Ochenta años sin / con Unamuno

El pasado 31 de diciembre se cumplieron los ochenta años de la muerte de un intelectual muy bilbaíno, honesto, claro, rector de una de las Universidades de más prestigio en Europa, el vasco más universal con Ignacio de Loyola (“la inteligencia de mi raza es activa, práctica y enérgica”), literato tan comprometido contra la corriente de la historia que lo llevó al exilio y a la cárcel en dos oportunidades. A Don Miguel de Unamuno le llegó la hora de la muerte (“el fatal ladrido”), en plena guerra civil y junto al brasero de su casa salmantina.

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Miguel de Unamuno y Jugo, visto por el genial Ramón de Zubiaurre

            Don Miguel era un bilbaíno de ría con dos márgenes (“no soy partido, soy entero”), pero tan entero que hizo frente a lo que le estaba reservado: una bala en acto oficial y público en Salamanca, con el legionario Millán-Astray, y del que salió herido de guerra y del alma. Unamuno fue un Dante tan aclamado como perseguido, al que no le dolían los calificativos señalados por el mismo: “escéptico, pesimista, anarquista, destructor, contradictorio, poeta cursi, filósofo triste, político lamentable…”

            Don Miguel define, en “Recuerdos de la Niñez y la Mocedad””, sus primeros años en Bilbao como esos “años que tiñen con la luz de sus olvidados recuerdos toda nuestra vida, recuerdos que aún olvidados siguen vivificándonos desde los soterraños de nuestro espíritu, como el sol que sumergido en las aguas del Océano las ilumina por reflejo del cielo” Y añade: “No pueden sentir a la patria aquellos a quienes sus padres les trajeron de la ceca a la meca cuando eran niños”. Don Miguel era un corazón tierno y abierto que se forjó a golpes de martillo,  fiel a su propia fe, la de “crear lo que no vemos,  y volverlo a crear”, que vivió en plena crisis del 98 entre la recia prosa de un inmenso pensador y artista, con sueños dramáticos (Fedra, El Otro), con sus “nivolas” que daban prioridad al contenido y a la “intrahistoria” antes que a la forma y a la historia en sí mismas (Niebla, Abel Sánchez, Amor y pedagogía, La tía Tula, San Manuel Bueno mártir), sus ensayos nerviosos y encrespados (Qué es la fe) o inmortales y poéticos (El sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo, Vida de Don Quijote y Sancho), y sus espléndidos y personalísimos poemas, que –como escribió el escritor argentino Óscar Portela (1940-2014)—“arden aún como vivac en el desierto y desprecian los preciosismos literarios, sin que por ello don Miguel se negara a dialogar y dejarse influir por los poetas más jóvenes, como Jorge Guillén (1893-1984)”, el poeta del destino, del “absoluto presente”…

“Creyente en la justicia y la libertad”

            El 31 de diciembre de 1936, casi cuatro meses antes del bombardeo de Gernika (26 de abril de 1937), de donde era Concha, su firme esposa y amada mujer, moría Unamuno, un hombre – según dijo él mismo y atestiguan quienes lo han estudiado en el mundo entero – “creyente en la Justicia y en la Libertad”. “En la Justicia, con valentía para estar dispuesto a aceptar el castigo o rectificar, reconocer las razones del otro o censurarlas”. Y creyente en la Libertad, “pues la gozó proclamando la verdad frente a los embelecos programáticos” o las armas de fuego de la ceguera militar. Un hombre –del que se decía– que ha venido al mundo más a poner dificultades que a resolverlas, porque: “hay quienes supuestamente se dedican a resolver problemas, como los políticos, ¿y no ha de haber quién se dedique a probar que no están resueltos y acaso que son irresolubles?… Yo disuelvo los problemas, no los resuelvo… Yo canto algunas verdades aunque se pierdan en el desierto de una sociedad en declive… ¿Que soy contradictorio?… Pues claro, el hombre es un nexo de contradicciones, y por eso vive y obra; la contradicción es fuente de la vida… Y cuanto más enardecido me siento, más ansia tengo de acción, de acción interior. Viene uno y me canta al oído aquel verso de Machado (1875-1939): Que las olas me traigan y las olas me lleven, / y que jamás me obliguen el camino a elegir”…

                        Siempre vivo, crítico, siempre polémico

            No acabaríamos nunca de definir y de interpretar a Unamuno o lo podríamos definir en dos palabras: Un inmenso intelectual, puro y contradictorio. Pero en un caso o en otro habría quien no estaría de acuerdo. Esa es una de sus grandezas y de su actualidad permanente. Siempre vivo, siempre polémico, siempre crítico, siempre intelectual, con ese espíritu de con-vivencia en la verdad. “¿No ves que mi misión – escribía – es decir la verdad de lo que muchos creen y no se atreven a decir ni a sí mismos?”. Esta fue su lucha agónica, apasionada con fondo de amor; y una preocupación constante: su afán de no morir del todo. Razón tenía y re-escribía: “Cuando me creáis más muerto, retemblaré en vuestras manos… Cuando vibréis todo enteros al leer alguno de mis libros, soy yo, lector, que en ti vibra”, porque es como él decir, “prefiero un libro que hable, sienta y ame como un hombre que un hombre que hable, sienta y ame como un libro”… Y todo eso lo ha conseguido a través de sus muchos amigos lectores, “aquellos de quienes soy…”, como soy yo mismo, el que esto firma…

            Sigo siendo unamuniano porque mi vida, en gran parte, ha tenido distintas etapas unamunianas, como la de todos aquellos que nacieron, que nacimos, en la post-guerra y que en el estudio, en la lectura y en la vida nos encontramos con la prohibición expresa del genial bilbaíno, despertando en nosotros el interés y la admiración por su lectura y después por sus enseñanzas. Y soy personalmente más unamuniano por mi propia actividad y profesión que me sirvió para despertar en mí un sentido crítico de cuanto ocurría, comprender ese “bronce cruel de la visión desierta”, porque el periodismo no está tanto en el sol, la alegría, el gozo, el amor y la luz sino, como poetizaba el propio Unamuno desde Hendaya (1926), está en las “lágrimas, en la lluvia, viento y sombra que hacen la vida”… A Unamuno incluso le debo algunos reconocimientos con varios premios que llevan su nombre y que luzco con orgullo.

Escritor censurado y mal estudiado

            Unamuno se estudiaba en la literatura del Bachillerato como un autor más de la Generación del 98, se le identificaba con alguna de sus novelas, se permitía –tal vez debido a su complicación y falta de compaginación con otras obras- su poesía y una pequeña parte de su teatro. Sus artículos, prólogos, cartas y sobre todo ensayos no aparecían publicados o estaban prohibidos. Pero lo más exacto es dejar hablar al catedrático donostiarra y “discreto liberal” Paulino Garagorri (1916-2007), fiel analizador, comentarista y publicitas de la obra de Unamuno:     “La censura entonces vigente obstruyó su renombre y, máxime, tras su inclusión en el Index librorum prohibitorum de la Iglesia Católica Romana, y por la simbiosis establecida entre la Iglesia y el Estado español, sus obras principales – Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo – tuvieron legalmente excluida su impresión y circulación en España. Así pudo ocurrir que entre la quinta edición Del sentimiento…, en 1938, y la aparecida (a mi cuidado) en 1965, durante casi treinta años, ese libro, sin duda una de las más grandes creaciones literarias de la lengua española en nuestro siglo, no figuraba en las librerías al alcance de sus posibles lectores. Y no olvidemos tampoco el dato de que entre su primera edición, en 1913, y la segunda, en 1928, tuvieron que mediar tres lustros, en los cuales, además, su autor anduvo un tiempo desterrado, aunque cerca”.

Prohibición y castigo

            Entre los estudiantes de aquellos tiempos –década de los 50- raro fue el que no estuvo castigado y hasta expulsado de su colegio o escuela por tratar de leer en “secreto” a Unamuno. Eso lo viví personalmente porque el Bachiller lo ‘superé’ con los jesuitas, con los que tuvo algunas leves polémicas de distintas interpretaciones sobre la doctrina de Cristo. Pero Unamuno tampoco era bien visto en la Universidad, apenas alguno de sus libros o referencias a sus “ambigüedades o imprecisiones filosóficas”. Razón tenía Ortega y Gasset cuando anunció a la muerte de Unamuno: vendrán años de “atroz silencio”. Silencio impuesto, no sólo en la vida educativa o intelectual dominada por el poder político y hasta el de la Iglesia, sino también en los medios de información. Uno recuerda en aquellos años como estaba prohibido citar su nombre en diarios como “La Gaceta del Norte” y el “Ya”, o en las cadenas estatales de radio.

            Hay numerosas pruebas de cuanto digo, y ahí están las colecciones de los periódicos y el trato que se le dio incluso a aniversarios en los que se celebraban conferencias, actos o presentación de ediciones de libros sobre Unamuno y no aparecía prácticamente una sola referencia en los periódicos. El primer día de mi trabajo en “La Gaceta del Norte” se me advirtió, junto a la de otros escritores e intelectuales, de esa prohibición, pese a su condición de bilbaíno, lo que tampoco era de extrañar porque en ese tan querido periódico para otras muchas cosas compartía dos censores: uno de día y otro de noche, éste con las últimas pruebas de las páginas del diario.

La insólita soledad de “Soledad”

            José Luis Cano (1911-1999) escribía hace 21 años un artículo en “El País” que reflejaba una de esas persecuciones oficiales a Unamuno. Se trataba del estreno con el drama inédito de don Miguel titulado “Soledad”. Era el 25 de noviembre de 1953. “La Compañía de Teatro de Cámara, que dirigía José Luis Alonso, pidió autorización al ministerio para dar ¡una sola! representación del drama. Costó bastante trabajo conseguir la autorización, pero al fin se obtuvo. El estreno –pues de estreno se trataba- fue un gran éxito, y miles de personas se quedaron sin poder asistir a él. En la misma función se representó –y gustó poco– una obrita de Cocteau. El éxito de “Soledad” molestó tanto al ministro de Información, Arias Salgado, que ni corto ni perezoso dio la orden a los periódicos de que no se publicaran críticas de la obra, ni siquiera la noticia de su estreno. Hubo un crítico, Luis Calvo, que, desobedeciendo la orden, habló en “ABC” sólo de los interpretes, elogiando su actuación, pero el lector que no estuviese en el ajo no podía saber a qué obra se estaba refiriendo el crítico, ya que en su reseña no se citaba el título ni a su autor”

Algunos se “jugaron el tipo” en favor de Unamuno

            Fueron frecuentes también, y lo conocimos a través de nuestra actividad profesional en Bilbao, cortapisas e impedimentos a cualquier acto relacionado con el universal escritor. Se trataba de ocultar todo cuanto “supiera” o “sonara” a Unamuno. A ello se oponían, aún “jugándose” el tipo, profesores de enseñanza, intelectuales e incluso lectores de Unamuno, esos a los que tanto amaba y sabía de su fidelidad. No se comprendía tampoco que a Unamuno se le juzgara solamente por una parte de sus escritos o ideas, cuando el mismo hacía de su propia duda un acto de fe y de lucha constante; y de su contradicción, hacía una razón de vivir.

Una de las obras de Charles Moeller y homenaje de Bilbao a Ángel Ortiz Alfau en abril 2012

            “Cuando en junio de 1958 –escribía Ortiz Alfau (1924-2002), presidente de la Asociación de Amigos de Unamuno– llegó el teólogo y crítico literario belga Charles Moeller al País Vasco, concretamente a Bilbao –era sábado y caía sirimiri-, llegó tras las huellas de don Miguel, seguramente esperaba encontrar algo más sobre el escritor vasco que las estrechas calles de la ciudad vieja, donde al menos pudo imaginar (Moeller) los paseos del pequeño Miguel… Otros críticos y profesores vinieron también a la villa natal de Unamuno en busca de archivos, de museos, de bibliotecas, de recuerdos donde encontrar alguna referencia, inédita o poco conocida, que sirviera para evocar o recrear la figura de nuestro paisano… Pero su sorpresa, seguida de una profunda decepción por nosotros, los vascos, era inevitable: no podía creer que tratándose de figura de la talla inconmensurable de Miguel de Unamuno, sin duda uno de los vascos más universales, su propia tierra no le hubiera dedicado ninguna atención”.

Unamuno, escritor favorito de los estudiantes

 Una encuesta publicada a finales de la década de los años sesenta y realizada entre estudiantes, daba como resultado a Unamuno como autor preferido, con un 14%, seguido de Morris West (8%) y Giovanni Papini (5%). Pero ya en los setenta, otra encuesta mantenía a Unamuno en la primera posición, por delante de otros más contemporáneos como Cela o Delibes.

Fue precisamente en aquellos años sesenta, concretamente en 1964, al cumplirse el centenario de Unamuno, cuando Bilbao quiso “recuperarlo” y el alcalde de entonces, Javier Ibarra Bergé (secuestrado y asesinado por ETA en 1977) encargó una escultura a Victorio Macho, con la intención de colocarla en la antigua plaza de Auxiliares de Bilbao, ubicada en el corazón de la Villa del Nervión. Sin embargo, la oposición a la iniciativa por parte de antiguos combatientes carlistas y de las fuerzas vivas locales fue tan fuerte que la reproducción de bronce en honor del ilustre escritor no logró exhibirse a la luz pública y fue a parar a la trastienda de unos locales municipales.

Calle Unamuno, en 1978

            Tras las primeras elecciones municipales que se celebraron en 1978 se aprobó en el Ayuntamiento de Bilbao el nombre de una calle dedicada a Miguel de Unamuno. Hasta esa fecha, en la villa del bilbaíno escritor, sólo se había conservado la placa colocada en la calle donde nació y en la que escuetamente se señala la fecha de nacimiento: 29 de septiembre de 1864.

           Razón tenía José Miguel de Azaola (1917-2007), último superviviente del Grupo Alea de escritores bilbaínos,  al escribir: “la postura de Unamuno era tan variable que en él encontramos de todo; al lado de ataques frontales al fascismo o fajismo (como él decía), metáforas, apologías y diatribas más que sobradas para nutrir el arsenal dialéctico de la demagogia fajista. Unamuno era así y así hay que tomarlo o dejarlo”.

Y voy a terminar con este “Unamuno, prohibido” recogiendo el comienzo de una de las conferencias del Congreso Internacional de Salamanca, celebrado en 1978, a cargo del catedrático de la Universidad de Toulouse-Le Mirail, Alain Guy, en su charla sobre “La trama filosófico-teológica en “Del sentido trágico de la vida”, congreso al que asistí personalmente junto a un grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias de Información de Leioa, donde daba clases a diario. Salamanca volvía a ser reconocido en Europa como privilegiado centro universitario, que se estudiaba sobre todo a través de dos figuras internacionales: Fray Luis de León (1527-1591) y Miguel de Unamuno, a los que Alain Guy (1918-1998) cifraba como dos figuras españolas que habían contribuido especialmente a la modernidad. Y contaba que al día siguiente de la muerte de Unamuno escuchó una conferencia del filósofo y político francés Jacques Chevalier (1882-1962) desde Grenoble haciendo referencia directa al vasco, algunas de sus ideas y su rectorado en la Universidad de Salamanca.

En aquella conferencia de Alain Guy a la que asistí personalmente, el catedrático de Toulouse dijo: “El llorado reverendo Padre Fidel de los Ríos (O.F.M.), me confiaba, en los años cincuenta en el Convento de los Capuchinos de la Côte Pavée, en Toulouse (donde lo visitaba frecuentemente), que prefería mucho más los poemas, novelas, obras de teatro o relatos de viajes de Unamuno que sus trabajos filosóficos, juzgados por el eminente monje como superficiales y endebles… Asombrado, no le oculté mi disentimiento; ciertamente comprendía que el hombre de la Iglesia pusiera en duda las posiciones independientes de don Miguel, incluso que las considerase como más pasionales que apuntaladas sobre argumentos de peso; no obstante, para nosotros, los filósofos, Unamuno es perfectamente digno de la más alta consideración y su dialéctica personal delante del problema del destino humano merece ser estudiada minuciosamente, y constituye, a mi parecer, en nuestro desorientada época, un itinerario válido, a pesar de sus ambigüedades”.

 

                        Mi admiración por Miguel de Unamuno

            Ese proceso de “negatividad” y/o prohibición de Unamuno provocó en mi todo lo contrario, una reacción admirativa, que se fue fraguando a medida que lo iba leyendo. Ese proceso negativo fue claro: prohibido por ateo (?), por revolucionario (?) y por ofensivo (?). Tres acusaciones que no tenían ninguna explicación ni fundamento. Ateo (?), cómo iba a ser ateo un hombre capaz de escribir los versos más profundos a Cristo en la cruz, calificados por algunos como los poemas más intensos y trágicos escritos en lengua castellana: Y tú, Cristo del cielo, / redímenos del Cristo de la tierra”… un cielo que “te enciende y te refresca”… ¿Qué dudaba en ocasiones?. ¿Y quién no?… Como escribe Óscar Portela: “si lo que nos está reservado es la nada, hagamos que ello sea una injusticia” (Oberman)… Qué lejos, pobrecitos, de esta lucha entre sentido de eternidad y tiempo: lumbrera de misterio, / perla de luz en sangre / ¿cuántos días de Dios viste a la tierra mota de polvo, rodar por los vacíos? (Aldebarán) “.  Volvemos a sus propias palabras: “Creo en Dios porque creo en Dios”…

            Acusado de revolucionario (?), cuando adelantó de forma visionaria no sólo cuanto iba a ocurrir en la España de entonces sino en lo Universal con tientes de globalización y escribía: “El mundo entero es un Bilbao más grande”, que acercaba el mundo hasta su cuna y su infancia y juventud que sacrificaba en favor de la humanidad analizada desde sus comportamientos humanos.

            Acusado de ofensivo (?), un Unamuno cuyo esfuerzo  intelectual fue intenso por encontrar la síntesis de eternidad y tiempo en la inmortalidad de un Yo quizá imposible; que trató de buscar y re-encontrar en esa “paz de la guerra” que tanto anhelara. ¿Eso es ofensivo?… Quizá lo ofensivo fuera señalar y acusar a quienes en lugar de servir a los pueblos se servían de los pueblos, o a aquellos que trataron de evitar opiniones e ideas, porque “donde todos dicen la misma palabra acaban todos por no oírla y la conciencia se hunde; la conciencia del individuo y de la sociedad, porque la conciencia es social en la persona, igual que en el pueblo”… Ofensivo, claro, con los que se dedicaron a golpear y sembrar odio y a matar después, sin ningún sentido. A esos si les ofendió… pero Unamuno nunca fue ofensivo… Lo que ocurrió fue tan sencillo como confundir la crítica razonada con la ofensa descarada.

Sangre, cabeza y cultura vascas

            Este genio de escritor, intelectual, rector, mitad zorro mitad oveja; Unamuno mitad una mitad uno; mitad uno, mitad muchos, el Unamuno que nunca dejó de ser vasco (por sangre, cabeza y cultura, con dominio del euskera) aunque casi toda la vida fuera universal de caminar (piernas) por destino y necesidad; y de expresar (manos) por tocar y regar de meseta castellana, al morir e incluso antes y aún después no se le trató como se debe tratar a un genio, hijo de una tierra y hermano de otras tierras. Como escribió el prolífico y espléndido getxotarra Elías Amézaga (1921-2008), probablemente el escritor que más escribió sobre Unamuno: “don Miguel necesitaba un paisaje ascético y hasta hostil como el de la meseta, que le repeliese obligándole a meterse en sí mismo”. Pero incluso en Salamanca, como en Bilbao, durante un largo tiempo no se reconoció su valía y sus conocimientos. Salamanca y Bilbao, ciudades que representaron para él y para sus escritos gran parte de su vida. Unamuno incluso previó cuanto iba a ocurrirle y por eso hablaba con frecuencia de las olas de la historia que sepultan bellas ideas y múltiples palabras e incluso silencios, que mueven el día a día en busca de escaleras que conduzcan a una mayor justicia, libertad e igualdad, pero sobre todo entrega y amor  para todos.

             “Reclamamos más Unamunos para esta tierra”

            Por eso, recuerdo algunos actos de repulsa (abandono, desprecio y silencio) y también de reconocimiento a la figura de Don Miguel y de sus obras. Me quedo con actos de desagravio como los protagonizados con frecuencia por la Asociación de Amigos de Unamuno, presidida por el siempre recordado Ángel Ortíz Alfau, verdadero y casi único protector de la literatura durante años en Bilbao, y aquel otro desagravio más institucional y puntual de 1987 protagonizado por el entonces lehendakari José Antonio Ardanza, cuando dijo públicamente: “Lo que necesitamos es crítica, contraste y diferencias de opinión. Se echa de menos al intelectual en nuestro País Vasco, al que don Miguel criticó, es decir, amó tanto. Reclamamos, así, muchos más Unamunos para esta tierra”

            Al escuchar al lehendakari, seguramente Unamuno habría comentado algo como esto: “Claro que necesitamos crítica, contraste y diferencias de opinión porque donde todos dicen la misma palabra acaban todos por no oírla y la conciencia se hunde; y la conciencia del individuo es social igual que la de un pueblo”. Y al sentirse tan justamente halagado, Unamuno hubiera añadido:  “¡Que las ideas no vayan por un lado y la acción por otro”.

            Ideas de Unamuno, tan silenciadas como escrutadas, tan censuradas como desveladas, tan ofendidas como alabadas, tan despreciadas como escudriñadas y aclamadas, tan suyas como nuestras, tan muertas como vivas. Tan de Una-m-uno como de todos. Tan de Bilbao como del mundo, que a fin a la postre es “un Bilbao más grande”. Eskerrik asko, don Miguel por tu genio y por tu lucha, por ser –en palabras de Elías Amézaga— “un muerto vivo”.

                                               José Manuel Alonso, expresidente de la AVP-EKE

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