¡Esos comportamientos de la política-justicia, ni “cabales” ni “intachables”!

“La justicia es reina y señora de todas las virtudes”, según Cicerón. Y tan claro o mas fue San Pedro: “el que respeta y practica la justicia es grato a Dios”. Sin embargo, Calderón de la Barca da un giro a la cuestión con su Segismundo de “La vida es sueño” cuando dice: “Nada me parece justo en siendo contra mi gusto”… Y más recientemente se ha dicho y defendido algo tan impreciso y pretendidamente ajeno a la justicia y a la política como esto: “la justicia española sigue adicta a su tradición de ser inequívocamente española y sólo de rebote justicia”…

 

Al tratar de la justicia, seamos justos

            Justicia y justicia española, puede ser pero eso no evita que sea lamentable el hecho de que cada día nos sigan sorprendiendo las noticias relacionadas con el comportamiento de los políticos y las resoluciones de algunos jueces, aquellos a los que la sociedad (digo la sociedad, no los políticos) les ha encomendado la limpieza de la basura y de la corrupción extendida durante tantos años precisamente desde la supuesta democracia.  Y digo “supuesta” porque la democracia no existe allá donde la justicia no es igual para todos y donde no hay separación de los poderes que mandan.

            Cierto que para ser más justos no debemos implicar ni a todos los políticos ni a todos los jueces en sus comportamientos. Ni tampoco, a mi entender, no tratemos de distinta manera a los que han cometido delito como a los que, a sabiendas y en puestos de más responsabilidad, los han permitido o cuentan con más poder para impedir esclarecer muchos hechos que están aún en silencio. Con todo, esos dirigentes, se van de rositas, e incluso en algún caso gobernando…

            Digamos, repito, para ser más justos, que el problema está en determinados políticos y determinados jueces, y estos son precisamente los más cercanos a la política y a los políticos, que a fin de cuentas son los que deciden (acuerdo reciente de PP-PSOE en la renovación del Tribunal Constitucional) y quienes, en última instancia, los que tienen la última palabra, olvidándose, también repito, del bueno de Montesquieu (1689-1755) aquel del espíritu de las leyes y la separación de poderes, que son precisamente uno de los grandes vacíos de la Constitución o, mejor, de su adecuada aplicación.

¿Comportamiento “cabal e intachable?

            En los últimos días ha habido decisiones que más que sorprendernos nos han indignado, sin olvidar comportamientos que cuando los fiscales juzgan y los jueces fiscalizan no responden ni siquiera a la propia definición y responsabilidad. Y las últimas sorpresas han estado en los juicios recientes donde lo político y/o el poder se han mezclado, incluso transparentemente, con lo judicial. La última de las sorpresas (por no referirme a otras ya suficientemente subrayados en algunos medios de información) ha sido una frase procedente de la Audiencia Nacional destacando los jueces el comportamiento cabal e intachable de los ex banqueros Rodrigo Rato y Miguel Blesa, que están condenados por el caso de las Tarjetas Black (tienen otros juicios pendientes) a cuatro años y medio y seis años de prisión respectivamente.

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Rodrigo Rato y Miguel Blesa en el banquillo / Chema Moya / Efe

            Mi pregunta es clara: ¿No hay otra forma de calificar el hecho de que tanto uno como otro se hayan limitado en el juicio a responder lo que sus muy listos abogados les han ido diciendo? ¿Creen esos jueces que el público en general, el honrado y modesto ciudadano, puede entender semejante justificación para librarles de “las medidas cautelares que había solicitado el fiscal y las acusaciones”, librarles de lo que aplican a otras personas juzgadas y con peores y más modestos abogados, por no entrar en otros detalles?…

Leyes aprobadas inútilmente

            Me van a disculpar aquellos profesionales de la Justicia que cumplen debidamente con su siempre difícil cometido,  pero personalmente tengo que confesar que nunca he creído demasiado en la justicia, incluso he tenido algún caso que me ha llevado a manifestar en público un inocente juramento. Digo que no creo demasiado en la justicia desde pequeño, porque cuando se es niño uno aprende que muchas veces pagan justos por pecadores, y uno recibe castigos demasiado severos para el pecadillo o el defectillo cometido… Y con el crecimiento, uno se da cuenta de que la ley la hacen los que no la padecen o los que (generalmente políticos) tienen que justificar que hacen algo… ¿Cuántas leyes se aprueban en los Parlamentos (las Cortes y los de Comunidades Autónomas) que no se pueden aplicar porque no hay presupuesto para ello, dinerito que no se tiene o que se va para otros, digamos, menesteres, menudencias, menosprecios o ‘mete-manos’…

Don Quijote: entre la justicia y la misericordia

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            La ley siempre ha sido muy severa –tal y como se ha escrito– con el hurto de un grano o un gramo  no con el hurto de un almacén o muchos almacenes enteros. Por ello, la justicia no ha respondido a una de sus innegables exigencias, que sea igual para todos. Y eso lo aprendí también de “nuestro” querido Don Quijote:  Al liberar a los reos, el hidalgo manchego restaura derechos humanos violados por una administración de justicia injusta, propia de aquella época e incluso de esta de hoy. Y de los consejos que dio Don Quijote a Sancho antes de que fuera a gobernar la ínsula, recordamos aquello de: “Cuando pudiere i debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo”, “si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia”.

            Nos gustaría pensar que en el caso que hemos señalado de Rodrigo Rato y Miguel Blesa los jueces recordaran eso de la “misericordia”, pero si así fuera, ¿por qué no se aplica en todos los casos y no sólo en algunos, precisamente los más perjudiciales (se llevan el dinero de todos) y escandalosos para el ciudadano medio, como yo, que cree que esos y otros son evidentes hechos de “avaricia compulsiva, vergonzosa e innecesaria”, que son casos lamentables, censurables y de máxima exigencia para la devolución de lo robado, y no sólo con unas tarjetitas de bolsillo….

Un campo de minas y un chivo expiatorio

            Hace unos años (julio de 2001), poco antes del “Pacto de Estado para la reforma de la justicia”, pacto por cierto tan político como ineficaz, el magistrado Perfecto Andrés Ibáñez escribía un largo artículo sobre el estado de la justicia, pidiendo responsabilidad para todos, sobre todo para los jueces y los políticos, incluso para los medios de información. Y para librar de la máxima responsabilidad a quienes reparten esa justicia, señalaba: “el asunto es cosa de jueces, pero no sólo. Si la Administración de Justicia fuera, como hay quien sugiere, un campo de minas, lo cierto es que éstas se fabrican, al menos en medida no desdeñable, en otra parte. Además, debe hacerse notar que la percepción social del asunto pasa a través de la óptica de los media. Y, en fin, que la institución ha sido y es, también, un fácil y socorrido chivo expiatorio”.

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            Más adelante, el magistrado no cuestionaba los graves problemas del Consejo, pero si subrayaba que es “la institución cardinal de la justicia, con graves problemas de legitimidad y de eficacia”. Y su forma de actuar, “insegura y escasamente autónoma, mediatizada por los partidos y, con frecuencia, a remolque de los medios”. Y recordaba que el Tribunal Constitucional caracterizó al Consejo “como de constitucionalidad débil, señalando que “la carga de la prueba de su bondad corresponde a quienes lo defienden, a veces frente a sus propios argumentos de antaño”

Aquel ineficaz pacto (2001) “para la Reforma de la Justicia”

            Cierto que en los últimos años, ha aumentado y lo ha hecho espectacularmente el número de casos que se plantean por la vía judicial, hasta el punto de que hay profesionales de la Administración de la Justicia que ni siquiera han conseguido la plaza por oposición o lógica exigencia, dado su difícil y complicado cometido. Pero la Administración del Estado no ha conseguido ajustar el ritmo de sus cambios y mejoras al de la sociedad, incluso los ha empeorado considerablemente, permitiendo además que prescriba el delito, con lo que hay algunos (siempre algunos) que se libran de culpa o pago..

            Por eso, ese Pacto para la Reforma de la Justicia firmado en el 2001 pretendía reconocer la necesidad de perfeccionar el funcionamiento de esa Administración de Justicia, y de aproximar ésta a las necesidades e intereses de los ciudadanos. Las frecuentes colisiones o cesiones, según que casos, entre el Poder Judicial y el Ejecutivo -la llamada “politización de la justicia”-, el excesivo protagonismo de algunos jueces -los ‘jueces estrella’- y un buen número de decisiones judiciales que chocan por su anacronismo o poca sensibilidad social, han terminado por minar la confianza de la opinión pública en la institución, e incluso, en algunos casos en la mente de todos, de indignar día tras día a los ciudadanos.

            Éxito de las Jornadas Vascas de Justicia e Información

            El magistrado recordaba también algunos medios de información, que “tienen un papel de primer orden”. Y añadía: “medios que para sectores mayoritarios de la opinión –y ¡ay! de la política—no existe más que lo que ellos denuncian. Y la información es fragmentaria, selectiva y, con frecuencia, poco rigurosa. Sin contar con que, desde hace tiempo, se acusa una marcada tendencia a cierto amarillismo more británico. Es, por lo demás, otro terreno en el que se echa de menos un serio esfuerzo del Consejo para contribuir a la creación de una opinión seriamente informada de lo que pasa en y por los tribunales, y de una buena cultura de la jurisdicción.

            De todo ello, lo periodistas vascos (desde hace años) somos juiciosos, nunca mejor dicho, somos conscientes de la  necesidad de la necesidad de “entendimiento” en conceptos y esfuerzos entre los que nos dedicamos a la información y los profesionales de la administración de la justicia. Por eso desde nuestra Asociación y ahora también desde el Colegio Vasco de Periodistas hemos tratado de conocer y entender, incluso aprender de los jueces más cercanos, los que trabajan en Euskadi e incluso fuera de Euskadi, organizando conjuntamente Jornadas dedicadas a la Justicia y el Periodismo. Y en alguna de esas magistrales ponencias por parte de los jueces se ha recordado y criticado la injusticia de la justicia, y ustedes ya me entienden. Y es que hay comportamientos que olvidan aquello tan claro de que “el derecho no es más que el sentido común justificado”, y prefieren aquella otra frase de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778): “las leyes son siempre útiles para las personas que tienen bienes y dañinas para los desposeídos”.

            Los periodistas, que – decía el famoso compañero innovador Norman Mailer (1923-2007)– somos “pragmáticos, objetivos, poseedores de inteligencia sólida pero no excepcional”, y por eso hemos encontrando en estas jornadas conjuntas con jueces y fiscales nuevas fuentes de información (probablemente las de más altura y más claridad) para seguir el curso de nuestro trabajo diario, y poder, en estos temas, hacerlo mejor de lo que lo hacíamos y mejorar también en nuestro doble objetivo de informar con máxima objetividad y responsabilidad y aplicarlo a algo tan sensible e imprescindible como es la justicia.

            Como periodistas, y eso lo saben los profesionales de la justicia igual que nosotros, estamos obligados a recoger de los ciudadanos ese reclamo de un poder judicial independiente, que además de una virtud grata, debe ser una exigencia democrática y constitucional. Y pese a tanta sorpresa político-judicial de todos los días, siempre nos viene a la cabeza como profesionales aquello del ser humano de que, además de “animal inconsolable”, es animal crédulo, y sigue pidiendo que la justicia sea igual para todos. Y ante esa petición hay quienes nos contestan con esta otra frase: “mejor no pedir nada”… ¡y así nos va!… Hará falta reclamar desde nuestra atalaya informativa un gran esfuerzo de voluntad política, y se lo tenemos que exigir a nuestros legisladores y gobernantes para que no sea cierto aquello de Franz Kafka (1883-1924): “el hombre pasa su vida esperando a las puertas de la ley, sin que su guardián le permita acceder a ella” (…) Justicia es también restablecer un equilibrio que ha sido alterado y nadie puede establecer una fecha de caducidad para eso, incluso aunque de antemano exista el perdón de la injusticia, el pecado o el delito cometido.

            “Juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”

            Termino con un recuerdo y una promesa. Mi mala experiencia personal con la Administración de Justicia. Lo de menos es recordar el enfrentamiento. Tuvo que ver, eso sí, con la Administración Vasca, a la que llevé a los tribunales de justicia porque me sentí claramente perjudicado y lo hice pese a que el abogado que defendía a esa institución, me advirtió, con toda justicia o porque le di pena, que no la llevara  a juicio porque iba a fracasar: “la Administración nunca pierde”, fueron sus palabras. Como era de temer, pese a lo que creo fue una extraordinaria defensa de mi abogado, con magistrales referencias a otras jurisdicciones europeas, perdí el juicio y tuve que pagar un montón de dinero por las costas. Me afectó tanto que no pude evitar un escrito titulado: “Lo juro” y que lo recuerdo hoy como ayer:

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            ¿Jura Vd. decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?. ¡Lo juro!. Juro que no creo en la justicia. Juro que soy una víctima más de quienes dicen que la imparten. Y al no creer ya definitivamente en la justicia no creo en la Administración que la sustenta y además se me vienen abajo, como naipes, otras muchas creencias que durante años trataron de inculcarme (ahora sé que alentadas por injustos) y que yo mismo serví en beneficio de tantos desmanes e injusticias en la que está basada la aplicación de las leyes para beneficio de unos pocos, cumpliéndose así aquellas palabras de Rousseau: “las leyes son siempre útiles para la personas (o instituciones) que tienen bienes y dañinas para los desposeídos”.

            Hasta donde me da mi entender, la justicia está basada sola y exclusivamente en castigar el error o el delito. Se dice: ¡Quien la hace, la paga!. Entendiendo el error como aquello que la persona o personas cometen (se supone que perjudicando a alguien) por no seguir al pie de la letra lo que dictan unas normas que ya sabemos de quién, cómo y por qué proceden, ese error ha de pagarlo en primer lugar el que se equivoca; más aún (o al menos por igual) si el que lo hace es quien ha dictado la norma y pone en marcha todo un gran aparato ejecutivo para que se cumpla. Que lo pague si el no lo cumple, es, entiendo yo, la aplicación elemental del derecho, del sentido común justificado. Pero resulta que no. Y así, la Historia Judicial se va haciendo a base de una confirmación o acumulación de errores de la propia administración y de quien la alimenta: el poder, quedando inmune si el que comete el error es el que está obligado a hacer que se cumpla, justificándolo con otro error de una nueva injusticia: haciendo pagar con creces al administrado, a la persona o sociedad precisamente perjudicada por ese error, y además con costas del propio montaje judicial, fecha y exigencias fijas. Incluso lo hacen así cuando el error es sistemático: no se comete una vez sino hasta diez veces; y es manifiesto: lo comete precisamente quien redactó la propia norma que señala el error. Más aún, lo imponen cuando el error cometido se mantiene y se recrea en él la Administración durante años, valiéndose al final de que se castigue a la persona gravemente perjudicada por ese error de la administración consentido y rubricado por un juez que lo es gracias a las concesiones de quien está juzgando a favor: la propia Administración, de la que siempre ha cobrado su nómina, siendo, por tanto, juez y parte beneficiosa en el hecho juzgado. Y todo eso comienza obligando al inocente, al desposeído de la justicia, a jurar verdad hasta tres veces, como la negación de Pedro: “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”, y precisamente delante de quien se basa en lo que no es conforme a la norma, que según ellos es la verdad.

            Juro, por tanto, pese al fracaso de miles y miles de personas que lo intentaron, que seguiré, porque es mi único derecho, reclamando justicia, eludiendo eso que me dice el común de los sentidos de que pudiera ser mejor no pedir nada y bajarse los pantalones. Seguiré, así, la cadena de la esperanza porque el ser humano, además de “animal inconsolable”, es tan crédulo tan crédulo, tan crédulo, que sigue reclamando, por una nueva vez, eso: verdad y justicia.

La utopía de la igualdad en la justicia

            Hasta ahí mi enfado y juramento, ambas cosas, ahora que lo medito, claramente utópicas, como utópica parece el reparto de la justicia por igual para todos. No creo que el problema de la justicia entre nosotros sea por ser española, como señalaba al principio del artículo, prefiero pensar y convencerme, a la vista de lo que también ocurre en otros países del mundo mundial, que ese postulado de obligado cumplimiento sea una simple utopía, término que se hizo extensivo a toda creación que propusiera un futuro mejor, a partir del libro de Tomás Moro (1478-1535) que llevaba precisamente ese nombre con este título: Libro Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía.

            Escrito a principios del siglo XVI, Tomás Moro planteaba una sociedad en la cual la justicia era el motor y donde los hombres vivían en la felicidad que daban la inexistencia de la propiedad y de la penuria  de la supervivencia. El escritor, abogado y teólogo inglés imaginó ese título inspirado en “La República” de Platón, quien fijaba su sociedad ejemplar en “utopía”, que en griego quiere decir “en ningún lugar” Nadie podría afirmar, con rigor, que Platón fuera el primero, pero sí podemos comprobar que con posterioridad a él no dejan de pergeñarse nuevas utopías.

            Similar a la utopía platónica, el profeta Isaías auguraba una sociedad en la cual las naciones “convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces”. No muy lejana de esa profesión de deseos está “La ciudad de Dios”, de San Agustín, quien vaticinaba una sociedad cristiana en la cual la desaparición de la propiedad aumentaría, además de la igualdad, caridad y justicia.

            Hay otras muchas utopías más próximas que recuerde, como la de los Derechos Humanos, la Paz en el mundo en boca del Papa, incluso algunas más juveniles, menos clásicas, como la del Mayo del 68 o la del Socialismo Utópico, o la de los Libertarios o la Teología de la Liberación…  En fin, cada cual es muy dueño de incluir la utopía que quiera. Quizá lo importante no sea alcanzar esas utopías sino al menos aproximarnos a ellas, eso que siempre se ha dicho de la libertad, igualdad y objetividad utópica de la justicia e incluso del periodismo…  Y así confiemos en que si no hemos de lograr la utopía, al menos nos acerquemos cada día más al mayor control de los poderes y a la justicia más justa… Y por eso, nada mejor que concluir con la frase de Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”… ¡Eso si que es cabal e intachable!…

                                                                                              José Manuel Alonso

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