Controladores

M. Urraburu. ¿Quién no ha experimentado alguna vez esa sensación de descontrol a nuestro alrededor que nos altera y nos empuja a intervenir en el asunto aunque no sea de nuestra incumbencia, como si alguien nos hubiera adjudicado el papel de mediadores en los problemas ajenos?.

No hace falta llegar a asuntos de alcance internacional, como los que nos ocupan últimamente. Me refiero al espionaje telefónico  y otros. Ocurre también en los sucesos menos importantes de la vida cotidiana. Hay unas personas más predispuestas que otras a creer que los demás se quieren aprovechar de ellas o que se  han puesto de acuerdo para causarles algún daño. La inseguridad personal da lugar a recelos y desconfianza donde solo existe un daño menor y no una fuerza organizada. Es cierto que la Historia nos ha dejado conjuras rocambolescas, pero también el testimonio de confiadas victimas que sucumbieron a conspiraciones  por haber hecho caso omiso a quienes les avisaron del peligro. Sin embargo, creo que la mayoría de las maquinaciones está en la mente de las personas que creen padecerlas o haberlas descubierto.

Y más en el mundo actual, regido por la incertidumbre y sobrecarga de informaciones dispersas. Sabemos que entre esa ingente cantidad de ruidos, los hay cercanos y lejanos, pero no podemos discernir cuales nos afectan de verdad, sin olvidar que existen organizaciones influyentes cuyas decisiones pueden repercutir, negativamente, mucho más de lo que imaginamos.

Son los que se sienten controladores de todo, que viven en vigilancia permanente, cargando sobre su conciencia y seguridad todos los problemas que perciben en su entorno y que acaban metiéndose, allá donde creían estando hacer favores y que, cuando esa inclinación a intervenir en todo se agudiza hasta convertirse en obsesión, provoca más perjuicios que beneficios. Son países, son personas, que se creen obligadas a suplantar el papel de quienes les rodean creyendo que, de ese modo aseguran el orden para estos  y para sí mismos. La vigilancia exagerada y el control sin medida provoca una visión  recelosa de la realidad y aumenta la intolerancia. Claro que, tal y como se mueven las cosas en nuestro entorno, no será mala cosa estar atentos

Ser atento con los vecinos y amigos, preocuparse por los seres queridos y contribuir a mejorar la sociedad no son tareas que, necesariamente, requieran de nuestra presencia continua. Esto hará que estemos en condiciones de intervenir cuando de verdad, sea necesario.

 

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