Pedro Ibarra, catedrático y escritor: “El Juicio de Burgos nos cambió la vida. Vivimos una tensión terrorífica”

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En su libro ‘Memoria del antifranquismo en el País Vasco’, el catedrático jubilado de la UPV/EHU, Pedro Ibarra, es el hijo de un millonario que renegó de Neguri

Julio Flor. Es además un abogado laboralista y defensor de presos de ETA que, junto a otros miles de vascos, pusieron los pilares de un mundo distinto. En 1975 no había un solo barrio de Bilbao, ni una sola población de su área metropolitana, que no tuviese una asociación de vecinos o una comisión de barrio activa. Qué diríamos del movimiento obrero, del estudiantil… Qué marea de libertad. Algo muy importante se había puesto en marcha en este país cuando el Dictador estaba a punto de morir en la cama.

En su libro se escuchan cargas policiales, huelgas, gritos de libertad, se escucha el murmullo de la hierba cuando crecía en la noche de San Juan.

-Estoy pensando qué quería yo que se escuchara en el libro. Quiero que se sienta la emoción más que las razones teóricas de todo un conjunto de gente que desde distintas razones y contextos tomamos la opción del antifranquismo. El compromiso social y político de mucha gente supuso ya un cambio de vida, cómo relacionarse, cómo construir comunidad… Ese cambio fue determinante en el proceso de confrontación.

Queda claro que fueron años muy duros … y a la vez fueron años creativos. ¿Fueron años hermosos?

-Sin duda. Viendo luego en qué se ha convertido el mundo, en fin… Hubo gente que se jugó la vida y la perdió por su enorme compromiso. Hubo mucho dolor, eh!, y torturas en comisaría. Eso estuvo ahí. Pero la vivencia de que estábamos haciendo algo distinto y con mucha otra gente. Eso fue muy hermoso.

Usted ha encarnado una vida distinta en lo que supuso dejar de lado a la elite económica de Neguri en la que nació.

-En cierta manera es así. Fui un poco raro, es verdad. En la primera parte del libro describo cómo era la sociedad de origen. Es un texto que no lo hubiera publicado en vida de mi madre, pero realmente el salir de Neguri y pasar a una opción social de compromiso y de vida distinta, eso fue un salto considerable. Pero había un montón de gente en aquellos años que estaba haciendo carreras universitarias, para ser ingenieros o directores de empresas, y se fueron a trabajar de peón.

Hay quien dirá “tiene mérito” haberse alejado de la elite económica de Neguri a la que pertenecía. ¿Tuvo mérito?

-Algo sí, pero cuando vives una situación inevitablemente contraria a lo que piensas, no tienes que hacer un gran esfuerzo. Neguri era una sociedad profundamente inculta, un caso único de oligarquía inculta. Yo tuve la inmensa suerte de que mis padres leyeran, y eso fue determinante.

Neguri era un grupo de 500 familias que mandaban en Bizkaia, y en las finanzas e industria de España. Y en la dictadura franquista.

-Es otro caso raro. Normalmente el poder político trabaja para las oligarquías financieras, pero no es el mismo poder. En el caso de Euskadi, Neguri y franquismo eran la misma cosa. Los presidentes de Administración de las grandes empresas de Neguri eran al mismo tiempo las autoridades políticas del Régimen.

Confiesa en el libro que tenía pánico a que la gente no le quisiera.

-Eso también me pasa ahora. Una de las razones de meterme en este lío y continuar en él era que no podía fallar a mi nueva gente, a mis nuevos amigos.

El 1 de mayo de 1964 estuvo “casi dentro” de una manifestación. ¿Qué sintió?

-Fue la primera vez. Sentí un pánico horroroso. Estaba estudiando en Deusto. Y empecé a dar mis primeros pasos con los antifranquistas.

En 1965 se casó en Madrid con Carmen Oriol. Entre los asistentes había presidentes de consejos de administración, y varios ministros franquistas.

-Había gente de alto nivel franquista. Esa boda la organizaron nuestros padres y a Carmen y a mí nos dieron la oportunidad de ir, pero no mucho más.

En febrero de 1969 dejó su despacho en Dow Unquinesa, donde era asesor jurídico, para montar con otros un despacho laboralista.

-Ese ya fue un paso sin vuelta atrás. Le expliqué a mi jefe que íbamos a montar un despacho laboralista para defender a los trabajadores. “¿Y vais a cobrar?” No lo sé. “Pues no entiendo tu decisión”, me dijo. En ese momento había una situación en la que cada vez había más movimiento obrero, más huelgas, más movilización y más represión.

Usted fue uno de los abogados en aquel proceso de Burgos que juzgó y condenó a muerte a militantes de ETA en diciembre de 1970.

-Eso fue muy significativo en mi vida. Un día nos llamó Jose Antonio Etxebarrieta a Paco Letamendia y a mí. Nos preguntó si nos animaríamos a ir a Burgos de abogados. Eso nos cambió la vida. Aquel fue un mes muy duro. Recuerdo que lloré al terminar el juicio, porque vivíamos una tensión terrorífica.

¿Qué supuso el Juicio de Burgos de 1970?

-Catalizó la confrontación social. Hubo una huelga general en Euskadi. Desde esa experiencia, me acerqué vitalmente al nacionalismo, que entonces no sabía lo que era, a pesar de que mi tío era Ramón de la Sota, jefe del PNV de entonces, a quien visitábamos en Biarritz sin que mis padres soltaran prenda.

Hablando de Neguri, usted no sufrió desprecio alguno.

-Yo no me fui porque me trataron mal. Me fui porque un día dije: “Os quiero mucho a todos, pero me voy”.

¿Qué llevó a Euskadi a despertar de la modorra del largo ‘tiempo de silencio’?

-Cualquier cosa que hicieras estaba prohibida y se corría el riesgo de ser detenido. Era sencillo convencer a la gente de que tenía que luchar.

¿Qué se logró?

-Formas de contrapoder popular muy importantes. Se creó la coordinadora de fábricas de Bizkaia, con representantes elegidos en más de cien fábricas de Bizkaia. No hablamos de partidos políticos, sino del conjunto de la sociedad que se sentía representada desde el movimiento obrero. Con ese sistema de representación directa se hubiera construido un sistema democrático distinto.

¿Fue vanguardia el pueblo vasco, en el conjunto del Estado español, contra la dictadura?

-No me gusta el término vanguardia, pero el movimiento obrero de Cataluña y del centro de Madrid o ciertas partes de Andalucía tenían como referente a nivel de movilización y organización unitaria lo que estaba protagonizando Euskadi.

¿Qué nos dice de los 4.000 nombres con sus apellidos que aparecen al final de su libro, 24 páginas de nombres?

-Hubo miles de personas comprometidas luchando en la calle, en las empresas, en el barrio, en organizaciones políticas… Así que me dije voy a poner unos nombres. Y entre unos y otros fuimos juntando hasta estos 4.000. Y faltan, faltan muchos. Muchísimos.

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