De los 400 años de Cervantes y Shakespeare a los 40 de José María Arizmendiarrieta

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Termina el año de las celebraciones, recuerdos y re-lecturas en torno al cuarto centenario de la muerte de los dos más grandes escritores de la historia de la literatura: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. De ellos se ha escrito muchísimo, se seguirá escribiendo tanto o más,  y podríamos escribir hasta aburrirnos. Sin embargo, vamos a despedirnos (es un decir) con una triple referencia: para Don Miguel, la referencia y el canto a la libertad, a la donación y, por tanto, también al amor; y para Mrs. Williams Shakespeare, a ese otro amor de fiebre que inspira en tierra que se enraíza como planta tras los aires de tragedia que vive el Reino, ahora no tan Unido, tras su desplante a Europa y al Mundo con el “Brexit”.

De dos genios escritores a un joven emprendedor

Cervantes y Shakespeare aportan una reiterada inclinación a introducir la libertad como un concepto operativo en la fabricación de la realidad literaria que prodigan con sus obras, especialmente en el Quijote el primero y en las tragedias el segundo. En Cervantes la libertad denota una modernidad avanzada, incluso un liberalismo temprano. En Shakespeare los ecos renacentistas se encuentran más matizados debido al peso de una herencia de clásicos antiguos: el griego Polibio, el primero que escribe una historia universal; el enorme prosista romano Cicerón; y los historiadores también romanos Tito Libio y Salustio… Eso y el conocimiento que tenía de la literatura política de su tiempo.

Como escribe José María Lassalle, para Cervantes, la libertad es acción y es positiva; para Shakespeare es resistencia y es negativa: un instrumento de reacción frente al destino o, si se prefiere, de reapropiación de éste a través del carácter humano en medio de sus flaquezas y culpas. En ambos la situación y las medidas coercitivas de su tiempo les sirvieron para romper con numerosos tabúes y eufemismos precisamente con el arma de la libertad. Lo veremos en Cervantes y podemos verlo en Shakespeare a través de la libertad sexual: sodomía, felación, prostitución, el sexo durante la embriaguez, el sexo entre mujeres, el sexo en soledad; incluso hay algunas visiones que aluden al dramaturgo, poeta y actor inglés como bisexual. No podemos obviar al referirnos a esta libertad sexual que a las mujeres se las prohibió pisar los escenarios en los siglos XVI y XVII bajo pena de muerte y los personajes femeninos fueron interpretados originalmente por hombres.

Mondragón y la idiosincrasia del trabajador vasco

Y, pese a que puede haber lectores que les parezca extraño porque lo es, vamos a conducirnos de los cuatrocientos años de la muerte de esos dos genios de la literatura a los cuarenta de otro genio, este en el mundo económico cooperativo, José María Arizmendiarrieta Madariaga (Marquina-Jeméin, 22 de abril de 1915Mondragón29 de noviembre de 1976sacerdote fundador de Mondragón Corporación Cooperativa, primer grupo empresarial vasco y el séptimo de España, que es a su vez el mayor grupo cooperativista del mundo presente en varios países de Europa, Asia y América.

En el año 1994 tuve la fortuna de conocer a José María Ormaechea, uno de los fundadores del grupo, además de trabajador y gestor, al que entrevisté para el libro “Maestros de Empresa” y valoro aquel encuentro como una gran fortuna profesional. A través de Ormaechea conocí la labor y la entrega del vizcaíno Arizmendiarrieta realizada entre los años 50 y 70: “Solo en aquel tiempo –comenta Ormaechea—y en aquel municipio histórico y solidario en el que se mezclaban el sentimiento nacionalista y socialista, un personaje como fue el joven de Marquina supo aprovechar las facultades del ser trabajador vasco, la idiosincrasia del trabajador vasco que podría definir como duro y emprendedor, amigo de la obra bien hecha y animoso para asumir responsabilidades en su empresa, en la que desea dejar la impronta de su trabajo cualificado”. Aquella extraordinaria labor realizada por el sacerdote vizcaíno nos servirá de recuerdo al cumplirse los 40 años de su muerte.

El Quijote libre y donante, modelo para los jóvenes de hoy

Detengámonos primero en los escritores universales y de los dos, en Cervantes y su obra. Reconozco mi debilidad por este escritor, lo que podría parecer algo normal si no fuera porque a él le he dedicado muchas horas de lectura e incluso me he permitido el lujo de cumplir algo que el mismo Cervantes lamenta en el prólogo de la Primera parte del Quijote: los sonetos. He escrito más de cien sonetos siguiendo la línea que me marcaba el texto de la obra universal del Quijote. Y es que, “la personalidad fascinante de Don Quijote –como apunta Mario Vargas Llosa— convierte a la novela en un canto a la libertad”, y con las dos partes de la obra cervantina nace la novela moderna.

Yo creo que Don Quijote, en su locura y en su cordura, es, sobre todo, dos cosas: libre (con nuevos conceptos sobre la libertad, hoy bastante mal entendidos) y donante, con esa frase tan única de “solo se tiene lo que se da”, y que es muy propio de esta tierra, y me remito a los datos de hace unos días con motivo del “Día del Voluntariado”: un aumento de las colaboraciones de los ciudadanos en la labor solidaria, que ha pasado del 8% el año pasado al 9,3%, llegando a los cuatro millones de personas. Repito: ¡cuatro millones de personas!. La población española ha incrementado su aportación en las ONG del 36% en 2015 al 38,1% este año, según un estudio de la plataforma, que indica que hay más personas que han decidido apoyar a alguna organización social, ya sea aportando dinero, llevando a cabo un voluntariado o ambas cosas. Este es el contraste, tan destacado en la obra cervantina, entre los que viven de amor entregados a los demás y los que se sirven de ellos para esclavizarlos y/o robarlos, y en medio de los dos: la picaresca… tan cervantina y de edad de oro, y de la que no es precisamente de oro, como la nuestra.

En España hay ¡cuatro millones de voluntarios!

El novelista: un prestidigitador de historias

Se ha dicho que toda la filosofía no es más que una nota a pie de página de Platón. Se ha dicho también que cualquier frase que uno crea que ha inventado la pronunció un chino hace muchos años. Y puede decirse que toda la prosa de ficción es una variación del tema del Quijote.  De tener que comparar a un novelista (hoy podría ser un guionista también) con otra profesión, esta sería –como nos enseñó García Márquez en una entrevista– la de prestidigitador de historias. Lo que ocurre es que el novelista suele ser muy malo con las manos porque toda la habilidad la tiene en el cerebro, en su prestidigitación verbal y en su rebeldía vital, articulando un mundo ficticio, que, guardando el semblante del mundo real, en verdad lo analiza y lo cuestiona. Es la fuerza de la verosimilitud, y es una historia que parece realidad auténtica cuando en verdad es su antítesis.

Y el maestro de todo eso fue Cervantes, cuya lectura lenta (eso, sobre todo lenta) fascina, enseña, es maestro a nuestro alcance, aunque se hayan cumplido los cuatro siglos de su muerte. Y, claro, la libertad que canta en la novela, es una proyección de la libertad creativa e imaginativa de su autor, Cervantes, un personaje irrepetible, como lo son sus protagonistas.

Un Cervantes que escribió esa novela única, sin par, de la que Dostoievski dijo:”No hay en todo el mundo una obra literaria más profunda y magnífica. Es la última y más grande expresión del pensamiento humano; es la ironía más acerba que el hombre ha sido capaz de concebir. Y si el mundo llegara a su fin y se preguntara entonces a la gente: “¿habéis entendido vuestra vida en la tierra, y a qué conclusiones habéis llegado?”, la gente podría señalar, en silencio: el Quijote”.

         El compromiso y la vocación de la libertad

Ese fue el Cervantes que escribió las frases más bellas dedicadas a la Libertad recogiendo, probablemente, una idea de Diógenes: “El único medio de conservar el hombre su libertad es estar siempre dispuesto a morir por ella”. Y se completa con otra de Orwell: “si la libertad significa algo, es el derecho a decir a los demás lo que no quieren oír” (¡Cuanto de esto hay entre Don Quijote y Sancho!) Y su propia ausencia de libertad –me refiero a la de Cervantes- durante gran parte de su azarosa vida, le pudo haber llevado también a aquella frase de San Pablo: “hermanos, vuestra vocación es la libertad”.

La libertad (y esto es lo fundamental a la hora de sentirla, reclamarla o defenderla) es el compromiso real y verdadero con valores inalienables que deben estar por encima de las convicciones ideológicas y partidarias. Debemos seguir luchando para que en ningún lugar y bajo ninguna circunstancia una persona prive a otra de alguno de sus derechos fundamentales solamente por tener una opinión distinta en el campo que sea, religioso, político o filosófico o social, e incluso de ocio.

Y vamos con la hermosísima frase, que es toda una tesis, y que habla por sí sola mucho mejor que yo, en el capítulo 58 de “El Quijote”. Imaginémonos a Don Quijote y Sancho cabalgando en caballo y burro mientras el hidalgo habla y al mismo tiempo enseña: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. (Por eso, como él lo ha vivido de lleno, Cervantes insiste en su obra que “no hay en la tierra contento que se iguale al de alcanzar la libertad perdida”).

El “evangelio” del Quijote, según Unamuno

Pero en la frase y en el libro se refleja también la dignidad de las personas. “En el evangelio del Quijote” -como dijo Unamuno- palpita la buena nueva de libertad y fraternidad humanas”. En el libro están reflejados lo que hoy conocemos por “derechos humanos”, El Quijote es una primera declaración de esos derechos.

Hay una bella y fundamental referencia directa al hablar de libertad aquí y en toda la novela y es la idea de donación, a la que ya hemos hecho referencia en honor a la actualidad. Es una referencia precisamente relacionada con el amor, con la comunión, con la solidaridad, con el cristianismo. A eso que se repite en El Quijote: “lo que por vuestra libertad he hecho”. “Yo velo cuando tu duermes, yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso y desalentado de puro harto”. Este sentido de donación está en toda la libertad y vida cervantina, y ha influido desde siempre en el comportamiento de los españoles, con su admirable ejemplo de las misiones o de los voluntarios o de los jóvenes de hoy en las ONG´s, y que se extiende en momentos puntuales y trágicos que ocurren casi todos los días y meses del año, y que puede extenderse al hecho de que somos la primera potencia en el mundo en donaciones de órganos y en adopciones de niños del tercer mundo.

Don Quijote cumple tanto esta donación que incluso da libertad a su caballo Rocinante cuando él la pierde (Capítulo XXV): “Libertad te da el que sin ella queda, ¡oh caballo tan extremado por tus obras cuan desdichado por tu suerte!”… Para Don Quijote, como para muchos jóvenes de ayer y de hoy, el sentido de libertad y de plenitud está en encontrar en cada uno su propia plenitud y su razón de ser en este mundo. Cervantes sabía muy bien de lo que hablaba: arriesgar la vida por la libertad, lo dijo quien puso la suya repetidamente en el tablero. Es también el “juicio y entendimiento” que aseguraba él son necesarios para escribir historias y libros. Cervantes sufrió la negación completa de la libertad, el cautiverio: pasó cautivo de los moros en Argel cinco años con su hermano Rodrigo, y las tres veces que estuvo en la cárcel en España por deudas y acusaciones de malos manejos cuando era inspector de contribuciones en Andalucía para la Armada, así como otros pocos días en la cárcel de Valladolid por un asesinato a las puertas de su casa, donde vivía con cinco mujeres, conocidas como “las Cervantas”. Todo ese cautiverio de años le abrió un apetito de libertad y un horror a la ausencia de esa libertad.

La libertad que se refiere Cervantes es la de la verdad. Eso que Juan Pablo II grito en Cuba recordando el Evangelio y que han gritado tantos otros: “la verdad os hará libres”. Eso lo demuestra el mismo Cervantes en su vida con aquel “yo he sido” culpabilizándose de los intentos de fuga en Argel, poniendo claramente en peligro su vida. Y es que Cervantes cree también en la ley y compromiso de la amistad, y cree a pesar de haber perdido a todos sus amigos. El escribe repetidamente “la ley de la mucha amistad” y lo agradable de tener “compañero en los más prósperos y adversos sucesos de la vida”.

La enseñanza vital: “sólo tenemos lo que damos”

Preguntado Francisco Rico, filólogo autor del texto “nuevo y definitivo” de El Quijote, cuál es la gran enseñanza vital de esa obra universal, responde: «La enseñanza vital es que sólo tenemos lo que damos; algo que uno siempre descubre tarde…». Y esta es una de las claves de la libertad de El Quijote: el confesar la verdad (“yo he sido”) y el donar y/o darse a los demás aún a costa de poner en grave riesgo su propia vida.

Del “confesar la verdad y sentirse participe de ella” hay una anécdota preciosa en mi vida periodística. Fue al conocer durante dos días para una larga  entrevista a la persona que más ganas de vivir y más amor a la libertad he conocido: Henri Charrière “Papillón”. Fue en abril de 1973, cuando presentó en Bilbao su libro “Banco”, el que escribió después del enorme éxito de su autobiografía también llevada al cine, y fue unos meses antes de su muerte en Madrid en julio de aquel año, después de una intervención para extirparle un cáncer de garganta. Le recuerdo compartiendo con él la promesa de que cuando iba por primera vez a un lugar con cárcel rendía homenaje a sus “ex compañeros” dando una vuelta alrededor de la prisión. Pedí acompañarle y dimos varias vueltas alrededor de la cárcel de Basauri, mosqueando a la responsable guardia de la prisión porque ya era muy de noche. Y allí comentamos el “yo he sido” cervantino. “En esa confesión –me decía Papillón- del que ha intentado huir y le han cazado como a Cervantes está al mismo tiempo la nueva reivindicación de la libertad y más cuando sabes de tu inocencia; lo que equivale a decir: “yo ejerceré mi libertad pese a quien pese y cueste lo que cueste”; y te sientes libre incluso para volver a intentar escapar de la cárcel. Las situaciones reales pueden, angustiosamente, reducir la libertad, pero no anulan nuestra condición libre que mantendremos siempre, mientras vivamos”.

Papillón en Bilbao y Basauri, año 73, recordando el Quijote

Por eso Cervantes hará decir a los suyos, a sus protagonistas: “tu mismo te has forjado tu ventura”, “por la libertad, aventura tu vida, dala si es preciso”. Una libertad siempre tolerante y abierta, nunca dogmática, salvo en la reivindicación misma de la libertad. Y además (y es aún más asombroso) que lo haga en una España de finales del XVI y principios del XVII, totalitaria, cerrada, intolerante, amenazante, dominada por un poder, tanto en Madrid como en Valladolid, por cuyas calles paseó el propio Cervantes. Hay una pregunta que seguimos haciéndonos algunos: ¿Qué significa que quien sabía que la locura no es sino la nada, el hueco, lo vacío, afirmara que solamente en la locura reposa el ser-moral del hombre?…

Del amor y de las mujeres en la obra cervantina

Pocas veces se habrá dado una afirmación tan enérgica y constante de la libertad como en Cervantes, en su poesía, en el teatro, en las novelas ejemplares, en el Quijote, en el Persiles… Pero es que además lo hace ligándolo a la aventura de la propia vida y al amor, que debería, aplicando la libertad, ser menos aventura. La idea de que el amor no se puede impedir, no se puede contrariar, ni se puede imponer, y si se hace las consecuencias son nefastas y siempre se pagan. El verdadero amor es la forma suprema de la libertad, y es el destino que se acepta libremente. Lo manifiesta en “El celoso extremeño” o en el entremés “El viejo celoso”, las dos versiones de una misma historia. Y en El Quijote se formula una teoría de la libertad en la mujer relacionada con el amor en maravillosos episodios (…)

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Mujeres del Quijote, mujeres de Cervantes

Las mujeres de “El Quijote” son mujeres extremadamente seguras de ellas mismas, toman libremente sus propias decisiones y tienen libertad, incluso, hasta para equivocarse. Está la pastora Marcela (Capítulo 14), que se define con una fórmula espléndida: “fuego soy apartado y espada puesta lejos”; y en un pasaje admirable dice cosas esenciales como “el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso”; “yo nací libre y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos”; y está la que en plena boda de Camacho (Capítulo 21) cambia del rico al pobre ateniéndose a la lógica no cuantitativa; y está Claudia Jerónima (Capítulo 60) en la que Cervantes personaliza su concepción de la libertad de la mujer con límites tan amplios que incluso cabe el error grave: en las montañas que rodean a Barcelona, la bellísima Claudia vacía en el pecho de su novio un fusil y dos pistolas porque, equivocada, cree que se va a casar con otra; mueren en abrazo de amantes…

La quema de libros, censura que se ha repetido a lo largo de la historia

Hay otros cánticos a otras libertades. Hay un primer recuerdo a la libertad de expresión que me gustaría señalar por ser una libertad tantas veces defendida por quienes nos dedicamos a escribir y contar lo que pasa en situaciones difíciles como es siempre el momento que se vive. Es el capítulo del escrutinio y la quema de libros (Capítulo VI) que hacen el cura y el barbero, con su sobrina, que no sólo es el reflejo de la primera pragmática de Felipe II sino también una irónica farsa de lo que era la Inquisición. Al final de la “limpieza” y fuego “purificador”, Cervantes dice: “Cansóse el cura de ver más libros, y así, a carga cerrada, quiso que todos los demás se quemasen”. Es imposible encontrar más implacable dureza y sutileza en esta crítica a la labor inquisitorial del cura. Y en todo caso, Cervantes a través de su Quijote reclama los libros que a él le gustan, no los que le impongan los demás, y a esa es la mínima libertad a la que puede aspirar una persona. El Quijote es todo un repaso a la actitud de la Iglesia y el Poder de entonces sobre la libertad de expresión, los libros y la literatura.

Es tan grande la defensa de Cervantes por la libertad y el gusto por leer que (con ese sentido de donación ya apuntado) dice: venga conmigo a mi aldea, que “allí le podré dar más de trescientos libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno, merced a la malicia de malos y envidiosos encantadores”, y es tan grande el canto por la lectura que en la hora de la muerte (Capítulo 74 y último), cuando Alonso Quijano el Bueno, que había dejado de ser don Quijote, iba a dictar testamento, hace también una sincera confesión de sus creencias en esa libertad de leer: “Yo tengo el juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías (…) y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros (libros) que sean luz del alma”.

¡Aquellas vidas pedidas en defensa de la libertad!

Ya sé, ya sé, me dirán ustedes, que ha habido cambios notables en formas de vida desde El Quijote a hoy, como los ha habido y ahora veremos desde William Shakespeare,  que han hecho variar algunas situaciones hacia la pérdida de libertad. Es cierto, pero, en todo caso, ninguna de esas pérdidas o ganancias han impedido el que sigan valiendo todas las expuestas por Cervantes y Shakespeare y de ahí su plena actualidad pese a los cuatrocientos años sin ellos. Y para dar paso al dramaturgo inglés, me gustaría, amigo lector o lectora, que hicieras conmigo un leve ejercicio mental, de recuerdo de los muchos que nos han precedido en esa máxima de “por la libertad, aventurar la vida”, incluso de aquellos que aventuraron tanto la vida que la perdieron porque se la quitó precisamente la ignorancia del valor de la libertad misma que se tradujo en guerra o violencia o abuso o imposición o mando… Estoy seguro que recordaremos a familiares (directos, indirectos y circunstanciales o políticos) y amigos (también directos o íntimos, indirectos y circunstanciales). Ejemplos tenemos todos y muy cercanos, los recordamos a título personal como homenaje y punto …

Shakespeare: libertad, palanca reactiva, “ser o no ser”

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William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, c. 26 de abril de 1564 – 23 de abril / 3 de mayo de 1616) dramaturgo, poeta y actor inglés, conocido en ocasiones como El Bardo de Avon (o simplemente El Bardo), considerado el escritor más importante en lengua inglesa y probablemente el más célebre de la literatura universal, fue quien expresó mejor la complejidad psicológica del ser humano, desde las tragedias y comedias griegas.

La cuestión del poder aparece en casi todas las obras de Shakespeare, tramas de reyes, príncipes, luchas de gobierno, “agonías sucesorias”, traiciones, conjuras… “el poder es sustancia pegajosa y peligrosa capaz de deformarnos hasta hacernos psicópatas”, y más concretamente: “el poder corrompe”.

Recuerdo al respecto un artículo de ‘nuestro’ Manu Leguineche titulado “Medio siglo en el mundo de esperanzas defraudadas”, con una primera cita del “Julio Cesar” de Shakespeare: “¡Oh, discernimiento, huiste hacia las bestias salvajes y los hombres han perdido la razón”. Palabras, palabras, palabras, decía el propio Shakespeare, sí, ¡pero qué palabras tan llenas de historia, de vida, de amor y desamor: “… y la alondra da al éxtasis del alba / su canto que destroza a los amantes / Esto es lo que llamamos inocencia”. Y es que “quien l probó, lo sabe”… O aquello de “el espejo al borde del camino”, que dijo Shakespeare en Hamlet antes que lo dijera Stendal… Verdades como puños, incluso con venganzas y muertes… Repetimos: “el poder corrompe”… Pero vayamos con calma, que este bardo es tan universal, tan amplio y tan complejo como muchos de sus personajes…

“Se fiel a ti mismo”, la honestidad y responsabilidad

Esos hombres a los que el dramaturgo pide que le den lo mismo que a Ariel en La Tempestad: “mi libertad”. Y pide también “honestidad”, algo que suena a Kant y al viejo aforismo que Shakespeare pone en boca de Polonio, el escudero de Hamlet: “Sé fiel a ti mismo”. José Luis M. Albertos, aquel maestro y redactor-jefe del “Correo”, escribía en 1962, en “Nuestro Tiempo”, un artículo titulado: “La objetividad deja paso a la honestidad”, en el que escribía: “el hombre debe ser fiel a unos postulados elementales de sinceridad consigo mismo para poder llegar a ser, algún día, sincero, leal y honesto con sus prójimos”. Y añadía, refiriéndose a los periodistas: “estos profesionales de la información deben procurar ser objetivos, aunque saben que difícilmente lo lograrán. Todo periodista, consciente de su función social, debe ser irreprensiblemente honesto en sus apreciaciones, y humildemente honrado en su tarea de comunicar a los demás como son las cosas que acaba de ver o conocer con sus propios ojos”. En definitiva, los periodistas debemos ser honestos, es decir, fieles a nosotros mismos, a nuestro compromiso con los demás.

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En Shakespeare se destacan las obras que tratan de los reyes ingleses, como las de Ricardo III y de Eduardo VI por ejemplo, o las de reyes o gobernantes de otras tierras: Macbeth (Escocia), Hamlet (Dinamarca), El Rey Lear, Julio César; e incluso en Otelo (comandante en Chipre). Pero destacan también otros muchos personajes con ambiciones desmedidas o carencia e incluso exceso de escrúpulos o de temores…Todos ellos dan paso a otros, por ejemplo, los cobardes, como se dice en Julio Cesar: “un cobarde muere mil veces antes que su muerte”. Y siempre conviene huir de la ingenuidad, la misma que perdió al Rey Lear: “En cuya necia honradez cabalgan bien mis intrigas”, que afirmaba cínicamente en la misma obra el personaje Edmundo.

                   La vida, la felicidad, las palabras, el teatro…

 ¡Ah, la vida! Una vida que puede ser “un cuento narrado por un idiota”, una vida de la que para Shakespeare “el mundo es un teatro y todos los hombres y mujeres no son más que actores de él, y hacen entradas y salidas constantemente”… Y en el teatro, como en la vida, abundan “palabras, palabras, palabras” (Hamlet) y es que las palabras no tienen dueño, pertenecen a todo el mundo, aunque Shakespeare sea el mejor escritor al inyectar adjetivos porque acierta siempre, y si no tiene el adjetivo adecuado, se calla: “Sería muy poco feliz si pudiera decir hasta que punto lo soy”…

En cuanto a la libertad, en el dramaturgo inglés, según J. M. Lassalle, “se muestra más bien como una especie de palanca reactiva que permite al individuo, atrapado por una infinidad de límites que constriñen su voluntad, reasumir anímicamente su destino”. Algo que confirma Hamlet en su famoso monólogo cuando debate acerca de “Ser o no ser, de eso se trata: / si para nuestro espíritu es más noble sufrir / las pedradas y dardos de la atroz fortuna / o levantarse en armas contra un mar de aflicciones / y oponiéndose a ellas darles fin.” La libertad existe en Shakespeare, aunque cercada por amenazas y obstaculizada por mil dificultades: es frágil y débil, poco confiable y huidiza…, una trinchera de dignidad que ha de enfrentarse a las tempestades de acero de la fortuna y del poder…

El “Brexit”: mentiras, engaños… algo huele a podrido…

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La ambición personal de Cameron, sacudió al mundo

Para despedirnos del cuarto centenario de la muerte de este bardo inglés, nada mejor que hacerlo refiriéndonos a la actualidad, al “Brexit” (salida del Reino Unido de la Unión Europea) y al “after-Brexit”, porque ambos bien podría construirse con citas de Shakespeare, al que los políticos y comentaristas del mundo han recordado en distintas obras y personajes. Traiciones, odios personales, envidias, ambiciones… todos los ingredientes que tan hábilmente manejó el genial dramaturgo y que están presentes en los episodios políticos desde que el entonces primer ministro Donald Camerón, por torpeza, cálculo erróneo e interés político personal (por cierto, en sus nombres de pila está el de David, vencedor de Goliat), convocó un referéndum innecesario que ha precipitado al Reino Unido y al proyecto de integración europea en la peor crisis después de la segunda guerra mundial.

Precisamente el destape posterior, con el “after-Brexit”, de mentiras, engaños y medias verdades nos tare a la memoria una de las más famosas frases de Hamlet: “algo huele a podrido”… En el “Brexit”, como se ha dicho, está la traición de los villanos de Shakespeare”… Y muchos son los que se arrepienten ahora y buscan alguna otra salida que remedie lo irremediable. Pero, también, como en los personajes de Shakespeare, nadie se fía de nadie y todos quieren ganar, incluso los perdedores…

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Manifestación en Londres contra el Brexit, después del Brexit

No es la primera vez ni será la última que ante un acontecimiento político, generalmente negativo, en los discursos y/o comentarios salta el Shakespeare que, sobre todo los británicos (pero no sólo los británicos) llevan dentro. Abraham Lincoln, primer presidente republicano en EEUU, recurrió a Las alegres comadres de Windsor y al Sueño de una noche de verano durante las etapas más crudas de su mandato, pero también se leyeron varios pasajes de La Tempestad tras el asesinato del presidente Kennedy y otros de Enrique IV en el funeral de Margaret Thatcher. Incluso el primer soliloquio de Hamlet ha sido repetido mil veces y lo es ahora para ilustrar el desconcierto del “Brexit”: To be or not to be together, tal y como “tuiteó” el presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk, al conocer esa inesperada decisión de los británicos en el referéndum.

Todo cuando está ocurriendo en el “after-brexit” no debería sorprendernos por dos razones fundamentales. Una, el Reino Unido es la única gran zona de Europa que no ha sido nunca invadida por otros pueblos o estados, y siempre se ha opuesto (con armas o sin ellas) al dominio exterior, y ha temido la posibilidad de ordeno y mando ajeno, y más aún si son veintisiete los estados que forman la Unión Europea. Dos, pese a la respuesta masiva de las personas adultas, sobre todo las que conocieron otros tiempos dramáticos, la escasa participación de los jóvenes, que ahora son –junto a Escocia e Irlanda del Norte, donde la permanencia en Europa ganó con rotundidad— los que, sin un análisis de conciencia, acusan a sus padres y abuelos de haberles mutilado su futuro…

Se ha llegado a comparar a Donald Trump con Macbeth

Las descalificaciones que han proliferado tras el Brexit han sido de momento, además de la caída en picado de la libra y de las dimisiones de algunos, “palabras, palabras, palabras”, palabras relacionadas con la “locura”, la “eurofobia”, el “eurocidio”, etc… Se ha dicho incluso que en los personajes de Shakespeare había un precedente claro de la respuesta al referéndum: “no habían sido queridos, amados, lo que de alguna manera le servía al escritor para justificar sus errores e incluso sus crímenes”. Lo que es evidente en el mundo en que vivimos es que los referéndums ya no los gana el que los convoca y menos si previa a esa consulta no se hace un estudio serio. A ninguna multinacional en el mundo se le ocurriría lanzar un producto, una campaña de publicidad o cualquier otra iniciativa de importancia sin antes estudiar las posibles respuestas del público. Desde luego, los que abogaban por la permanencia de Reino Unido invocaron la universalidad del Cisne de Avon y compararon el resultado del referéndum con la mismísima tragedia del Rey Lear. Además, por si fuera poco, estos europeístas tuvieron que ver cómo el cabecilla de la campaña por el Brexit casi publicaba una biografía libre de Shakespeare.

Y es que Shakespeare y sus personajes han servido incluso para explicar la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, porque en la campaña del aspirante republicano a la Casa Blanca se mostró como “un perfecto Macbeth: siempre quejándose, siempre queriendo más poder y aprovechándose de los miedos de los demás”

Termino con una frase del autor, director y dramaturgo inglés Steven Berkoff, al que siempre se le recordará por sus papeles de malo en el agente torturador de “La naranja mecánica” (1971) de Stanley Kubrich o al que le hace la puñeta a James Bond en “Octopussy” (1983) o a Rambo, y que ha presentado en el Festival Internacional de Almagro una pieza titulada “Villanos”, advirtiendo que su teatro intenta siempre “morder la yugular de la sociedad británica”. En “Villano”, Berkoff encarna a Yago, el confidente que odia a Otelo; a los malvados reyes Ricardo III y Macbeth; y al judío Shylock de “El mercader de Venecia”, entre otros personajes de Shakespeare: “Hay una conexión fascinante entre los personajes del dramaturgo inglés y los políticos responsables del resultado de la consulta, la naturaleza de la traición está en ellos.Boris Johson (exalcalde conservador de Londres), Nigel Farage (exlíder del antieuropeo UKIP) y los asesores de Cameron han sido buenos Yagos (…) y aunque los protagonistas del Brexit han hecho mutis por el foro dimitiendo, en las obras de Shakspeare y en la vida real, los villanos suelen acabar mal, aunque siempre hay excepciones y una de ellas fue Franco, que sobrevivió hasta el final”…

El “obrero”, protagonista en Mondragón tras la guerra civil

La guerra civil había terminado en España en abril de 1939 y poco después, en septiembre de ese mismo año, se creaba la Escuela de Aprendices de la Unión Cerrajera Mondragón. Su presidente, Ricardo Oreja, se expresaba así en el discurso de apertura: “El obrero como el médico, como el abogado, es obrero durante algunas horas del día, pero es hombre todo el día y toda la vida…  Es preciso educar íntegramente al obrero si queremos evitar la repetición de la catástrofe que hemos padecido”

Dos años más tarde de crearse la Escuela de Aprendices (con doce alumnos) llegó a Mondragón José María Arizmendiarreta, un joven sacerdote vizcaíno nacido en el Barrio de Barinaga, de Marquina-Jeméin, el 22 de abril de 1915, y que en los primeros años estudió en la escuela rural costeada por los vecinos del barrio. A los 12 años acudió al Seminario Menor de Castillo Elejabeitia manifestando enseguida su fe inquebrantable y el gusto por la creación y la literatura. Filosofía y Teología estudio en el Seminario Conciliar de Vitoria, con preceptores como Joaquín Goikoetxeandia que le inculcó un lema: “Ser sacerdote, siempre y en todo sacerdote” y con ese lema se consagró a la vida por los demás y encontró trabajo en el periódico “Eguna”, portavoz del Gobierno Vasco creado en octubre de 1936. José Miguel de Barandiarán y Manuel Lekuona le guiaron sabiamente en el renacimiento de la cultura euskaldun…

La sencillez y la entrega a los demás, grandes virtudes en Arizmendiarreta

Arizmendiarrieta y la insólita “experiencia cooperativa”

En 1941, a los dos años de crearse la Escuela de Aprendices, llegaba a Mondragón José María Arizmendiarrieta. Tenía unos diez o doce años más que aquellos jóvenes apéndices, es decir, 26 años, pero la distancia emocional percibida era muy superior. Fue nombrado coadjutor del pueblo y consiliario de Acción Católica. Con su insistente mensaje de “hacer el bien”, rápidamente captó la voluntad de todos. Hacía cosa nuevas. Hablaba de justicia social y de la necesidad de reformar las estructuras. Huía del modelo tradicional de establecer las relaciones sociales, entendido peyorativamente por paternalismo. Desplegó una vida activa llena de ambiciones e inquietudes, a la que no fue difícil atraer a aquella pandilla de jóvenes de una Mondragón cuya población, cercenada por la contienda civil, apenas llegaba a los 9.000 habitantes, hoy tiene más de 22.000, sin contar su entorno de influencia, además de la movilidad que genera su actual Universidad y su dedicación a la enseñanza.

Arizmendiarrieta seducía por sus penetrantes mensajes: “Nadie puede hablar con tanto derecho y con tanta propiedad sobre la dignidad del trabajo como nosotros los cristianos”. Su charla diaria en la Escuela era el lugar preferente y en donde “pensaba en voz alta” sobre aquellos años de postración social y al borde del hambre patológica porque no había que olvidar que tras la guerra civil y con la II Guerra Mundial se produjo en toda España un régimen de escasez de alimentos: faltaba el pan, el aceite, las legumbres y la carne.

El mensaje, la influencia y el sentido utópico que José María Arizmendiarrieta dio a sus propuestas, aparentemente irrealizables, que a la gran obra emprendida se le llamó “experiencia”, quizá por temor a que se quedara en eso, en una simple experiencia o experimentación. Nadie, salvo el mismo Don José María (así se lo conocía) creyó o imaginó en lo que sería esta enorme y ejemplar Experiencia Cooperativa de Mondragón.

“Vivir según los dictados de la razón y de la fe” (1943)

En octubre de 1943, en el “Aleluya” que enviaba a los jóvenes obligados a realizar la “mili”, decía: “La vida es como un perfume o un aroma, que una vez que se disipa no se puede volver a concentrar o recuperar. ¿No voy a fijarme como lo invierto?… ¡Hay que vivir!, os diré ampliando una frase de Ramón y Cajal, hay que vivir, no conforme a los impulsos de la naturaleza, según afirmaban los estoicos y el sistemático Rouseau, sino conforme a las normas de la ciencia y del arte, que son también en definitiva mandatos de la naturaleza esclarecida y depurados por el conocimiento de sí mismos. Hay que vivir según los dictados de la razón y de la fe, que aclara y perfecciona la ruta semi-alumbrada de la razón. Sed hombres y sed cristiano”

Progresivamente se fue creando en el entorno de Don José María un clima inconformista, al tiempo que la juventud desarrollaba una vida muy activa, según se desprende del libro completo e interesante escrito y publicado por José María Ormaechea en febrero de 1991. Pese a ese clima, el P. Arizmendiarrieta nunca se dejó abatir por el mejor o peor impacto que pudiera producir sus formas e iniciativas, aunque él las cuidara en su relación de forma exquisita. Ni era un gran orador ni se dejaba arrastrar por el lirismo y la retórica, pero sus ideas no coincidían con las de la Unión Cerrajera, ideas vertidas en las aulas de la Escuela de Aprendices, que iban a la postre a desencadenar una tensión cuyo resultado final fueron, afortunadamente para todos, las empresas cooperativas.

Corría el año 1946 y tres años antes Arizmediarrieta  había creado prácticamente la Escuela Profesional que iba a proveer la formación necesaria para aprobar año tras año los cursos de mecánica, química y electricidad, y hacerlo sin abandonar los puestos de trabajo, llegando a elevar los conocimientos de los alumnos al grado de Peritos Industriales. Era el momento de iniciar planteamientos nuevos soportados progresivamente en una madurez social e industrial ininterrumpida. Entre el estudio, el trabajo y ciertas escaramuzas sociales, transcurren intensa y plenamente los días y los años previos a la creación de la primera empresa cooperativa y para ello se organizan cursos especializados para estudiar las pautas de conducta sobre cuál debe ser el modelo de empresa ideal.

Primeros estatutos de los Talleres Ulgor (1959)

 Hubo que esperar a marzo de 1959 para que fuesen aprobados los primeros estatutos de “Talleres Ulgor Sociedad Cooperativa Industrial”, una vez hallado el sistema cooperativo como el más idóneo para lograr las máximas consideraciones a la libertad y a la personalidad de los trabajadores, renunciando incluso a los privilegios que se tenían entonces para hacer así posible la cooperativa. El nombre de Talleres Ulgor respondía al acróstico formado por las iniciales de los cinco apellidos de los pioneros de la experiencia: Usatorre, Luis; Larrañaga, Jesús; Gorroñogoitia, Alfonso; Ormaechea, José María; y ORtubay, Jesús.

La idea de don José María era tan clara como sencilla: “el mundo obrero no creerá en la doctrina social de la Iglesia si no la ve encarnada en la realidad de sus obras sociales”. Y añadía: “La fórmula cooperativa requiere que la actividad humana comparta e implique unos valores humanos superiores, por lo que el trabajo, el capital y la organización no son sus fines en sí sino medios para servir mejor los intereses humanos”.

Ormaechea, el mejor conocedor de la Experiencia Cooperativa de Monragón

Libertad, justicia social… y conciencia participativa

Pocos años después, cuando la idea cooperativa va cogiendo cuerpo y ampliándose en otras empresas y especialidades, don José María señalaba la “nueva conciencia social, cuya primera faceta era la de la libertad: Una conciencia de libertad, no solamente formal sino real, que como tal requiere encarnación en realidades económico-sociales. La segunda conciencia social era la “justicia social”, inductora en primera instancia de un nuevo régimen de solidaridad y orden social. La tercera, la “conciencia de desarrollo”, con la exigencia de la movilización de los recursos potenciales, trabajo y ahorro. Y la cuarta y definitiva, una “conciencia participativa”, que, aceptada la necesidad de la escala organizativa, requiere un control y una acción democrática para que el hombre no quede aprisionado en la misma.

De todo esto cuanto hemos señalado, lo aprendimos y desarrollamos con  ocasión del libro “Maestros de Empresa” gracias a la entrevista con don José María Ormaechea, que, además del autor de numerosas obras relacionadas con el insólito fenómeno cooperativo en Mondragón y conocedor de la extraordinaria obra de Arizmendiarrieta, creador de la “experiencia”, fue, como hemos dicho,  uno de los cinco fundadores de ULGOR (primera piedra industrial de la experiencia cooperativa, germen de otras industrias), director y alma mater de Caja Laboral, presidente del Consejo General de MCC (Mondragón Corporación Cooperativa, hoy corporación Mondragón), promotor de la Escuela Politécnica, de numerosas empresas y centros tecnológicos, vicepresidente de la SPRI

En ese libro señalado, José María Ormaechea, entre otros muchos recuerdos de aquellos primeros años de esta gran obra, subraya el valor de la utopía en Arizmendiarrieta: “Don José María, hasta su muerte (29 de noviembre de 1976), supo hacer realidad muchas de sus propuestas utópicas. El creía en la utopía. Creaba utopías que luego las ponía en marcha. Esa era la clave. Como dice un pensador: la utopía no se cumple porque nadie la inicia y de esa manera no se sabe si se puede alcanzar”. El padre Arizmendiarrieta iniciaba las utopías. Entre las quince o veinte que pudo soñar, cumplió algunas aunque todas las echó a andar. Esa fue su gran dimensión: haber conseguido realizaciones que para todos nosotros eran inalcanzables, y haberlas conseguido con medios mucho más modestos que los que ahora tenemos”.

“Eskuz esku, buruz buru, indarbarriturik”…

         Siempre se ha recordado el último escrito de don José María Arizmendiarrieta, que comienza: “Eskuz esku, buruz buru, indarbarriturik”… Mano con mano, mente con mente, renovados, unidos en el trabajo, por medio del trabajo, en nuestra pequeña tierra crearemos para todos entornos más humanos y mejoraremos esta tierra… En nuestra nueva igualdad insertaremos la aldea y el pueblo, el pueblo y todo lo demás: “Siempre adelante”… Nadie siervo o señor de nadie, solamente todos para todos, hemos de aceptar en nuestras funciones nuevos comportamientos… Esa será nuestra unión humana y progresiva, la que puede levantar el pueblo”

         Concluyo con ese canto y ese recuerdo de cuarenta años sin el genio que ideó “La Experiencia Cooperativa de Mondragón” basándose en la libertad y en la solidaridad; y cuatrocientos años que dos genios de la literatura idearon textos repletos de sabiduría y de libertad que perduran y perdurarán en nuestros días. ¡Loados sean estos tres grandes personajes!…

                                      José Manuel Alonso, expresidente de la AVP-EKE

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