Un ramito de perejil

Carmen Torres Ripa. Cuando llegó a Casa Matilde, mis hermanos y yo éramos muy pequeños. Mi madre necesitaba ayuda y apareció Matilde. Se quedó con nosotros muchos años-, era una mujer fuerte y divertida de Jaén que nos hacía reír con su forma de hablar. Nunca había salido de su pueblo y todo le sorprendía. Si entraba en una puerta giratoria, al cabo de tres vueltas, gritaba para que le dejaran salir. Un día le mandó mi madre vaciar la lavadora –una lavadora de las de antes- grandota y redonda y encontró a Matilde dando vuelta, con todo su fuerza, a la lavadora sobre la bañera.

  • – Lo siento, señora -le dijo a mamá- yo prefiero lavar con una tabla, como antes.
  • – ¡Pero hija! Mamá se asustó viéndole de aquella guisa. Sólo tenías que haber puesto el tubo del desagüe sobre la bañera y se vacía sola.

Y le ayudó a poner la lavadora donde estaba –entonces la teníamos en el cuarto de baño- con el consiguiente inmenso charco de agua por el suelo. Tuvimos muchas anécdotas divertidas con Matilde hasta que se fue “civilizando”.

Un día, la Virgen del Carmen, hubo una fiesta especial. Mamá preparó tres besugos grandes con gajos de limón en los cortes y ajitos fritos al final. Antes de sentarse en la mesa le recordó a Matilde que no se olvidara, para adornar, poner un ramito de perejil en la boca. Y Matilde lo cumplió. Toda salerosa apareció con el primer besugo en una bandeja y ella con el ramito de perejil en la boca. Pues nada, imagínense la escena.

  • – Ay, señora, me siento toda violada.
  • – No, Matilde, se dice violenta.

Matilde volvió a estar violenta cuando recibió otro encargo.

  • – Fríe estas cuatro pescadillas mordiéndose la cola.

Como el pescado no terminaba de hacerse mamá fue a la cocina y se encontró las seis pescadillas en el suelo en fila mordiéndose la cola. Ella estaba de rodillas con aire preocupado.

  • – Mire, señora –le dijo- yo las he puesto como usted me ha dicho, pero lo que no sé es cómo meterlas en la sartén.

Otro día cuando fue a la compra le dijo mamá que trajera almendras para hacer mantecados.

  • – ¿Usted qué me pidió: almendras o avellanas? -le preguntó a mamá.
  • – Almendras, Matilde, almendras.
  • – Pues miré, yo le he traído maní.

Hubo muchas más historias con Matilde. Se marchó de casa después de años porque uno de sus hijos se hizo sacerdote y otra monja y tuvo que cuidar a su madre. Me imagino que los hijos desconocerían esta faceta de su madre. Con el tiempo volvió para enseñarnos las fotos de su hijo con sotana y la joven con hábito carmelita.

Pienso que en aquellos tiempos, llegar a Bilbao era una especie de Dorado. Aquí había trabajo. En unos años el mundo se ha vuelto al revés. Nadie quiere a nadie y nos olvidamos de aquellos tiempos en que se iba a Alemania. El marido de Matilde trabajaba en Colonia.

 

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