Corrupción en políticos y monarquía que nos hace recordar y reclamar la república de Platón

                “¡A ese, a ese, que me ha robado la cartera!”… Ese suele ser, precisamente, el grito habitual de quien se percata de que le han dejado sin el utensilio más valioso de cuantos lleva en sus bolsillos. ¿Ustedes se imaginan que pasaría si cada mañana al leer la prensa o escuchar la radio y nos percatamos de que algunos poderosos, bien sean políticos, empresarios o incluso de familia real, se han quedado con el dinero público, es decir, con el dinero de todos,  saliéramos a la calle gritando: “¡A esos, a esos, que nos han robado!”?…

            Ese grito nos lo tragamos pese a que llevamos años frotándonos los ojos y los oídos cada mañana como lectores de prensa, oyentes de radio y espectadores de pantallas (grandes y pequeñas) ante las noticias de la enorme y continuada corrupción política y más que política, incluso judicial en algún caso, con calificativos que parecen pequeños considerados solamente como mal uso por conseguir una fórmula fraudulenta o una descarada apropiación de dinero público…

Desmadres, apropiaciones, robos, corrupción, etc.

            ¿Cómo calificar esos desmadres, apropiaciones, robos, atracos, etc, etc en familias enteras verdaderamente mafiosas, o en los más altos personajes utilizando su poder o situación privilegiada para llevarse lo que es de todos, y hacerlo con tapaderas y trucos pero también con manifiesta avaricia en una época de absoluta necesidad, de tantos estragos ocasionados por el hambre, de tanta ruina en gran parte del mundo e incluso cerca de nuestra casas, con niños abandonados u obligados a los trabajos más despreciables, e incluso muertos por no tener un mendrugo de pan que llevarse a la boca o un paño que les sirva de abrigo?…

            Lo peor de toda esta situación es que nos hemos acostumbrado a ella, incluso participando de ella al no solicitar en ocasiones factura o ticket en las compras para así evitar el IVA y no tener que oír un exabrupto o poner cara de tonto (tonto inútil) si lo reclamamos. En algunos países del Norte de Europa hemos podido comprobar que esto se evita pagando obligatoriamente con tarjeta, lo que en el nuestro supongo que se impondrá, como ocurre siempre, mucho más tarde que en otros.

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Juan Carlos I, Bárbara Rey y los fondos reservados

            Los que de alguna forma, como periodistas, hemos estado cerca de la política y/o del poder por nuestro trabajo, intuimos o sospechamos que, pese a todo, no conocemos cuanto ha ocurrido y por eso alabamos o aplaudimos el hecho de que sigan surgiendo noticias (transmisión de hechos o sucesos) que desvelan otros desmanes con cifras mareantes o inalcanzables (caso de los Pujol o de los Eres, la Gürtel, o el escándalo impune de Bancos y las Cajas A, B y hasta de las Zetas) o de hechos verdaderamente repugnantes (no sólo por el hecho en sí sino por la utilización  del dinero de todos), como el último que hemos conocido y que recojo de algunos periódicos digitales que se han atrevido a publicarlo, en este caso, procedente del periódico digital OK Diario:

            “Miembros del CNI (Centro Nacional de Inteligencia) pagaron a Bárbara Rey con fondos reservados para comprar su silencio entre 1996 y 1997. Un espía se reunió con ella en una cafetería de Madrid y le ofreció tres millones de euros (500 millones de pesetas) en pagos de 26 millones de pesetas al mes a cambio de que no hablara de la relación que mantenía con el rey Juan Carlos I” (…) Este Centro de Inteligencia (nombre para estos casos un tanto chistoso), “abrió una cuenta el 25 de septiembre de 1996 en Kredietbank Luxembourg a la que transfirieron un primer pago”.

            Según una fuente de ese antiguo CNI (actual CESID), “el dinero que se ingresaba en ésta y en otras cuentas abiertas para pagar este silencio provenía de fondos reservados, una partida que no están obligados a justificar y que corresponde al dinero de todos los españoles”.

            Un antiguo espía de ese CESID insiste en que esa cuenta no fue la única: “No sólo en Luxemburgo, también en Suiza habíamos abierto cuentas secretas a nombre de identidades falsas y de sociedades interpuestas. Incluso, antes del verano de 1997 salieron de nuestra sede 40 millones de pesetas de los fondos reservados para comprar voluntades en el caso Bárbara Rey” (…) Según reconoce ese alto cargo del CESID: “había unas grabaciones que si caían en manos no apropiadas podían desestabilizar a las más altas instancias del país”. Como era de esperar, Bárbara Rey niega que recibiera todos esos dineros, aunque no puede negar que mantuviera relaciones muy personales y habituales con Juan Carlos de Borbón durante años, para algunos más de veinte, lo que parece (según otras fuentes informativas) hizo el monarca con otras mujeres en esos y otros años, tratado de silenciarse igualmente.

Borbones de España… y Luxemburgo

            Hasta ahí la noticia que una cadena de televisión privada lleva más de una semana recogiendo y recordando junto a otros muchos hechos relacionados con la vida y los disparates del ex rey Juan Carlos I, actual rey emérito (¡manda carajo!), siendo Bárbara Rey, la ex mujer del domador Ángel Cristo.

            Todo ello, más algunas otras noticias negativas, además de historias y rumores relacionadas con la familia real, sin olvidar la sentencia o fallo definitivo en el caso Noos que afecta directamente a Iñaki Urdangarín,  vuelve hacernos pensar en el escaso sentido (por no decir nulo) que tiene en la actualidad el mantenimiento de una monarquía como la española, una casa real de origen francés y que actualmente solo reina en España y Luxemburgo, precisamente donde estaba la cuenta para el pago a Bárbara Rey, un pequeño país calificado de centro  financiero (no paraíso fiscal) especializado –como Andorra—en servicios de la banca para no residentes.

Los safaris en África y la grave crisis de la economía española

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            Otro de esos casos vergonzosos cometidos por el ex rey tiene como protagonista a Corinna Larsen, una empresaria alemana de origen danés, que desde 2006 se la relaciona con Juan Carlos I al que habría organizado safaris en África y le había representado ante magnates extranjeros. Fue precisamente a raíz de uno de esos safaris, en la primavera de 2012, cuando ocurrió otro hecho tan lamentable como injustificable. Era tiempo en que España vivía una crisis galopante, superior a la mayoría de los países de Europa, y el pronóstico adelantaba  un gran retroceso para la economía con dos años de recesión (2012 y 2013) y una contracción enorme del Producto Interior Bruto. El 17 de abril de 2012, el mismo día en que la Bolsa española sufre su mayor caída con un retroceso del 17,38%  desde enero, el todavía rey Juan Carlos I, aparece en el Hospital USP San José de Madrid tras recibir el alta hospitalaria por sufrir una caída en su estancia en la República de Botsuana, país del sur de África famoso por sus cacerías y donde el monarca llevaba treinta años participando en safaris para la caza generalmente de elefantes.

            Sus palabras de “lo siento mucho; me he equivocado; no volverá a ocurrir” fueron recogidas por algunos sectores políticos e incluso informativos como suficientes para justificar esa dislocada e inadmisible gran vida del monarca, ajena a cuanto ocurría en España. Para aliviar el golpe, hubo algunas encuestas en las que se preguntaba si el soberano Borbón estaba o no obligado a pedir disculpas, y si esa actitud le honraba y demostraba su calidad humana…

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“¿Por qué no te callas?… y la abdicación de rey de España

            Una vez más se demostraba que en algunas altas cumbres había absoluta dependencia de lo inadmisible y que Juan Carlos I conseguía salir airoso gracias a su reconocida habilidad de trato con el poder democrático y con el pueblo que lo mantiene… En su obligada vida de relaciones, el hoy rey emérito, siempre se mostró abierto y dicharachero. Desde el “por qué no te callas” el 10 de noviembre de 2007, dirigida al entonces presidente de Venezuela Hugo Chavez, en la XVII Cumbre Iberoamericana que se celebró en Santiago de Chile, hasta su habitual “la reina y yo” o los tópicos constantes en sus discursos navideños, Juan Carlos sabía salir para agradar a “su” público, el que le escuchaba y le alababa. Si con Franco los españoles estuvimos sometidos a una permanente aparición e imposición desde el NODO hasta los editoriales impuestos en los periódicos, con Juan Carlos hemos visto su esporádica aparición de relaciones públicas y su vida ajena casi por completo a la realidad y gobierno democrático. Como bien se sabe, precisamente fue Franco el que apostó por la monarquía y “nos encasquetó” a Juan Carlos I como rey, desplazando a su padre que, según las normas monárquicas, estaba destinado a suceder a Alfonso XIII, al que se le expulsó de España implantándose la República.

            A raíz de aquel incidente y de otros, otros como el hecho de que se hablara de supuestas comisiones ganadas por don Juan Carlos en sus gestiones representando a España, amasando una fortuna propia y llegándose a dar el dato de que personas cercanas a la monarquía de Arabia Saudí afirmaron que era “un secreto a voces en el ámbito internacional”. Todo ello hizo que los partidos políticos se plantearan la necesidad de que el monarca abdicase en su hijo Felipe, lo que parece se debió a las convincentes palabras del ex líder socialista y ex presidente del gobierno Felipe González.

            Cerca de Juan Carlos I, en Euskadi, en tres ocasiones

            Como periodista, en tres ocasiones estuve cerca de Juan Carlos I en su época de rey. La primera, en la protesta y abucheo que los dirigentes de Herri Batasuna, la izquierda abertzale, le dedicaron en la Casa de Juntas de Gernika, el 4 de febrero de 1989, seis años después de su coronación, donde, hay que decirlo, el monarca tuvo un comportamiento inteligente y digno, solucionando el problema con un gesto en el que daba a entender que “no entendía” aquellas protestas.

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            Los Reyes volvieron a Gernika en julio de 1991 con José Antonio Ardanza de lehendakari. El viaje incluía una visita (inteligente) a aita Barandiarán, padre de la etnología vasca, en su caserío de Ataun.

            Otra ocasión fue cuando yo dirigía “Tribuna Vasca”, en 1983, y la Casa Real me invitó a una celebración del monarca. Mi respuesta fue negativa y se me pidió una explicación. Contesté con tres razones: El intenso trabajo que tenía para sacar adelante aquel desquiciado periódico en el que no podía faltar ni medio día y mucho menos desplazarme a Madrid. La segunda y tercera razón fueron más claras aún: “este es un diario que dista mucho de ser monárquico, con una tendencia claramente republicana, y yo personalmente estoy en contra de la monarquía en España en pleno siglo XX”. Lógicamente, ya no hubo respuesta.

            La tercera ocasión en la que dediqué mi atención a Juan Carlos I fue en el año 2002, en la inauguración oficial en Vitoria-Gasteiz de Artium: Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo. Y allí, como dicen que hacía siempre, el rey se manifestó en su clásico papel de abierto y dicharachero, tratando de compartir la velada con distintos grupos o corrillos tras la celebración inaugural.

Grandes elogios a Juan Carlos I en algunos países del extranjero

             Curiosamente o interesadamente, depende de cada caso, el ex rey Juan Carlos ha cultivado la imagen de un monarca popular en algunos países, como los árabes o incluso Estados Unidos, donde se llegó a escribir: “es un personaje desprovisto de pompa y que jamás da lugar a escándalos”. Recuerdo en este sentido un artículo del New York Time Revew, que aseguraba que Juan  Carlos I aprendió de su cuñado, el ex rey Constantino de Grecia, lo que puede ocurrirle a un gobernante impetuoso cuando pierde la confianza de su pueblo y de sus Fuerzas Armadas. Recordaba también entonces que Juan Carlos admiraba a su amigo Hussein de Jordania (1935-1999) porque sobrevivía en un país tan explosivo como España. Y destacaban la espontaneidad del rey y sus frecuentes escapadas que tanto intranquilizaban a su escolta. Y cuando le preguntan –se decía—si no le parece un riesgo burlar de esa manera la vigilancia, contestaba: “No voy a cambiar mi estilo de vida porque a alguien se le pueda ocurrir matarme”, y recordaba que su abuelo Alfonso XIII salió con vida de varios intentos de asesinato. El artículo concluye afirmando que en cierta ocasión alguien le preguntó quién era la persona que más influía sobre él, a lo que el monarca respondió: “Deberías saber que yo solamente me he casado con Sofía”.

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Franco eligió e impulsó la sucesión monárquica

            El hecho de que en España perdure la dinastía borbónica no sólo se lo debemos al dictador Francisco Franco, que se permitió incluso desplazar de sus “derechos monárquicos” a Juan de Borbón, padre de Juan Carlos. Pues bien, con la llegada de la democracia española lo más lógico hubiera sido someter a referéndum público la recuperación o no de esa monarquía, pero no se hizo por temor a perderla. Y no lo digo yo, hay una grabación, inédita durante años, que muestra a Adolfo Suárez, figura clave de la transición política en la que confesó que evitó someter a referéndum la monarquía española porque tenía encuestas que le aseguraban que la mayoría de los españoles estaban en contra y preferían una república.

            Para sortear las presiones de los Jefes de Gobierno de otros países, que le pedían esa consulta ciudadana, Suárez decidió incluir la figura del rey en la Ley de Reforma Política que aprobaron las Cortes franquistas el 18 de noviembre de 1976 y los españoles en referéndum el 15 de diciembre de aquel mismo año. La confesión de Suárez se ha escuchado ya en algunas televisiones en una conversación del que fuera presidente con la periodista Victoria Prego realizada para la cadena de televisión Antena 3 en el año 1995, catorce años después de que su protagonista dejase de estar al frente del Gobierno.

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Clamor por un referéndum sobre la monarquía

            Una vez retirado Juan Carlos I como rey, la solución hubiera estado en someter ya definitivamente a Referéndum si los españoles queremos o no la monarquía, tal y como ha solicitado repetidamente un buen grupo de intelectuales. La razón no es otra que la incompatibilidad de una democracia con un jefe de estado que sea el rey.

            Por todo esto y por toda la enorme corrupción que se conoce y se sigue tapando en España, donde ni siquiera se mantiene la separación de poderes, algo esencial en una democracia, nos hace recordar no sólo el presente sino el pasado, donde precisamente los Borbones, salvo alguna excepción que confirma la regla, siempre frecuentaron este tipo de comportamientos y pocas veces sirvieron a “su” pueblo, sino que más bien se sirvieron de él y de lo que era suyo… Como hemos dicho, hace tres años, un grupo numeroso de intelectuales españoles, demandaron el fin de la Monarquía, de esa anomalía que supone que el jefe del Estado sea “un Rey impuesto por el dictador Franco y nunca sujeto a un referéndum de la ciudadanía”.

            Con todo este panorama, agravado porque siguen y seguirán saliendo casos de corrupción de dirigentes políticos, muchos de ellos alargados en el tiempo para que prescriban, y otros aún sin destapar o sin justificar los agujeros negros de entidades públicas y semipúblicas o privadas, creemos que ha llegado el momento de replantearse la situación política y la Constitución Española, ya que en su texto existe una grave contradicción porque el artículo 1.2 proclama que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”, y por otro lado el artículo 56, apartado 3, establece que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”.

            Por tanto, existe una flagrante vulneración del principio de igualdad entre todos los españoles que proclama la misma Constitución. Todo ello ha contribuido a acrecentar la desafección entre la ciudadanía hacia la persona del antiguo rey y de su familia, y podemos incluir algún que otro escándalo pendiente de fallo o sentencia judicial, si es que esto llega a producirse, eso sin incluir constantes sospechas –transmitidas a través de la redes sociales—de acciones irregulares (por no llamarlas de otra manera) que implican a la familia real y al personal incorporado a la “casa real”, sobre todo el de años atrás.

            Pero para nosotros (y que quede claro)  no es sólo una cuestión de personas sino de la institución monárquica en sí, que es –y casi nadie lo pone en duda– totalmente obsoleta, anacrónica y contraria a los  más elementales principios de la democracia, conforme a la cual todos los que nos representan han de ser libre y temporalmente elegidos por el pueblo, incluido el jefe del Estado.

Recuperando a Platón y a otros grandes pensadores

            Personalmente creo en las coincidencias y una de ellas, en esta semana pasada, fue la de estar leyendo la noticia relacionada con el ex rey Juan Carlos I cuando levanté la vista y observé que en un kiosko de prensa me invitaban a leer a Platón, con un libro a bajo costo o coste (1,95 euros) editado por RBA, Contenidos Editoriales y Audiovisuales, S.A.V., con el que se advierte que se inicia una colección –como lo hizo hace unos años “El País”—para recuperar a los pensadores que en el mundo han sido empezando la serie de publicaciones con Platón, recobrando así a ese verdadero y extraordinario intelectual de los siglos V y IV antes de Cristo, hombre que –como escribía el rumano Vintila Horia (1915-1992) hace muchos años– “quiso ser político más que metafísico, que llegó a la filosofía por ser la manufactura que más necesitaba la sociedad (la ciudad), y que se embarcó tres veces para Syracusa siempre con  la ilusión de convertir a los políticos tiranos en filósofos: de hacer de la dinastía de los Dionisios el santoral de la política justa”. ¡Qué hermoso recuerdo e intento platónico que estuvo a punto de lograr tierra y mano de obra y gobernantes honestos para hacer Caliópolis: una ciudad o aldea piloto donde labrar su “República” ideal, pero no se logró y algunas sociedades como la nuestra seguimos devotos a unas dinastías y monarquías que no tienen ya ningún sentido!.

            Es curioso –me dije—que fuera Platón quien dijo aquello de que “todo gobernante de un Estado ideal debe saber en qué consiste el arte de gobernar, porque –como escribía en octubre del 2016 Álvaro Ruiz García, en “El País”– fue Platón quien nos advertía que el político y el gobernante deben conocer qué hacer en sus funciones, porque, si no lo saben (o no tienen la habilidad necesaria), el estado corre el peligro de hundirse junto con sus ciudadanos. Pero las enseñanzas de Platón se quedaron en el mundo de las ideas. Ningún dirigente de los grandes gobernantes e incluso partidos políticos de España parece entender precisamente el arte de gobernar; si lo entendieran, sus políticas estarían al servicio de los ciudadanos y no de la mercantilización y beneficio de sus propios partidos y afiliados.

En 2015, políticos y enseñantes se “cargan” la Filosofía

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            Pero ahí no queda la cosa, ya que al comienzo del curso del año 2015, políticos y enseñantes (no me refiero a los pedagogos ni a los intelectuales) “arrinconaban de una vez el muermo de Platón y a todos los más grandes pensadores de la Historia de la Humanidad, eliminando la Filosofía en el Bachillerato”. Me imagino que la calificarían de rollo o asignatura inútil, y lo harían con esa íntima satisfacción que se produce cuando los que deciden creen haber subsanado un antiguo disparate. Seguramente que consideraron la filosofía como asignatura tediosa, y se dirían que esos filósofos o pensadores, o lo que sean para ellos, lo que escribieron o enseñaron no sirve ya para nada, y sus conocimientos son ya absolutamente hueros, vacíos…

            Estos capadores del saber se olvidaron lastimosamente de que la educación no sólo sirve para aprender unas materias competitivas en el mercado laboral actual sino que, gracias a esa educación, los alumnos se forman como personas, es decir, construyen sus propios criterios y aprenden a disfrutar y cultivar el espíritu crítico, además del sentido creativo. Leí una vez algo que me parece responde a la gravedad manifiesta de acabar con la filosofía: “ha sido –se subrayaba— algo realmente difícil desafiar al poder o realizar avances morales o sociales sin poner en juego algo tan esencial, tan grande, como la filosofía”…

El poder y el gobierno, sometidos a la razón y la justicia

            Por todo eso me he llevado la ingenua alegría de comprobar que frente al desprecio de la enseñanza y de la política han vuelto a resurgir los pensadores universales iniciándolos con Platón, con lo que volvemos a identificarnos con el dualismo platónico al comprobar al mundo visible con meras sombras de las ideas orientadas sobre las paredes de una caverna. Sólo la filosofía (lo que parece haber despreciado una parte de nuestra sociedad) puede, según Platón, guiarnos fuera de la caverna y conducirnos a la luz. Ese dualismo (oscuridad/luz) con su énfasis en la existencia de un mundo más allá de lo material ha pervivido en el pensamiento filosófico hasta nuestros días. Tal y como se expresa en el libro “Platón”, el de 1,95 euros, “la justicia, la educación, las formas de la convivencia y su posible decadencia, las virtudes y peligros de la democracia, la importancia del arte en la sociedad o la relación entre el saber y el poder, son cuestiones hoy plenamente vigentes que quedan iluminadas de una manera distinta tras la lectura de Platón”.

            Encontramos esa su huella en el realismo político inaugurado por Maquiavelo, un Maquiavelo, digo yo, que dijo bastantes más cosas que esa de que en política se podía engañar al contrario. O su influencia en el racionalismo de Descartes y hasta en los principios políticos de la Revolución francesa (principios, no ejecuciones). En definitiva, si hay un clásico que permanece vivo y nos impulsa a pensar, ese es Platón, que fundó la Academia para servir como escuela de futuros políticos, pero siempre sometiendo el poder a la razón y a la justicia, y que la democracia nunca consistiera simplemente en la gestión de los intereses particulares de los políticos, y desde luego mucho menos –decimos nosotros– de dinastías monárquicas ejemplos de corrupción e incompetencia…

            Yo no sé si los políticos y los enseñantes han conseguido dejar a Platón (y su República) en una mera cortina de humo dedicada al amor (platónico, naturalmente) y lo han hecho por el peligro explosivo que toda limpieza idealista supone en la acción política. No sé si por eso Platón ha sido ladinamente condenado a ser sostenedor de amores idealizados e imposibles, e ideales políticos sobre los que se escriben tratados pero no se llevan a la realidad en leyes ni en actos y comportamientos del poder político, menos aún de las dinastías monárquicas.

“Los tiranos: idealistas de discursos y no de actos”

            La política universal, como vimos el pasado viernes en la toma de posesión de Donald Trump, se ha quedado convertida en una superestructura y yuxtaposición de verbalismo populista sobre una gravitación de intereses. Me recordó precisamente a aquello que apuntaba el propio Platón de que los tiranos son idealistas de discursos y no de actos. Su ideal patriótico se ha quedado vagando, de momento, en puras “utopías” que casi nunca se llevan a la práctica, olvidándose, por ejemplo, de que Platón fue un crítico de la democracia, que defendió la igualdad de género pasando por el respeto a la diversidad cultural y la protección de las ciencias, sin desplazar la concepción razonada de nuestra mente que sólo se puede denominar como filosófica, la de Platón y todos los pensadores y moralistas que le sucedieron.

“Leer a Platón en el tranvía” (Eugenio d´Ors)

            Que nadie vuelva a leer a Platón salvo los que frecuentamos los kioskos de prensa, me aterra. Me hace recordar, por poner una pizca de humor, aquella deliciosa consigna de Eugenio d’Ors (1881-1954) de “¡Leer a Platón en el tranvía!”. Y ya no hay tranvía sino metro o bus donde se “juega” con el móvil y lo poco que se lee al margen del teléfono son novelones insostenibles por el peso. Y me hace recordar también cuando los estudiantes teníamos reválidas y exámenes de selectividad y nos tocaba Platón como tema. Todos saltábamos de alegría: “’Que gozada, hermano, nos ha salido el bueno de Platón”…

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            Soñar y desear o aconsejar aquello que decía Platón en su “República”, que fuese regida por filósofos, incluso por políticos, pero exigiendo a estos la contemplación de la verdad en la esencia de las cosas, utilizando como armas dialécticas y de gobernación a la Razón y la Inteligencia, siempre en la búsqueda del Bien. ¿Cuántos de esos políticos hemos tenido en España; cuántos monarcas que se acercaran a esa voluntad de servicio, y cuántos con inteligencia y voluntad sabia y orientadora?… No olvidar aquello que escribía Guillermo Díaz Plaja (1909-1984): “Si el político que gobierna (siempre elegido por el pueblo al que sirve) es el realizador de una idea lo es porque el intelectual (o él mismo) le ha marcado el camino, ya que toda práctica de éxito presupone una etapa anterior de Pensamiento”…

            Y si el “platonismo” se ha considerado como un amor imposible, todavía estamos a tiempo de recuperar no sólo su conocimiento y estudio sino los compromisos adquiridos en una democracia que elegimos hace ya casi cuarenta años y que hoy dista mucho de serlo, incluyendo el hecho de que la jefatura del Estado esté en manos de un monarca que la ha recibido por creerse algunos en pleno siglo XX y XXI ese cuento de la sangre azul…

                                                           José Manuel Alonso, expresidente de la AVP-EKE

Post data.- Un buen amigo, al leer el artículo antes de publicarlo me ha corregido y no sólo porque hable de labrar una “República ideal” para España, un país donde el dinero negro se mueve con naturalidad impúdica, sino por el hecho de que si apostamos por un jefe del estado electo no lo haremos a gusto de todos y además trataremos de derribarlo a los pocos meses. Y si tenemos la desgracia de que sea un mal presidente hará lo que han hecho otros muchos políticos e incluso hacemos nosotros mismos, porque nadie ni nada tiene la culpa de nada en este nuestro país. “Pero al menos, le contesté yo, podremos elegir otro distinto a los cuatro años”. Quedamos a la espera… ¿sin desesperar?…

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