Se ha cerrado “La Granja”, otro café histórico del “Bilbao de toda la vida”

“Se cierra el histórico Café La Granja” de Bilbao. Pese a que nos lo temíamos por la, al parecer, ‘endeble’ situación del edificio, nos alarmamos, sobre todo por lo que suponía para Bilbao, sus ciudadanos y sus visitantes. Y, coincidiendo con otros periodistas, nos preguntamos: “¿y ahora, qué?…

            En otras ciudades en las que ha ocurrido semejante situación, se ha reaccionado, incluso también se hizo en Bilbao, por ejemplo, con el Café Boulevard… cuando cambió de dueño y de nombre.

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            Pero, vayamos por partes, hablemos como nos enseñan quienes conocen bien la historia de los Cafés (el ejemplo más cercano está en nuestro colega Carlos Bacigalupe) y recorramos paso a paso parte de la leyenda de estos establecimientos únicos en la Historia del Mundo, sobre todo de Europa, para concluir con una referencia directa a los Cafés de Bilbao.

            En primer lugar, nos preguntamos: ¿que han sido, que han representado y representan hoy estos Cafés históricos de las grandes capitales europeas?… Y veámoslo a través de algunas frases e ideas de escritores que frecuentaron los Cafés…

“Somos hijos del progreso y de los Cafés de nuestro tiempo”

            “El hombre, como la mujer, además de hijos de sus obras, son hijos del Café de su tiempo”. Esta frase de Josep Pla (1897-1981) la recogía en 2007 Antoni Martí Monterde en un detallado estudio sobre Poética del Café, y añadía otra de Joseph Roth (1894-1939) sobre un Café vienés: “Salir del Café y ver la luz del sol era como despertarse en medio de un sueño. Dentro del Café se para el tiempo. Encima de la caja registradora había un gran reloj colgado de la pared y al que cada noche daba cuerda el camarero mayor, Franz, pero no tenía agujas”…

            Y es que en los cafés más emblemáticos de Europa, entre los que, como veremos y destacaremos, ha habido varios del Bilbao de toda la vida, los relojes se han detenido y la historia se hizo presente. Y lo ha habido en sus paredes, mármoles, espejos y escalinatas… Junto a la barra o lejos de ella, se han fraguado revoluciones y se han constituido gobiernos, escrito obras universales de la literatura y del pensamiento, realizado cuadros de pintores y grabadores inmortales, y se han vivido amores imposibles. Los Cafés históricos han sido y deberían seguir siendo templos arquitectónicos y escaparates de las ciudades, en las que, decía y escribía Fernando Pessoa (1888-1935), “esas grandes ciudades paralizadas en los Cafés… Donde cristalizan y se precipitan / los rumores y los gestos de lo útil / y las ruedas dentadas del Progreso”.

“Los Cafés son la vida interior de la ciudad como ciudad”

            Para Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), “los Cafés son la vida interior de la ciudad como ciudad; el primer parlamento desinteresado, la comprobación de la vida en mil ángulos de la urbe”. Y añadía: “este espacio de los Cafés se plantea como encrucijada habitable para el individuo, se perciba éste como ciudadano comprometido o como ciudadano solitario”…

            Según Antonio Bonet Correa, que dedicó a Los Cafés históricos su discurso de recepción en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (el 13 de diciembre de 1987), “los Cafés han sido siempre un lugar de observación del género humano, una atalaya para ver discurrir las horas y las estaciones del año, sentir el tránsito de la existencia humana. Los Cafés han sido área plena de vitalidad y refugio de soñadores solitarios”. Martín Monterde, en su Poética del café, viene a decir en sus 500 páginas que en los Cafés ha estado y debería seguir estando la vida interior de la ciudad, ocupando un papel decisivo en la modernidad desde el momento en que alguien se sentó (o se sienta) en una mesa, toma un papel y se pone a escribir…

En  el XVII, los primeros Cafés europeos: Venecia, Oxford…

            La Meca, El Cairo, Damasco, Bagdad y Constantinopla parece que fueron los primeros establecimientos en donde se expendía el café, convirtiéndose sus locales en centros de reunión y vida social. Los venecianos, en guerra con el Imperio turco, fueron los que a principios del siglo XVII trajeron el café a Europa, dedicándose a su comercio. En cuanto al primer Café que se abrió como tal en Europa parece que fue en Oxford, en 1650.  Significativamente, esa misma fecha y lugar coinciden con la del primer museo público.

            Antes de que el té se convirtiese en la infusión nacional, los ingleses bebían café. Su influencia fue grande en la literatura y el periodismo de la época. En Francia, el café, llegó con la Ilustración, que, como se recordará se desarrolló a mediados del Siglo XVII, teniendo como fenómeno histórico definitivo, simbólico, problemático y futurista  la Revolución francesa.

            Junto a los franceses, a los austriacos e italianos se les cita como los primeros en Europa en degustar el llamado «néctar» o «vino de los árabes». En España llegó más tar­de, en el siglo XVIII, al que es conocido como el “Siglo de las Luces” y de la fe en la razón y en el progreso.

            En ese siglo XVIII los salones de estos establecimientos públicos fueron diseñados por grandes arquitectos. En Italia fue Venecia la pri­mera ciudad de los Cafés. Se agrupaban especialmente en la Plaza de San Marcos. El Florián, crea­do en 1720, con el significativo nombre de Caffè della Venezia Trionfante, es todavía un cosmo­polita centro de reunión de artistas y viajeros cultos. Los demás, como el Caffè degli Sepechi, han desaparecido o han sido sustituidos por otros del siglo XIX. En Roma el Café Greco, en via Condotti, se ha calificado de «umbiculus ur­bi». Punto de referencia, de encuentro en la ciu­dad, ha sido un lugar frecuentado por poetas, es­critores y artistas. También por reyes e incluso por quienes llegaron a ser Papas.

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            Goethe, Schopenhauer, Andersen, Lord Byron, Shelley, Chateaubriand, Stendhal, Leopardi, Henry James, Mark Twain, Gabriel d’Annunzio, Ingres, Corot, los pintores nazare­nos, Thorvaldsen, Rossini, Berlioz, Listz, Gounod, Wagner, Toscanini, y tantos otros fueron asiduos clientes. Tan pronto llegó a Roma el novelista Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), acudió al Café Greco para encontrar a los artistas españoles que se reunían en uno de sus salones particulares.

“Los Cafés: centros de movimientos estéticos contemporáneos”

            Sin los cafés decimonónicos o moder­nistas de Viena, Budapest, Praga, Cracovia, Berlín, Bruselas, Ámsterdam o París no se comprenden los movimientos estéticos contemporáneos. Balzac, Baudelaire, Verlaine y Apollinaire, los pin­tores impresionistas, cubistas y surrealistas están ligados a los cafés parisinos de los grandes Buleva­res, de Montmartre y Montparnasse, y Sartre, Camus y Giacometti a los del Boulevard Saint- Germain, Les Deux Magots y el Café de Flore.

            Algunos de aquellos cafés franceses han desaparecido, cafés anteriores al estilo revolucionario impulsado después por el estilo imperio creado bajo Napoleón, aficionado y propulsor de los cafés. Entre esos desaparecidos, en París se recuerda el célebre Malibrán, pero todavía se conserva en muy buen estado el Procope, fundado por el siciliano Procopio di Castello en 1702.

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            Cada café tiene su literatura. En la provincia fran­cesa el café de los Deux Garçons de Aix-en-Pro­vence, con su terraza en el dieciochesco Cours Mirabeau, ha sido evocado por escritores de la categoría de Jean Giraudoux. De Lisboa podría establecerse una nómina muy completa de cafés modernistas y art déco. La Brasileira do Chiado con sus filiales en Oporto y Coimbra, el Martinho da Arcada, frecuentado por Fernando Pessoa, la Suiça del Rossio, etc.

            Los Cafés en otro tiempo, sobre todo a raíz de la Revolución Francesa (1789-1799),  fueron la cuna de la filosofía más moderna, del periodismo más activo, la política más dinámica y hasta el teatro y la canción más del momento, e incluso de la comunicación, la relaciones humanas y hasta las discusiones y enfrentamientos más explosivos, o, como escribía Montesquieu, en sus Cartas Persas, “lugares donde se cuentan novedades y/o se juega al ajedrez”.

            Hoy, principalmente en Europa, hemos perdido algunos Cafés históricos y los que se mantienen lo hacen adaptándose inteligentemente a las necesidades de ahora, que lo primero que se hace es pedir el wifi del local, porque la tecnología, las redes sociales y la inteligencia artificial han sustituido en gran medida a los libros, el pensamiento individual y las relaciones humanas.

            Ya no es época del existencialismo, pero hemos de seguir existiendo y reclamando ese lugar tan “nuestro” que siempre se adaptó a los tiempos del presente y que lleva el sustantivo y la sustancia del café, y al que se le han añadido otros manjares e incluso ofertas de restauración.

“Pensé que la vida sería como un enorme café existencialista”

            La autora del exitoso libro Cómo vivir. Una vida con Montaigne, la filósofa británica Sarah Bakewell (1963), tiene un interesante libro titulado: En el café de los existencialistas, y presentado con el atractivo de “lo prohibido: el sexo, el café, los cigarrillos y otras necesidades, para atraer a un público mayoritario”. Este gran ensayo –escribe Moreno Claros en “El País” en octubre de 2016–trata de ideas y de la filosofía hecha vida —“habitada”, según la irlandesa Iris Murdoch (1919-1999)—; por eso importan mucho las biografías de unos pensadores cuyo principal afán fue indagar en el hecho esencial de existir aquí, en el mundo, y comprometerse con lo vivido siendo “auténticos”…

            Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Martin Heidegger son los protagonistas. Acompañándolos destacan Albert Camus, Maurice Merleau-Ponty o Raymond Aron, cuyos escritos tuvieron enorme relevancia después de la Segunda Guerra Mundial; y aparecen también Hannah Arendt, Simone Weil o Edith Stein. De todos ellos se deduce que la filosofía existencialista nació y se desarrolló acompañada de café, nicotina, amores y jazz, porque quienes la emprendieron eran jóvenes ansiosos de sabiduría y libertad. Debatían en los cafés y vivían a salto de mata, pugnando por transmitir sus novedosas ideas.

            Bakewell comienza el libro con el encuentro fundacional del existencialismo moderno en el parisiense café Bec-de-Gaz entre los jovencísimos Simone de Beauvoir, su novio, Sartre, y el amigo de ambos, Aron, todos licenciados en Filosofía. Aron, estudiante en Berlín, les comentó que en Alemania se filosofaba de una manera nueva: allí dominaba la fenomenología de Husserl, cuyo lema era “¡hay que ir a las cosas mismas!”, pensar desde las cosas y experiencias cotidianas sin las ataduras de la tradición, mirándolas como la primera vez. Sartre se interesó tanto que se marchó a Berlín a estudiar fenomenología: era el año 1933.

            Bakewell nos lleva después a la cuna del hitlerismo, y a la historia de Husserl, su fenomenología y su inmenso legado manuscrito —salvado de las garras nazis por el monje belga Herman Van Breda—. Además, hace una magnífica semblanza de Heidegger, el “filósofo del ser”, díscolo fenomenólogo que publicó una obra sui generis, tan influyente que marcó lo que se pensó después: Ser y tiempo. La propia filósofa británica confiesa: “Mi experiencia como estudiante (en Mayo del 68 tenía cinco años y 17 en la muerte de Sartre, 1980) me había transformado. Conseguía pasar los días y las noches más o menos como habían hecho los existencialistas en sus cafés: leyendo, escribiendo, bebiendo, enamorándome y desenamorándome, haciendo amigos y hablando de ideas. Me encantaba todo aquello, y pensaba que la vida siempre sería como un enorme café existencialista”.

            Desaparición de una larga lista de viejos cafés históricos

            En España, la aparición como estableci­miento público, lo mismo que la afición al café, está ligada a la nueva mentalidad surgida bajo los borbones. Tomar café significaba ser un ilustrado, tener la mente des­pierta, ser lúcido y clarividente. El filósofo y el partidario de la razón tenían que estar informa­dos, leer periódicos y, además de ser tolerantes, tener avispado el espíritu para enterarse de todas las novedades, lo que hacían en los cafés.

            Hasta 1850 en nuestros cafés estaba prohibida la entrada de la mujer. Los cronistas de la época advierten que “ya se puede ir al café con su señora, sin que nadie se escandalice”. El café familiar también había nacido; el café con leche y media tostada y/o unos churritos.

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Café Pombo, en Madrid

            Desde hace años, en España ha desaparecido una larga lista de viejos cafés históricos. En Madrid, Pombo, el Varela y el Teide. En Barcelona, el Canaletas. En Santiago de Compostela, el Español. En Lugo, el Méndez Núñez, y en Murcia, el Santos, y en Valladolid recientemente el Molinero. Podría enumerar muchos más. Los españoles siempre estamos a la última. En materia de desprecio y destrucción de nuestro patrimonio cultural, a eso nadie nos gana.

            El recuerdo de los cafés no es sólo un motivo de añoranza literaria, social y periodística. La pena está en que a medida que se cierran los cafés históricos o cambian de actividad y/o intencionalidad de cada lugar donde se produce, al menos entre nosotros sólo los periodistas locales lo lamentan y además se olvidan con facilidad. Esto no ocurre en cualquier otra parte de Europa, al menos de manera tan descarada y cutre como en España, porque las instituciones locales, regionales o estatales lo impiden considerando que esos cafés forman parte de la historia, el arte y la belleza de la ciudad correspondiente. Y por eso, están directamente protegidos. Recuerdo que en ciudades italianas o en centro Europa, es el propio guía turístico que te enseña la ciudad quien te señala los Cafés, e incluso te sugiere que los visites porque no sólo estarás en un bellísimo ambiente sino porque comerás o tomarás café de mejor calidad que en otros sitios, e incluso a un precio más barato, obligados por su protección y ayuda administrativa, con menos impuestos e incluso subvencionados.

Personajes cercanos en nuestros Cafés: Unamuno, los Baroja…

            En cuanto a los clientes, además de los europeos ya citados, siempre recordaré a los “nuestros”, desde Unamuno  a los Baroja  y más cercano y al que conocí personalmente, Luis de Castresana (1925-1986), siempre recordado por su “El otro árbol de Guernica” y porque tengo la imagen de él escribiendo sentado en algún café de Bilbao, como lo hacían otros escritores poetas, periodistas e incluso artistas por todos recordados.

            Si nos alejamos de Euskadi hacia Madrid ninguno como Ramón del Valle Inclán, “viejo dios altanero y esquivo”, como le calificó Rubén Darío. Al genial compostelano siguieron en su costumbre de escribir sentado en una mesa de Café otros muchos y tenemos in mente el famosísimo Café Gijón, donde personajes anteriores y posteriores a la Guerra Civil  se juntaron para dialogar, discutir o maquinar, políticos, filósofos, sociólogos, artistas, actores de cine y teatro, etc.

Joven Picasso en un café; y anciano Pio Baroja. Dibujos de Ricardo Baroja.

            Como personaje de Cafés en Madrid se ha citado en numerosas ocasiones a Pio Baroja, pero lo cierto es que las famosas tertulias del escritor vasco fueron más en su propia casa (calle Ruíz de Alarcón, 14) que en los locales públicos. De esas reuniones, así como de los paseos o callejeos se ha especulado con comentarios repletos de curiosidad, tanto por don Pio como por su hermano Ricardo, pintor, grabador y escritor.

            Bonet Correa comenta en su libro que “las escenas de cafés grabadas por Ricardo Baroja son de una gran veracidad. En una de ellas, en la que hay una joven de airada vida con un gran sombrero, se ve a un chico con el mechón de pelo despeinado sobre la frente que, según Pio Caro, sobrino de los Baroja, es Picasso, que, como sabemos, a principios de siglo XX fue amigo en Madrid de los dos hermanos (…) Y de aquellos tiempos pasados, recordemos que el sabio antropólogo y escritor Julio Caro Baroja dibujó de manera caricaturesca , o más bien de pintoresco costumbrismo, la escena de un café típico del siglo XIX. El mundo ya obsoleto de sus dos tíos fue su fuente de inspiración”

José María Salaberría y Ramón Gómez de la Serna

            José María Salaverría (1873-1940), hijo de madre alavesa (Beotegi) y padre guipuzcoano (Tolosa), no solo fue una destacada figura de la Generación del 98 sino un polémico escritor que frecuentaba los Cafés y comentaba: “Quitadle los divanes de café al siglo XIX y el siglo pasará a ser ininteligible”. Y es que la costumbre de redactar los textos en las mesas de los cafés duró en Europa más de dos siglos.

            Los escritores –como hemos visto a los existencialistas franceses o a los de la Generación del 98 en España– preferían las mesas y el movimiento de los Cafés al silencio del estudio, quizá hoy se reproduce este fenómeno, como hemos señalado, en los cibercafés, en los que sobre todo jóvenes están absortos con su ordenador o, para leer, su tablet o tableta. Indudablemente los Cafés siguen siendo además lugares propicios para escribir textos de todo tipo, y en especial crónicas periodísticas de urgencia.

            Ramón Gómez de la Serna afirmaba que un escritor “debe estar sentado siempre en medio de la vida” y que se trabaja mejor el lenguaje en el café que en la soledad de un despacho, en donde corre el peligro de amanerarse. En un Café se capta con mayor percepción “el trasunto de las almas de los demás confundidas con un aglomerado ameno y vivo”. Además, “en las pausas de escribir en los cafés se contrasta todo mejor y nuestra cabeza se eleva hacia los techos”.

            En los cafés, decía el mismo Gómez de la Serna, uno es “verdaderamente contemporáneo, donde se vive a contemporaneidad que es el goce del tiempo que nos ha tocado vivir”- Y completaba su admiración por estos lugares con esta frase: “En un Café se siente la lámpara viva del tiempo y el sabio reloj de arena está en cada mesa”.

            El “renacimiento” de la Villa de Bilbao, en los Cafés históricos

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Gran Vía de Bilbao en el año 1926.

         Los historiadores dicen que “Bilbao se fundó sobre el hierro”. Quizá más adecuado sería que se fundó sobre el agua y sus montes cercanos que la regalaron el hierro, y añadiría que se comprometió en los despachos de sus viejos edificios eclécticos y majestuosos de finales del XIX (Diputación, Ayuntamiento, Siete Calles, etc), como lo hizo la Florencia de los Medici. Si en el renacimiento florentino se celebraban los éxitos en los salones de palacio o en el Vaticano, en Bilbao, en su particular “renacimiento”, se hacía de forma mucho más modesta y propia, en los cafés, porque eran lugares que respondían a la vida sencilla y comunicativa que cantara Basterra y extendiera Unamuno. Allí las buenas palabras y los acuerdos eran el dulce que acompañaba al café. Se hablaba, se leía, se escribía, se negociaba, se hacían amigos e incluso los jóvenes se declaraban o enamoraban. Los cafés eran, como se ha dicho, la villa dentro de la villa: el Bilbao más humano y entrañable. El de “toda la vida, el de siempre”, el de –como escribía José María Salaberría–  “la espontaneidad renovada que, al mismo tiempo que trabaja, piensa, y a la vez que piensa, sueña”.

            En los años 80, el entonces Departamento de Comercio, Pesca y Turismo del Gobierno Vasco, me encomendó una serie de folletos turísticos sobre Bilbao, en los que hiciera memoria de su pasado histórico. Escribía: “la villa de Don Diego López de Haro,  admirada en el mundo culto por las cuatro “eles”: linaje, lengua, ley y libertad”, y reconocida en aquellos años 80 por su expansión hacia el Gran Bilbao y su potencial industrial, social y humano, así como por el talante de sus gentes… En aquellos textos, a los que se acompañaba con fotos del gran maestro Alberto Schommer, siempre hacía referencia a edificios y lugares de “culto” y “encanto” para satisfacer a los turistas que fueran a leer unas páginas extensas, gráficas y bien editadas en cómodos folletos.

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Alberto Schommer reflejó como nadie calles y Cafés de Euskadi

            Entre esos edificios y lugares, lógicamente, estaban los Cafés, donde el visitante podía sentirse a gusto y descansar un tiempo en su visita con un buen ‘tonificante’ que le acompañara, lo que siempre se cuidó en Bilbao que fuera procedente de los mejores lugares, con marcas propias. No necesito decir nada más: personalmente amaba a aquellos Cafés bilbaínos que, afortunadamente, algunos aún perduran y espero que si se cierran vuelvan a abrirse conservando sus muchos valores estéticos y de cercanía humana.

             Algo parecido a lo que yo siento por los cafés lo sienten otros muchos vecinos de Bilbao o de San Sebastián y Vitoria, y doy fe sobre todo por los colegas periodistas, escritores y otros muchos ciudadanos que, así, durante largos años , lo han manifestado.

El “caso” de La Granja, muy doloroso pese a ser esperado…

            El legendario Café de la Plaza Circular de Bilbao, “La Granja”, se cerró el pasado 8 de febrero tras 91 años de plena actividad. El mítico establecimiento estaba regentado en la actualidad por la familia Garmendia, la misma que explota el Iruña de los Jardines de Albia y que con anterioridad se encargaba también del mítico Café Boulevard del Arenal, hoy convertido en “El Mercante”, del Grupo bilbaíno Gozatu. El “Café la Granja”, concebido como uno de los grandes cafés europeos del siglo XIX, fue inaugurado el 31 de julio de 1926, festividad de San Ignacio, por la familia Lozano, y desde entonces había mantenido su estética, con gran éxito por parte del público tanto bilbaíno como visitante.

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Foto de archivo del bar La Granja (BORJA GUERRERO). Publicada en “Deia”

Edificio en pleno centro y en venta desde 2012

            El edificio en el que se mantenía el Café La Granja estaba situado en el número 3 de la Plaza Circular de Bilbao, puro centro de la villa y nudo de transportes públicos de Renfe, Feve, metro, tranvía y las principales líneas de Bilbobus y Bizkaibus. La ubicación no podía ser mejor: situado en el espacio de mayor potencial hostelero y comercial de Bilbao, por su estética retro y su cocina tradicional registraba llenos prácticamente a diario, con colas de espera en numerosas ocasiones. Y como dato significativo, en el permanecían como sede oficial distintas asociaciones populares y de gran tradición festiva y popular como “La Compañía del Gargantúa” o “la Academia del Cerdo-Txarriduna”.

            Tal y como se ha publicado en el diario “El Correo”, la desaparición de La Granja había sido objeto de multitud de rumores en los últimos años. El incierto futuro de este codiciado inmueble había puesto de manifiesto las diferencias que separan al Ayuntamiento y a los dueños, la compañía de seguros Helvetia, quien lo sacó al mercado en 2012 en un proceso de venta de activos en diversas capitales españolas.

            La calificación de edificio protegido restringía de forma notoria las intervenciones a desarrollar en esta construcción centenaria con estructura de madera. Había sido sometido a varias reformas parciales y disponía de un nivel de protección que le obligaba a mantener intacta la fachada y respetar de forma «casi íntegra» la mayoría de compartimentos de un local cuyas plantas superiores, ocupadas por una veintena de despachos de abogados y consultorías, comenzaron a ser desalojadas a partir de 2010.

Ayuntamiento: “creemos en la apertura de La Granja

            Según las fuentes citadas, las restricciones impuestas por los técnicos municipales echaron atrás a numerosas firmas, especialmente de moda y hostelería, interesadas en la compra de este local. No obstante, pese a las limitaciones, la firma Inditex y varias multinacionales de comida rápida llegaron a presentar importantes ofertas, aunque todas las negociaciones culminaron sin éxito. Hace varios años, la aseguradora estuvo a punto de cerrar su venta a un fondo de inversión, pero la operación se vino abajo «de forma inesperada» en el último momento.

            Helvetia Seguros ha conseguido rematar «hace sólo unos días» la venta del inmueble a un grupo inversor. La operación se ha cerrado por cerca de 7,5 millones de euros. La transacción suponía en la práctica el inmediato cese de la actividad del café. El Ayuntamiento de Bilbao ha manifestado por activa  y por pasiva que confía (sus dirigentes cree) en que “La Granja” vuelva a abrirse “pronto”, lo que no coincide con opiniones que aseguran que el edificio necesita una sustanciosa reforma y se desconoce el fin que pueda darse al local de 325 metros cuadrados en planta baja que ocupaba  el casi centenario Café.

En Bilbao nació el primer Café Suizo de una gran cadena

            En el año 1811 llegaron a Bilbao, con la intención de embarcarse para América, los suizos Lorenzo Matossi y Pietro Fanconi. Naturales de Poschiavo, en el cantón de los Grisones, eran dos jóvenes dispuestos a ganarse la vida como fuera. Mientras esperaban el día de la partida del velero que los llevaría al Nuevo Mundo observaron que en el Paseo del Arenal, a los niños sus niñeras les daban pan y chocolate. Matossi, que había trabajado en  Viena de pastelero, tuvo la idea de cocer pequeños bollos de leche, lo suizos, que comenzó a vender en el Arenal haciendo las delicias de los pequeños bilbaínos.

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El Café Suizo en el paseo del Boulevard a la derecha. 

            Ante el éxito, los dos amigos decidieron instalarse en Bilbao, abriendo una pastelería y el Café Suizo. Fue el primero de los cafés suizos de España. Matossi, Fanconi y Cia prosperaron. Poco a poco fueron llegando a España para instalarse los parientes y amigos del pueblo de Poschiavo. Bajo la protección y el consejo de los Matossi y Franconi se abriendo nuevos cafés en distintas capitales de provincia. Cincuenta y tres Cafés suizos llegó a haber en España. Aunque nunca formaron una cadena, tenían en común el ser establecimientos nacidos bajo el mismo signo. El primero fue el de Bilbao, enseguida le siguió el de la calle Alcalá de Madrid y el predilecto de la familia Matossi fue el de Pamplona, en la Plaza del Castillo. Abierto en 1845 en la antigua Casa del toril y reformado en 1912 perduró hasta 1952, para convertirse en Banco de Bilbao. Fueron  célebres también los Cafés Suizos de Sevilla y Granada, que aún se conserva en la avenida de los Reyes Católicos.

            El Café de Bilbao se cerró en el mes de junio de 1960, después de un largo pleito en el tribunal Supremo con la firma “Calzados La Palma”, que se instaló donde permanecía la antigua pastelería. Pero de este tena, tan interesante como curioso relacionado con “El Café Suizo de Bilbao” y la historia de este establecimiento y de otros, puede leerse con detalla en Geoogle, concretamente en el “Blog de Cesar Estornés, historia y deportes”, con fecha 1-XI-2011 y acompañado de fotografías: cesarestornes@gmail.com memoriasclubdeportivodebilbao.blogspot.com

Carlos Bacigalupe y sus “Cafés Parlantes”

            La fuente principal para el conocimiento de los antiguos cafés de Bilbao está en el exhaustivo e interesante trabajo de nuestro compañero Carlos Bacigalupe, titulado: “Cafés Parlantes de Bilbao”.

            Según entresacamos del libro de Antonio Bonet Correa, “la colección fue iniciada en 1995 y en sus páginas se recopilan los numerosos artículos que Bacigalupe ha ido publicando en distintos periódicos, principalmente en el mensual de “Bilbao”, publicado por el Ayuntamiento, que fue fundado y dirigido por Ángel Ortiz Alfau (1924-2002) y posteriormente y de forma extraordinaria por Elena Puccini, jubilada recientemente.

            Desde los cafés románticos más antiguos hasta los del siglo XX, pasando por los de la Belle Époque bilbaína, Bacigalupe cuenta “lo que nunca se dijo y hay que decir”. Las historias más curiosas, las tertulias literarias y artísticas, las intrigas políticas, los trapicheos de los estraperlistas tras la última Guerra Civil (decimos “la última” porque antes de esa hubo otras, por ejemplo, la Guerra Carlista, que tanto afectó a Bilbao, a sus cafés y, por ejemplo, a Unamuno)  o las diversiones y francachelas de los clientes de los cafés, insistiendo su autor siempre en las referencias a la vida local bilbaína. “En todos sus textos –añade Bonet Correa—siempre hay un tono elegíaco, un acento nostálgico de una Edad de Oro concluida. Para Bacigalupe, la desaparición de los viejos cafés ha supuesto la pérdida irreparable de un tiempo que nunca volverá”.

Caso atípico: El café Boulevard, sucursal del Viejo Suizo

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Reapertura del “Café Boulevard”, con otros dueños y otro nombre: “El Mercante”

            Parecida situación a la que se vive hoy con el caso de “La Granja” ocurrió hace unos años, en el 2006, con el Café Boulevard, que se consideró un “caso flagrante de nuestro aserto”, en palabras de Bonet Correa en su estudio sobre los Cafés Históricos. Se trataba de un bellísimo local situado en El Arenal, junto al Teatro Arriaga.  Contaba con una decoración art déco en sus dos plantas con más de 500 metros cuadrados útiles. Indudablemente para Bilbao era una pérdida irreparable. Ni los artículos de Bacigalupe ni los demás periodistas que defendieron la permanencia del café pudieron evitar su cierre, ya que la empresa que compró el edificio  en que estaba el café necesitaba transformar el local, como así se hizo. Para ello contribuiría con toda seguridad los casi 15.000 testimonios recogidos en contra del cierre editándose un libro “Vidas de un Café”, obra coordinada por Josemari Amantes, de la Komparsa Moskotarak, promotora de la iniciativa para salvar el Boulevard, con 17 ¡ilustraciones hechas ex profeso para la ocasión por otros tantos dibujantes y diseñadores gráficos. Probablemente, gracias a todo este “levantamiento” popular en defensa del Café, tuvimos la suerte de su recuperación con nuevos dueños y otro nombre, “El Gran Café El Mercante”, con fecha 23 de julio de 2013.

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Café Boulevard, posterior al Café Suizo desde 1871

            El “Café Boulevard”, fundado en 1871 como sucursal de “Viejo Suizo” y que,  remozado en los años veinte, había sido restaurado en 1986 para reparar los años de la inundación de Bilbao en 1983, era un ejemplar típico de café multitudinario de aparatosa instalación. Su gran sala de columnas octogonales, de decoración con arcos angulares, vidrieras de cristales emplomados y ornamento geométricos. Tenía un ambiente particular aún brillante de Art Déco”, arte decorativo que surgió a raíz de la Exposición Universal de París en 1900. En el pasado, el Boulevard  había sido frecuentado por el joven Miguel de Unamuno, así como el famoso doctor Areilza o Robert Capa, el famoso corresponsal gráfico de guerra fotoperiodista húngaro, así como Vicente Blasco Ibáñez durante su estancia en Bilbao para documentarse y escribir su novela “El intruso”.

            El Boulevard fue sede de varias tertulias literarias y lugar de cita entre el viejo Bilbao y su Ensanche. Durante ocho años y gracias al buen hacer del entonces relaciones públicas, relaciones humanas y de comunicación, Marino Montero, durante más de ocho años se celebraba cada martes por la tarde la reunión de numerosos poetas que formaban en su mayoría la Asociación Artística Vizcaína, presidida por el siempre caballero de Olmedo y Juez de Paz de la zona de La Arboleda, Zenón García Alonso. Entre las actividades de aquel grupo estaba el Premio Primavera de Poesía, y a sus tertulias acudían con frecuencia escritores como Ángel Ortiz Alfau (1924-2002), Iñaki Ezquerra, González de Langarika, al que perdimos hace un par de años,  Sabina de la Cruz, la mujer que acompañó a Blas de Otero gran parte de su vida y actualmente presidenta de la Fundación dedicada al poeta bilbaíno; Blanca Sarasua, Fernando Zamora y otros muchos.

            La reapertura del Café Boulevard después de siete años de cierre, fue todo un acontecimiento. Pasó a formar parte de la cadena de ‘gastrobares’ Gozatu, con cinco establecimientos en Bilbao. El acto fue presidido por el entonces alcalde en funciones Ibon Areso, que deseó que los nuevos administradores “sigan manteniendo los elementos culturales que han acompañado al Boulevard” y “que les vaya extraordinariamente bien”. Sobre el cambio del nombre del local, ha manifestado que cree que “los bilbaínos seguirán llamándolo Boulevard durante mucho tiempo”.

            El gerente de la firma hostelera bilbaína, Yago Carreira, expresó  la “satisfacción” del grupo por ser el encargado de reabrir este café centro de la vida cultural y de la intelectualidad de la ciudad durante casi 150 años.  Carreira explicó que, siguiendo el legado histórico del antiguo Boulevard, del que han sido habituales figuras ilustres como el doctor Areilza, Miguel de Unamuno o Robert Capa, ‘El Mercante’ recuperará la tradición de los recitales y la música de piano en directo en horarios vespertinos y acogerá, además, “todo tipo de iniciativas culturales”.

            El antiguo Boulevard se llama desde entonces “Gran Café El Mercante” en referencia al paisaje naval y comercial del antiguo puerto de Bilbao, que se situó en el Arenal hasta los últimos años del siglo XIX. Y el local sigue siendo considerado como una de las referencias arquitectónicas más destacadas del estilo Art Déco del País Vasco y de Europa.

                        ¡Nos vemos en el “intocable” Café Iruña!

            Entre los cafés históricos y que todos deseamos que siga siendo “intocable”, es el Café Iruña, situado enfrente de los Jardines de Albia. Fue fundado en 1903 por el navarro negociante en vinos con América, Severo Unzue, bautizándolo con el mismo nombre que el prestigioso Café Iruña de Pamplona.

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            Bonet Correa subraya el hecho de que este café bilbaíno mereció en 1980 ser declarado “Monumento singular” y ser galardonado, en el año 2000, con el “Premio especial del Mejor Café Español”, concedido por la publicación “Café Crème. Guide to the Coffe Europa”, editada en Londres por Roy Ackerman. Indudablemente el Café Iruña de Bilbao, con sus más de trescientos metros cuadrados, distribuidos en los tres espacios  consecutivos de bar, café y restaurante, decorados por el arquitecto Lerchundi en estilo mudéjar a lo andaluz, constituye un conjunto de atractivo encanto.

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            El Iruña tiene zócalos de azulejos, paneles de cerámica pintada con los antiguos anuncios de las mejores bebidas y licores, sólido mobiliario de oscuras maderas y un altillo con una tribuna para los músicos que tocaban a diario el piano y el violín para entretener las veladas de los clientes. Precisamente–continúa Bonet Correa– el propietario del “Iruña”, hombre de gran sensibilidad artística y melómano, hizo que la música primase sobre las diversas actividades culturales y festejos que tuvieron lugar en torno al café. Una prueba de su especial inclinación por el arte musical fue que, en 1927, bajo su patronazgo,  el profesor del Conservatorio, organista y director de la Masa Coral del Ensanche, Miguel Arregui Trecet, pianista del “Iruña”, hizo el arreglo y traducción al castellano de la pegadiza melodía “El Menú”, obra del compositor alemán Carlos Federico Zöllner (1800-1860). La versión española realizada  en la mesa de la cocina del “Iruña”, basada en su emblemática carta de platos, fue estrenada por la Banda Municipal en el Kiosko del Arenal el 19 de agosto de 1928, el primer domingo de la Semana Grande de Bilbao (Aste Nagusia). De todos es conocida esta cantata que comienza con: “Camarero, señor camarero, señor / ¿Qué hay para hoy? Señor, un buen menú / Solomillo asado con patatas fritas”…

            Esta canción, pieza clásica e indispensable de un banquete o alegre celebración gastronómica, es digna de ser recordada junto con el “Café Iruña”, establecimiento único en su género y que, en la actualidad, figura citada en todas las guías turísticas de la capital de Vizcaya”.

Aquel Bilbao y este Gran Bilbao: que los Cafés no sean un sueño

            Bilbao –escribía José Antonio Zorrilla- ha sido durante muchas décadas un asentamiento de trabajo y de población arremolinada en sus alrededores, lo que hoy se entiende como el Gran Bilbao”. Idea que completaba el siempre ocurrente Elías Amézaga: “Bilbao crea para el mañana: los padres para los hijos, y los socios para su empresa en común. Y ayer, como hoy, se entregan en la villa a los grandes proyectos, abrirse paso entre las montañas, formar empresas para de algún modo prolongar los límites de Bilbao”. Empresas que en otros tiempos fueron de grandes industrias o agencias de banca que hoy, además, como adelantaron Juan Luís Laskurain, entonces Diputado de Hacienda, y Joseba Arregi, a la sazón Consejero de Cultura,  al presentar a los medios de información el proyecto del Museo Guggenheim Bilbao, hoy lo son también de cultura y de servicios, con miles y miles de turistas que deberñian gozar de esos Cafés Históricos de “toda la vida”.

             “Bilbao –escribía el portugalujo José María de Areilza (1909-1998)—es el producto de muchas circunstancias y del tesonero esfuerzo de veinte generaciones de bilbaínos. Es una villa que refleja una voluntad persistente de no darse por vencida”. Y evitar así que se cumplan aquellos versos de Esteban Calle Iturrino: “Bilbao romántico de mis abuelos / ¡Como te envuelven sombras de olvido, / dentro de poco serás un sueño!”. Que no lo sea, por el bien de todos…

                                                                       José Manuel Alonso

Notas.- (1) Hay dos personajes que, relacionados con el café como bebida y el Café como lugar de ocio y recreo, dos personajes que conocí y admiré y a los que quiero dedicar un artículo especial en el número siguiente de “Kazetariak”, y aquí me comprometo a ello. Se trata de Emilio Baque (1963-2009), durangués, y José Luis Solaguren (1928-2013), zornotzarra. Emilio, al que debo casi todo lo que pueda saber del café y de su preparación, así como de la amistad; y José Luis, al que siempre admiré por su trayectoria, su simpatía y carácter altruista, personaje relacionado vivamente con el Café de La Granja, donde empezó de limpiabotas, alcanzando después, desde Madrid, la fama de hostelero internacional. Quedo, por tanto, comprometido para el siguiente número con el recuerdo y la admiración hacia estos dos extraordinarios vizcaínos relacionados con el café y con el Café.

            (2) Si el lector desea una visión histórica más general sobre antiguos Cafés en Bilbao, hay un teto en Internet de Olga Macías Muñoz, de la Universidad del País Vasco, titulado: “Los Cafés en Bilbao, tertulias, conciertos y varietés (1800-1912)”

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