas”; o aquella otra frase de “hasta la victoria siempre, patria o muerte”; y concluía con esta otra: “podrán morir las personas pero no las ideas”. Ahora, nos preguntamos: ¿Ocurrirá lo mismo con Fidel, se le recordará más ahora que durante su revolución y su mandato?… ¿Valdrá esa su frase tan repetida de: “Antes morir mil veces que renunciar a nuestras convicciones”?… ¿Se mantendrán esa supuestas convicciones aliviadas desde el acuerdo con EEUU a través de la intervención del papa Francisco y Obama, cuando Donal Trump, actual presidente USA ha calificado a Fidel Castro de “brutal dictador”, lo que parece indicar que “el deshielo impulsado a finales de 2014 entre Cuba y EEUU está herido de muerte”?… ¿Tendrá razón su heredero y hermano Raúl cuando a la muerte de Fiel ha gritado aquello de “¡Hasta la victoria, siempre!”… ¿Qué victoria y por qué siempre?…

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Monumento al Che Guevara en La Hoguera (Bolivia)

         El Che comenzó a ser inmortal aquel mismo día en que fue fusilado: el 8 de octubre de 1967, un día después de ser encontrado, rodeado y condenado por el ejército boliviano. Las imágenes han permanecido desde entonces. La figura del Che tirado sobre una mesa de una escuelita boliviana de la Higuera y, junto a ese cuerpo que parece aún vivo, el de sus compañeros, cuerpos tirados por el suelo y despreciados por sus asesinos. Junto al Che, militares y periodistas. El rebelde argentino, el revolucionario, el cantautor de las guerrillas, el aventurero, todavía con los ojos bien abiertos y las negras y relucientes barbas que se dejó en el Congo o en Cuba o en la propia Bolivia… Esa imagen de joven desarrapado pero guapo aún, vivo pese a la frialdad de la muerte, se convirtió en cartel, en calendario, en llavero, en estampa que fuimos repartiéndonos los soñadores de la Europa que había olvidado la Gran Guerra y en la que se extendían las cadenas humanas en las modernas industrias, y de la América a merced del siempre potente y controlador Tio Sam.

De la rebelión al “castigo de la justicia de Dios”

         Con razón se ha escrito que aquella imagen de comandante victorioso en la derrota y de mártir heroico en la revolución imposible, se convirtió en el emblema de la rebeldía juvenil, de la supuesta ‘imaginación al poder’, de la adolescencia del rock masculino o de las muchachas en flor que corrían en bicicleta por las campiñas de la supuesta evolución y progreso. Pocos quisieron escuchar la verdad de este personaje argentino puritano, impermeable a la duda, inmutable ante la violencia, ultrasensible a la injusticia, con fuertes rasgos dogmáticos y autoritarios. Imagen de un viajero apresurado que quería llegar a las estaciones más grandes (acabar con el capitalismo y la desigualdad) a través de los apeaderos más pequeños (las guerrillas hambrientas).

         Todos nos quedamos con el ´héroe en positivo’, con sus quimeras, con la firmeza de quien es capaz de escribir a sus hijos en la despedida: «Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa». Su carácter era áspero, intratable a menudo, pero de él se recordará su sensibilidad ante la ternura de quien necesita el consuelo y el aliento de un joven repleto de asma y ansioso por encontrar la verdad. En la solidaridad y sangre de su muertos, constatamos el hecho de que todos cuantos tuvieron algo que ver con su muerte fueron muriéndose, es decir, según se dijo, “sufriendo el castigo de la justicia de Dios”.

Aquel “portador de sueños” explotado por el capitalismo

         Es el fielato que se ha de pasar cuando no se racionaliza al mito. Vivimos así, recordándole año tras año, desde el 67, viéndonos en el espejo, viéndole a él con los cristales rotos, viviendo los espejismos del mito. Como si el fuera ‘portador de sueños’, de nuestros sueños del pasado, de haber simbolizado –como escribe Pierre Kalfon– «la utopía de un mundo más libre, más igualitario, más intransigente en el combate contra la injusticia».

         Aquel concepto de ‘hombre nuevo’, de la búsqueda de ese ‘hombre nuevo’, tan dado a la inflexión de quienes abandonaban la acción por la filosofía, pudo haber abierto una reflexión positiva, de examen y análisis, de aprovechamiento en busca de la verdad y de la justicia. El no se equivocó cuando dijo: «os valgo más vivo». Nos pudo haber valido más siguiendo en la acción, aún vivo. Pero no, quienes esperaban su muerte para ‘negociar’ con ella comprobaron que valía más muerto e iniciaron, año tras año, la explotación del mito. Así, ¡oh cochina paradoja!, Ernesto Guevara contribuía a llenar el estómago del capitalismo contra el que tanto luchó. ¿Qué ocurrirá ahora sin Fidel Castro, ciego luchador también contra el capitalismo pero con una diferencia, con mando en plaza y rodeado siempre de miles y miles de seguidores fieles a su doctrina, incluido su hermano Raúl y los militares cubanos.

¿Y si el ‘caballo’ Fidel Castro nunca muriera?

         Según publicaba el siempre ameno Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) en “El País”, en su especial del “Domingo” del 27 de septiembre de 1998, “el biógrafo Tad Szulc escribía en diciembre de 1997 que a Fidel le encantaba que le explicaran chistes sobre su propia muerte, como el que le contó Piñeiro Barbarroja: Una muchacha habanera dialoga con otros jóvenes sobre el futuro sin Fidel y de pronto se golpea la cabeza y exclama: “¿Y si no se muere nunca?”… Desde Washington vigilaban su salud hasta por satélite y se ha dado a conocer en estas últimas horas que Fidel Castro tuvo 638 intentos de asesinato de los que se libró, y consiguió, entre tanto, que mientras llegaba su fallecimiento murieran personajes como Kennedy, Johnson, Nixon, Reagan y Jorge Más Canosa, activo opositor al régimen castrista y, en un encuentro de jóvenes pioneros celebrado poco después de cumplir 70 años, declaraba que nunca pensó llegar a esa edad y que confiaba en las nuevas generaciones. “Luego –cuenta Montalbán– se bebió unos cuantos mojitos, estuvo dos horas de pie y quiso demostrar que sigue siendo El Caballo, apodo popular que lleva desde que entró en La Habana. Para los cubanos, un hombre es un caballo cuando galopa sobre la decisión y el valor, y esa escultura ecuestre mítica e invisible le obliga a cuidar la imagen con que parece en público”, y solo permitía que le fotografiara Chemo Miyar, su secretario y uno de los médicos políticos que le rodeaban, “porque sólo un médico fotógrafo era capaz de conservar el secreto profesional absoluto”. Ahora, ya, con su fallecimiento, la pregunta y la gran duda es: ¿hasta cuando El Caballo va a seguir cabalgando, si parece que los militares son los que marcan el paso de la sucesión del líder comunista sin heredero claro?…

Mis coincidencias literarias y escolares con Fidel

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         Hoy, a unos días de la muerte de Fidel Castro, mantenemos la pregunta: ¿ocurrirá lo mismo con Fidel Castro, un Fidel Castro con el que coincido personalmente en que decía tener en la cabecera de su cama dos novelas, el “Quijote” de Cervantes y “El viejo y el mar” de Hemingway, y que admiraba a dos escritores con los que convivió, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar. Un Fidel Castro que estudió sus primeros años, como lo hice yo, en los Jesuitas, y que, pese a la repetida persecución de católicos, políticos, intelectuales o escritores en Cuba, con expulsiones y cárceles, fue elogiado y aclamado en distintos momentos por parte de la Iglesia Católica, visitado en Cuba por Juan Pablo II, Benedicto XVI y actual Papa Francisco I. Un Fidel Castro que recibió repetidamente de todos los países y figuras internacionales escritos para pedir la liberación de presos inocentes y la organización de elecciones libres y secretas… Un Fidel Castro, incluso, atacado durísimamente por su propia hija, Alina Fernández, hasta el punto que nunca quiso adoptar el apellido Castro, y que en una entrevista en mayo de 1997, al presentar su memoria, declaraba desde París, donde residía: “Sólo volveré a la isla, mi isla, cuando pueda hacerlo junto a los tres millones de gusanos (como Fidel llama a los exiliados cubanos) que hay germinando por todas partes”. Y un Fidel Castro elogiado y defendido siempre por una figura mundial del fútbol, Maradona, que vivió y se recuperó de una larga enfermedad en “casa” del líder cubano, y que como el Papa ha manifestado su condolencia más sentida ante la muerte del dictador.

La “globalización de la solidaridad”

         Con motivo de la visita de Juan Pablo II a Cuba durante cinco días a partir del 21 de enero de 1998, fue recibido y despedido por el “comandante en jefe” Fidel en el Aeropuerto Internacional “José Martí”. Entonces, el Papa se pronunció por la “globalización de la solidaridad” y en contra del bloqueo económico a Cuba. Aquella insólita visita tratando de conjugar –se escribió– el marxismo-leninismo de Castro con la doctrina de Juan Pablo II, llamó la atención. Se dijo: “se encuentran dos poderes líderes y jefes de Estado vitalicios y autócratas, con poderes que no emanan de la soberanía popular. Son, además, dos grandes maestros del espectáculo de masas, y se admiran el uno al otro, aunque no lo expresen públicamente. Fidel Castro llegó a decir en noviembre de 1996 que para él había sido un milagro saludar al Papa y que no se merecía un honor tan alto. Entonces, la visita tenía más peso político que religioso (aunque en Cuba queden substratos del catolicismo probablemente más retrógrada) porque Fidel conseguía entonces lo que la sociedad cubana de Miami llevaba pidiendo desde hacía mucho tiempo.

“Fidel y la religión”, todo un “descubrimiento”

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Encuentro insólito entre Fidel Castro y Juan Pablo II en Cuba

         Centrado en todo esto: Cuba, Fidel, El Vaticano, Juan Pablo II, recordé que en la última estancia en esa isla maravillosa me traje unos libros y entre ellos había uno pendiente de lectura: Fidel y la Religión, realizado por un periodista y sacerdote brasileño, Frei Betto, en 1986. Comencé a examinarlo y me lo tragué entero pese a que el dominico que entrevistaba a Castro quedó tan entusiasmado de las muchas horas nocturnas que dedicó Fidel a contestar a sus preguntas que realiza una trascripción casi literal con lo que hay repeticiones casi constantes en ideas, vivencias, ocurrencias y anécdotas del presidente cubano que, como todo el mundo sabe, era hijo de un campesino sumamente pobre en Galicia que se quedó en la guerra de independencia de Cuba, iniciada en 1895, se casó con una cubana y salió de la miseria siendo un terrateniente con tierras, más de cien personas a su servicio y mucho dinero. Por eso Fidel estudió en los mejores colegios católicos cubanos…     Tanto es el entusiasmo del autor de este libro Fidel y la Religión por el presidente que ya en el prólogo -escrito por un tal Armando Hart- se dice: “Quien estudie esta charla se encontrará ante un suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa, esto es, un milagro. La verdad, no es para tanto ni mucho menos pero los discípulos de la Revolución de Fidel son muy dados a extralimitarse en los elogios. Siempre suele ocurrir esto con los grandes dictadores o autoritarios del mundo. En Cuba, donde hay mucho sentido del humor, cuentan una historia divertida: Castro invitó a Napoleón a visitar la isla. El Gran Corso se mostró escasamente interesado por las conquistas de la revolución que le exhibieron. Hasta que conoció el diario ‘Granma’. ‘Qué maravilla’, se sorprendió. ‘Si yo hubiera contado con esto, nadie se hubiese enterado de lo de Waterloo’.

La infancia de Fidel con los de La Salle y los Jesuitas

         Lo más interesante de Fidel y la Religión son los primeros capítulos, cuando Fidel cuenta su infancia, la casa natal muy ‘gallega’, la religiosidad de su madre y abuela, su bautizo, por qué el nombre de Fidel, los primeros años en Santiago de Cuba y la estancia en los mejores colegios católicos, en Santiago y La Habana (primera y segunda enseñanza), en los Hermanos de La Salle y los Jesuitas.

         Lo mejor es dejarle hablar al propio Fidel: “Me bautizaron cuando tenía entre 5 y 6 años en la ciudad de Santiago. Fui de los últimos hermanos en ser bautizado (Fidel era el tercero del segundo matrimonio de su padre, que tuvo siete hijos), pero tenía muchas ganas porque el que no estaba bautizado le llamaban y trataban como judío. El nombre de Fidel me lo pusieron por mi padrino, que así se llamaba y era el cónsul de Haití y tenía mucho dinero. Ese nombre: Fidel, aquel que tiene fe, es coincidente conmigo, que he sido un hombre de fe, confianza y optimismo. A los cuatro años me habían mandado a una escuela de Santiago: los Hermanos de La Salle. Allí me enseñaron el catecismo, la Historia Sagrada, a leer y escribir. Allí fue mi primer acto de rebeldía para que me metieran interno en la escuela, y lo conseguí…

         Fidel, en el libro, cuenta anécdotas de aquella época y hace un balance de la educación recibida: “La de La Salle era una orden mucho menos exigente y menos rígida que los jesuitas. He de decir que aquellos hermanos tenían cosas positivas: el contacto del alumno con el campo, la organización de su vida y una buena enseñanza. Pero tenían dos cosas que me hicieron salir de allí. Una: ciertos métodos de favoritismo por las familias como la mía que tenían dinero, con un tratamiento especial. Y segunda: tenían la mano muy suelta, utilizaban el palo o la agresión al alumno. Eso era lo peor”.

Espíritu duro, autoritario, de los Jesuitas de entonces

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         Preguntado por los Jesuitas, Fidel Castro responde: “El Colegio de Dolores, en Santiago, era de más prestigio y de más categoría. Me encontré en un ambiente que respondía perfectamente a lo que era aquella sociedad cubana de entonces: dirigida por gente egoísta, gente interesada, gente que trataba de sacar un beneficio, un provecho de cualquier cosa. No se caracterizaba aquella sociedad por producir en la gente sentimientos de bondad y de generosidad. Eran cristianos pero porque iban a misa. En ese ambiente, los Jesuitas se ocupaban de nosotros para que formáramos el carácter. La mayoría de los profesores eran españoles y franquistas, y en ellos se combinaban las tradiciones de los jesuitas: espíritu duro, autoritario, con organización rígida, militar. Su máximo interés por los alumnos estaba en el comportamiento, con un gran sentido del rigor y la exigencia. Discrepaba con ellos en su sentimiento político y en la forma de impartir la religión”.

         Preguntado que explicara esa discrepancia en la enseñanza religiosa, Fidel responde: “Todo era muy dogmático. Esto era así porque tenía que ser así; había que creerlo, aunque no se entendiera; y si no lo creías, era una falta, un pecado, un acto digno de castigo. Es decir: la no utilización del razonamiento y del sentimiento. Si, además, el elemento y el argumento fundamental que empleas es el premio o el castigo, e incluso más el castigo que el premio, entonces es imposible desarrollar el razonamiento y el sentimiento que puedan ser base de una sincera creencia religiosa. De esa forma nos preparaban más para entender el castigo, o el infierno eterno y el dolor, el sufrimiento, despreciando el lado positivo de la vida y de la creencia religiosa, olvidándose del valor de la convicción. Y yo creo que la convicción es lo que hace convencidos en la fe y hace mártires”.

“Excelente atleta y congregante mariano, de gran futuro”

         Lo que más le impresionó y le afectó al ‘revolucionario’ Fidel en sus años con los religiosos, sobre todo con los jesuitas, fueron las lecciones del infierno y de la eternidad, que a él se le quedaron grabadas como fuego… De aquella época con los jesuitas, entre los años 1942 y 1945 Fidel Castro Ruz recibió una especie de orla para colgar, en la que decía: «Se distinguió siempre en todas las asignatura relacionadas con las letras. Excelencia y congregante mariano, fue un verdadero atleta, defendiendo siempre con valor y orgullo la bandera del Colegio. Ha sabido ganarse la admiración y cariño de todos. Cursará la carrera de Derecho y no dudamos que llenará con páginas brillantes el libro de su vida. Fidel tiene madera y no fallará el artista».

         Y aquel año 85 en el que era entrevistado Fidel Castro, el entrevistador le pregunta sobre una posible visita del Papa. El ‘comandante’ responde: “Es conocido que Juan Pablo II es hombre muy activo, que se ha movido extraordinariamente, y ha visitado un gran número de países. Pienso que esto viene a ser también otra cosa nueva, inusitada, esa movilidad del Papa por distintos países y sus contactos con las muchedumbres… Yo observo que, como político (jefe del Estado del Vaticano), observo con especial interés su capacidad de acción política, es decir, su capacidad de moverse por el mundo y entrar en contacto con los pueblos. He de reconocer que este Papa es un destacado político, por sus actividades, por su movilidad, por su contacto con las masas; porque lo que hacemos nosotros los revolucionarios es reunirnos con las masas, hablarles y llevarles un mensaje. Ese es un estilo nuevo del jefe de la Iglesia Católica”.

Ataque a los “expulsados” u obligados emigrantes cubanos

         Fidel recuerda que en 1979, “cuando el Papa visitó México, en el año 1979, tenía que hacer una escala en su regreso a Roma y Cuba le pidió que la hiciera allí, pero a su vez también se lo pidieron los ciudadanos cubanos de Miami, donde está toda aquella gente: los que cometieron horrendos crímenes y torturas en la época de Batista y pudieron escapar, todos los malversadores y los que robaron en este país. No voy a decir que toda la masa que está en Miami sea de ladrones y malversadores, pero todos los esbirros, malversadores y ladrones que pudieron escapar, están allí. Por eso, francamente, no nos gustó que el Papa, en aquella ocasión, no hiciera una modesta escala en nuestro país. Eso, desde luego, no predispuso nuestro ánimo para insistir o reiterar invitaciones al Papa”. Hago un paréntesis aquí porque Fidel olvida no la huida de esos cubanos a Estados Unidos sino, en muchos casos, la expulsión de ellos por parte de las autoridades que el propio Fidel mandaba.

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El Che y Fidel, en 1960

         Siguiendo con el libro Fidel y la Religión, Castro trataba siempre de introducir el mensaje revolucionario. Por eso, comentó: “Por lo que representa el Papa y por lo que representa Cuba, una visita de este tipo no se debe improvisar, no me parece que debe ser una visita común y corriente como a cualquier otro país, por cuanto Cuba simboliza un estado que lucha por la justicia social, un Estado que lucha contra el imperialismo. Es un país revolucionario, socialista, y en la actualidad está rodeado de circunstancias muy diferentes a las del resto de los países… Su visita, visita que nos honra, es un acto valiente, porque hay jefes de Estado y políticos que no se atreven a visitar Cuba porque tienen que tomar muy en consideración lo que piensan los Estados Unidos, o porque necesitan alguna ayuda del Banco Mundial o el Fondo Monetario, y eso obliga a tomar una decisión independiente que puede perjudicarles”.

         En aquella visita del Papa, quizá éste pudo entender a Fidel como se entiende a un antiguo congregante mariano que recibía ‘ejercicios temerosos’, y Fidel Castro entendería así a Juan Pablo II como se entiende a otro movilizador de grandes masas. Las palabras que sintetizan toda aquella visita fueron: «Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades, y que el mundo se abra a Cuba». El Pontífice se refirió a las dificultades que había tenido que enfrentar la Iglesia cubana para ejercer su magisterio, específicamente la falta de sacerdotes, y pidió «mayores espacios» para la Iglesia católica. Minutos antes, el presidente cubano había pronunciado un descarnado discurso en el que reiteró lo dicho muchas veces en su país: «Antes morir mil veces que renunciar a nuestras convicciones». Castro se refirió al embargo norteamericano contra Cuba y lo calificó de «genocidio con el que se intenta rendir por hambre al pueblo cubano». Comparó a los revolucionarios con los primeros cristianos y su martirio en defensa de la fe, y cargó contra la colonización y la conquista de América como uno de los orígenes de los males de su país y de todo el continente.

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El Papa Francisco I en Cuba, junio de 2015

“Morir mil veces antes que renunciar”

                Este era Fidel Castro o, mejor, aquel era Fidel Castro, un chaval listo y despierto, un joven abogado y posteriormente un líder aclamado por muchos y renegado por otros tantos, siempre carismático, personaje que estará en la historia del siglo XX como el revolucionario y dictador más reconocible en todo el mundo junto a Mao. Poco o quizá mucho tenga que ver con su en un tiempo “compañero”  Che Guevara. Este ya está en los anales de la máxima popularidad pese a los años transcurridos desde su asesinato en la lucha de Bolivia.

         ¿Qué quedará de Fidel castro después de muerto, con el tiempo y las circunstancia de otro futuro probablemente muy distinto al presente?… ¡Esa es la gran pregunta que a unos días de su muerte nos hacemos todos!… Más aún se la hacen los cubanos, muchos de ellos viviendo en Euskadi, como vascos viviendo en Cuba, y siempre cubanos y vascos queridos aquí y allí. También estos decidirán el futuro de la maravillosa isla del Caribe y su abierta, singular y admirada población. ¡Que sea para bien y en beneficio de los cubanos y de un mundo sea o no globalizado!…

                                      José Manuel Alonso, expresidente de la AVP-EKE

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