Xabier Aranbarri: «No nos enriquecemos económicamente, pero sí en el resto de los aspectos»

  • El gerente de Sanagustin kulturgunea hace balance tras cinco años de funcionamiento. Más de 110.000 espectadores han pasado por el local en un lustro

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    Xabier Aranbarri, a la entrada de Sanagustin. / A. S.

El tiempo pasa rápido y los azpeitiarras ya nos hemos acostumbrado a la nueva imagen que tiene la plaza. Sin coches aparcados, con suelo de adoquín, un quiosco más grande, nuevos bares y terrazas… Pero todo este cambio, aún sin finalizar, ha ocurrido en pocos años. El Kulturgune Sanagustin es uno de esos elementos que ya se han integrado en el ecosistema de la nueva plaza, y por qué no, también en la vida local. Recién cumplido su quinto aniversario, Xabier Aranbarri, gerente y coordinador del centro, afirma que no han perdido la razón de ser ni el espíritu con el que nacieron. Lo que está claro es que poco a poco el kulturgune, sus servicios y sus proyectos se están adaptando continuamente a las nuevas realidades, un ejemplo más para poder afirmar que está vivo.

-Cinco años, ¡se dice pronto!

-Son cinco años desde que se abrieron las puertas, pero el trabajo previo al proyecto comienza muchos años antes, cuando se hacen las primeras reuniones de la Mesa de Cultura que identifica la necesidad de un espacio como este. Después se trabajó. En conjunto con el ayuntamiento, un proyecto basado en lo local, el euskara, lo social… Un proyecto basado en el trabajo en equipo, voluntario y que hace cinco años no podíamos ni imaginar la aceptación ni el volumen que iba a tomar. La realidad ha superado todas nuestras previsiones. Siempre quisimos que el proyecto fuese más que un proyecto cultural, que tenía que ser un espacio para el pueblo. Hoy podemos decir que eso es una realidad ya normalizada.

-Lo suyo no es una empresa al uso, ¿no?

-Para nada. Muchos de los agentes que han participado en el proyecto no lo veían factible y ahora están sorprendidos. Esto no se basa en oferta y demanda y rentabilizar el espacio. Aquí hay unos valores, una colaboración público-privada y el espíritu de querer aportar algo a la sociedad y a la cultura vasca. El hecho de ser un local municipal que salió a concurso y lo consiguiera una cooperativa social gestionada por agentes locales y sin ánimo de lucro con el objetivo de crear riqueza cultural es lo que trajo aire fresco al panorama cultural vasco. Ese mismo hecho, tan bonito por una parte, es lo que más problemas nos ha dado, ya que no había otro modelo similar y nos cuesta mucho encajar nuestro modelo en los parámetros que ya existen. Sale de la normalidad y eso es una dificultad, sobre todo en el caso de las administraciones.

-¿Una cooperativa social sin ánimo de lucro?

-Sí, una cooperativa que trabaja por la economía social mediante la cultura. Eso muchas veces es complicado para la gestión, pero no olvidamos nuestros valores y tenemos muchos órganos de gestión para ayudarnos a funcionar. Entre otros y como herramienta principal tenemos un libro de estilo donde están marcados casi todos los detalles de nuestro funcionamiento diario. Ese libro protege a los trabajadores y en muchos casos les exige como hacer su trabajo. Por otro lado, allí está regulado la diferencia máxima entre los sueldos más altos y los más bajos, la cantidad de horas máximas de trabajo… solo por poner un ejemplo. Somos una empresa horizontal y eso también se agradece, ya que todos lo sabemos todo de la empresa ¡no hay nada que esconder a nadie! Nuestro secreto es trabajar mucho, pagar el alquiler y los gastos que se generan y dar el mejor servicio posible.

-Lo social está muy bien, ¿pero después de cinco años ven opciones de enriquecerse?

-No económicamente, pero no es nuestro objetivo. Nuestro proyecto se ha enriquecido en todos los aspectos menos en la cuenta corriente. El pueblo, de una forma u otra, ha demandado en estos cinco años que teníamos que crecer, ofrecer más servicios, gestionar otros espacios… y es lo que hemos hecho, eso nos enriquece. Aquí hay ilusiones y sudor de mucha gente que le ha puesto muchas ganas. Ahora gestionamos el Kulturgune Sanagustin y el Antzoki Soreasu, es más trabajo, pero sigue dentro de nuestros objetivos: promover y enriquecer la cultura vasca.

-Es curioso el tema del alquiler.

-Bueno, según se mire. Este edificio es del ayuntamiento y salió a concurso público. Nosotros nos hacemos cargo de todos sus gastos además de pagar el alquiler acordado en el contrato, y todo mediante una cooperativa creada por la gente que tiene interés en la cultura y que comenzó sin un céntimo.

-Su relación con el ayuntamiento es curiosa: inquilino y casero.

-¡Estamos mezclados físicamente hasta en el edificio! Tenemos una relación muy estrecha y trabajamos en conjunto por el interés local y de promoción local y del euskera. Ha costado, igual que con todas las cosas nuevas, pero ahora estamos en un momento óptimo de colaboración. Colaboramos con todas las administraciones, incluso con las que no nos toca pero están interesadas en nuestro proyecto. Puede que hayamos sido una pequeña pieza para el cambio de las estructuras tradicionales en el ámbito de la cultura. La cultura puede cambiar el entorno y el mundo, podemos fijarnos en Bilbao como ejemplo.

-Es un local muy versátil.

-Tenemos un acto cada dos días. Desde la sesión plenaria de apertura de las Juntas Generales de Gipuzkoa a conciertos, charlas, entrevistas… ¡hasta desfiles! Hemos hecho de todo dentro de nuestros parámetros, y eso es muy difícil. No conocemos ningún local cultural así de versátil y cambiante de un día al otro.

-¿Se puede vivir de la cultura?

-Creo que eso está claro y lo hemos demostrado. No solo por nuestros datos. Los informes externos que se han encargado muestran la cantidad de empleo y riqueza que hemos generado de forma indirecta en nuestro entorno, todo gracias a la cultura y en plena crisis. Según el último informe que ha medido el impacto, devolvemos a la administración seis veces lo que recibimos en subvenciones. No creo que haya muchas empresas así.

-¿Ya es agua pasada el miedo al bar en un local patrimonial?

-No ha habido ningún tipo de evolución. Nosotros teníamos claro que lo primordial aquí es la cultura, el bar es un método para rentabilizar el proyecto. Pero siempre que ha habido que cerrarlo por el tipo de obra cultural, lo hemos cerrado ¡Ese es nuestro espíritu! Pero no hay que olvidar que el bar es lo que le da vida al local y hace que siempre estén abiertas las puertas. Eso es importantísimo para hacer del local un espacio rutinario.

-Han cumplico cinco años. ¿Cómo ven los próximos cinco?

-Luchando y trabajando mucho más si cabe. El proyecto merece la pena. Vemos que hay buena sintonía, sobre todo con los agentes que han tenido que colaborar con nosotros, y queremos seguir así. Socialmente, todavía hay mucha gente que no entiende o conoce muy bien nuestro proyecto. En ese caso, a veces, es más fácil ser profeta fuera de tu tierra. Hemos estado explicando y presentando nuestro proyecto en muchísimos pueblos, administraciones y diferentes instituciones de Euskal Herria; parece que algo se ha movido.

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